Relatos Breves

VIEJOS RATONES DEL TIEMPO

saavedra

 

“Están trabajando los pintores”, me dijo el tipo mientras subíamos. Yo sentí un olor abrasivo, como de aguarrás. Tal vez más fuerte: ¿bencina? Imaginé a un obrero plastificando el piso de un departamento que no es el suyo, como sí lo son esos pulmones (y demás órganos vitales) devastados por mera cuestión de clase.

¿Qué queda lejos? ¿Qué queda cerca? O, mejor dicho: ¿cuándo?

El polvo, en el piso once departamento efe, era mucho y finito. No podía ser más delgado. Sentía yo a lo lejos el rasqueteo de un papel de lija, tal vez friccionado sobre metal por una mano ajada.

El edificio es de otros tiempos, así como el tipo que me lo muestra. Todavía más que yo, que cuando niño, probablemente, la mole de cemento se construía. Las avenidas circundantes eran -entonces- otras; los coches, muchos menos. Tal vez ni el 10% de los que circulan ahora. Del otro lado de la ochava ya no está el Banco Shaw y Avenida de los Incas dejó de ser esa franja verde adoquinada de árboles que se reflejaban en el suelo del bulevar, sembrado con picadura de ladrillo. Rojo punzó es mi dolor, ese que yo guardo en la memoria como si fuera un tesoro. Como si fuera un disco todavía amado. ¡Patria o Muerte!

“Es silencioso”, me dice el hombre de cuerpo transido. Renquea de lo lindo, como yo pero no: mis ojos de rayos equis pueden ver todos sus huesos originales bien puestos. Una vez se fracturó el peroné, pero los dados son de hueso y los huesos sueldan bien. 

La vivienda hace una ele. Algún ambiente da a Forest, otro a los Incas. También se puede sentir Elcano. Es una confluencia maléfica en 2019. El viejo edificio, su idea y realidad, han quedado largamente detrás. Los delgados vidrios que visten el perímetro de techo a piso, los marcos de hierro de las ventanas de dos hojas anteriores a la instauración de la dictadura de las corredizas, todo resulta hoy insuficiente para la furia circundante. Un zumbido incesante 24/7 musicalizará los días de quien se atreva a pasar allí sus horas. Ese no seré yo.

Los pintores -finalmente- era un pintor; lo saludamos al entrar a la habitación donde estaba trabajando, aspirando el polvo siniestro. Me pregunto si el pobre hombre trabaja para sí o si hay otra persona en la cadena de confusión. Contratistas, intermediarios y el horror de la vida moderna. No hay ni siquiera una radio puesta, noto. Yo, si fuese pintor, pondría una radio a sonar de fondo. Además, observaría al hombre de la inmobiliaria y al interesado en alquilar el departamento, ese que nunca será mío pero estoy poniendo en forma a cambio de una paga escandalosamente menor al valor de mi trabajo; de inmediato, notaría que el que vino a ver la vivienda ya no está interesado: se le nota la ansiedad de salirse de escena.

Una vez más, casi todo es cierto. ¿Dónde estaba cuando creía estar cerca? ¿Cuándo fue eso?

Soy el hombre que se está mudando hacia ninguna parte. Como el ruido de las arterias Forest, los Incas y Elcano, mi movimiento es incesante. Como resultante, siempre estoy de paso. Y sin dirección. Un día salí expulsado de Buenos Aires, y nunca más pude asentarme en ninguna parte. En el fondo, supongo que no era esa la intención, a fin de cuentas. Al contrario de lo que el mundo piensa o sospecha, yo nunca quise quedarme a vivir secretamente en ningún país (o, mejor dicho, geografía); mucho menos quise robarle el trabajo a alguien, ¡ni siquiera quería uno propio! Además, ¿desde cuándo un trabajador puede robar un puesto de trabajo?

Simplemente deambulo y me pregunto, ¿dónde queda lejos, cuándo es o será cerca? A esta velocidad promedio (sea cual fuere la misma), ¿cuándo se llega a alguna parte? Llegar, al solo efecto de sacarse los zapatos con los pies, dejar caer la carga y echarse. Simplemente echarse donde el cuerpo caiga por su propio peso. Cuando finalmente aterricé en Buenos Aires, un 8 de marzo, creí que estaba a punto de contar una pequeña historia acerca del retorno; pero ahora no estoy tan seguro. Acaso ya no haya retorno posible, tal vez toda dirección ya no es más que un remedo; quizá todo destino se haya vuelto viejo. Hoy; cuando nada queda cerca o lejos, cuando la noche y el día son como un pasado que continúa viniendo.  Mientras tanto, busco un lugar donde vivir de alquilado.

Sólo me manejo en tren, como mi abuelo Luis el ferroviario, quien por no pagar boleto, sólo se subía y bajaba de los trenes con su pase libre. Nunca un colectivo. Así, hacía extrañas combinaciones; absurdas. Y caminaba. Caminaba como un loco, así como yo. Que camino como un loco. Tomo el tren por dos estaciones: me bajo en Luis María Saavedra. Y camino esquivando sierras, mondadoras y sopladoras de hojas. Los colectivos son dragones que escupen estruendo y monóxido de carbono. Les temo. El parque Saavedra no es como lo recuerdo: nuestros buzos y camperas ya no hacen de palos, no delimitan arco alguno. Janine ya no viene a vernos jugar con la excusa de su hermano. Ya no viven ellos y sus gringos padres sobre una pacífica García del Río en una casa que, desde esta dimensión de infancia, resulta palaciega. Janine Frida Smirnoff, la pecosa. En un asalto que hizo su hermano dimos con ella el primer beso. En su casa, ni bien nos engañamos de que nadie estaba viendo. Pero todo lo vemos, todos. Especialmente si de besos iniciáticos se trata. 

Agarro Superí arriba, la remonto. Voy destino al 4678, a ver una casa que está en alquiler. A cincuenta metros del objetivo observo gente en la vereda. Un 71 me quema de atrás con su fuego negro; me acurruco con la mente, como si desaparecer fuese una cosa posible. Como si no lo hubiese intentado ya mil veces, para fracasar mil una. Hay varios tipos y una mujer, todos dan vueltas. No entiendo quién es el de la inmobiliaria, quién el dueño de casa, quién vaya a saber qué otra cosa en el amplio abanico de posibles. Uno me pregunta por mi nombre y, antes de poder asentir, dos colectivos de la línea 71 atraviesan mi cráneo. Las esquirlas son filosas, fantasmas que no me han de abandonar jamás. Uno de los tipos saca el coche que estaba subido a la vereda y amenazaba con entrar al garage descubierto al frente de la casa de piedra. Una vez fuera, otro coche (plateado este) sube a la vereda e ingresa con sigilo. Entra lento y muy justo, podría decirse que es un coito de chapa y hierro con olor a combustión. “Cuando te vas cerrá bien la puerta y dejá las ventanas de arriba abiertas”, le indica uno de los hombres al que -instantes antes- había dicho mi nombre entre signos de pregunta. Descubro así y de a poco, que el hombre mayor de bigote cano y cabello de otros tiempos que me acompaña es, efectivamente, el de la inmobiliaria. La inmobiliaria que se llama Atilio (como Don Atilio, el hombre mayor que vivía en el primer departamento de la casa chorizo donde en el fondo de todo residía mi abuela). Un PH al fondo de los tiempos, el cuevero de Cronos, el Ricardo Rezza del primer equipo del Eón Fútbol Club; eso es algo que, tal vez, podría venirme bien. 

El hombre me hace pasar a la casa mientras mi cuerpo pide permiso y yo digo, “gracias, Atilio”, asumiendo que ese hombre venido de otros tiempos es el que le hace honor al nombre de la inmobiliaria. “No, no,” me retruca. “Yo soy Elías”. ¡Elías! ¡Fantástico! Me digo a mí mismo antes de levantar la vista y darle la primera mirada a la casa.

Estoy deslumbrado. Debo haber dado un paso narcótico. ¿Habré pisado mal y la torsión del tobillo anquilosado me arrojó a otra dimensión? Di un paso, apenas un paso atravesando el marco de una puerta de madera, y entré de lleno al barrio de Saavedra, año 1971. No sé si fue el cerramiento del patio (con esos vidrios esmerilados color ámbar, que a todo daba un tono de siesta) o si la impoluta mesa de fórmica y las seis sillas tapizadas de cocina (repito: sillas tapizadas de cocina, esta vez no se trata de mi impericia gramatical), pero bien supe que estábamos en 1971, con certeza absoluta. Coghlan, un domingo, mi viejo y su “¿vamos del Polaco?”. Mi fastidio, la avenida Congreso como frontera hacia lo que para una mente infante era otro país, otro continente, un nuevo Universo. El patio y las jaulas y jaulones con los pajaritos cantores. Las baldosas y el recorte de piernas y pies adultos con sus voces graves e imperativas. 

“Esta es la cocina,” redunda Elías. Todo estaba en estado impecable. Impoluto. El artefacto cocina -de época- parecía no haber sido usado nunca. Ni para calentar agua para unos amargos, mi vieja y el café. Claudio Elías Kailidis. “¿Qué día somos?”, pregunta mi abuela Aída desde su hermoso PH al fondo de los tiempos. “¡1971!”, le respondo a grito pelado. Elías era el nombre del medio de mi mejor amigo del República Dominicana. Caio. Claudio Elías Kailidis. El concepto de mejor amigo en la primaria era el de ese pibe al que veías, también, fuera del colegio. Y con Caio nos veíamos. También veía a otros compañeros, pero circunstancialmente. A Arturo González, por ejemplo, el hijo del almacenero que tenía su negocio en Roque Pérez, media cuadra antes de llegar a Congreso. O Luisito el Chiquitito, un nene que tenía un índice de masa corporal exiguo: flaquísimo, escuálido diría. Frágil a todas lucees.

Pero a Caio lo veía regularmente. Iba a su casa, ahí en esa gran torre que había sobre Avenida del Tejar, antes de la estación Saavedra, cuando era la única torre. O Caio venía a casa, sede del campeonato de coches. O lo pasábamos a buscar con el taxi de mi viejo para ir a la escuela. O lo llevábamos a la salida del cole, si teníamos la suerte de que apareciese mi viejo con su pájaro amarillo y verde (“¡gracias, León!”). “¡Atilio! ¡¡¡Atilio!!!”, me dije, sorprendido. ¡Así se llamaba el abuelo de Caio! Vivía en una casita en Zapiola, a metros de Congreso. Frente al República Dominicana. Atilio era carpintero y hacía de todo. ¡Hasta reglas! Caio tenía una de esas artesanías en su portafolios, una regla que era envidia de todos, particularmente mía. Era de esas con leve forma piramidal, como para sujetarla contra el cuaderno desde la parte más alta, donde el pico truncado. De un lado, medía en centímetros. Del otro en pulgadas. Estaba barnizada con perfección. Era lo suficientemente extensa, sin llegar a la exageración.

La casa de Atilio era un misterio para mí, sólo una vez me asomé desde la vereda mientras la puerta estaba abierta y yo esperaba a Caio, que había entrado a llevarle una cosa a su abuelo. Pispeo. Es un patio delantero lleno de macetas. Hay unos tablones, listones de madera, apoyados verticalmente contra una pared pintada de verde oscuro. No veo mucho más que eso y mi amigo retorna.

Sobre la cocina de cuatro hornallas y enganchado a una cánula plástica adherida a uno de los azulejos, el magiclick guiña un ojo, ansioso por que alguien se disponga a poner una pava al fuego. Los azulejos, con dibujos, parecen recién colocados. De la otra pared, un reloj bien de cocina marca su ritmo imposible. Otra mesa de fórmica con puntas redondeadas hace brillar toda luz que se filtra desde el patio ambarino. La cuerina de las sillas de la cocina son un llamado de madre a una merienda dulce, por más que venga a interrumpir el cabeza de pelota de goma. Elías hablaba y yo sentía. Él cumplía su rol mientras yo mudaba una vieja emoción, esa que no tiene más que dos, tres o cuatro rostros. Como mucho.

Una extraña encrucijada nos había convertido en un calendario de panadería de barrio. 1971, justo mi año favorito en tanto a edición de discos. Yo, que siempre ando hablando solo sin importar qué infortunado interlocutor se encuentre frente a mi cuerpo, una vez le dije a un extranjero: “¿vos tenés un año de música favorito?” y, sin dar espacio a su respuesta, agregué: “el mío es el 71”. El pobre gringo quiso saber por qué. Exigió una enumeración Borgeana de títulos. Pero mi lista era intraducible, mi lista era mía como los pajaritos en el patio de la casa de la calle Roque Pérez eran del Polaco. “Ya estaba con el farol hasta arriba de whisky, no eran ni las once de la mañana…”, vigilanteaba mi viejo a mi vieja, y yo oyendo de soslayo. Como si a mi vieja le interesase el dato, como si yo pudiese comprenderlo. No recuero, en ese contexto, ni una sola mención del tema falopa. Ni en esa circunstancia ni en ninguna otra. Había temas vedados, descubriría yo a lo largo de la experiencia. La incomunicación, el secreto bobo -o no tanto- y mal entendido, eran especialidades familiares. Lo intuí desde un principio. Hoy, ni quiero saberlo.

Para empezar, “Te acordás, Polaco?”, así, con un solo signo de interrogación; el final. El mejor disco de rock que haya escuchado jamás. Bestial. El doble de Almendra (me mentí por unos días) y el volumen uno de Pappo’s Blues. El homónimo londinense de Caetano. Yo no le había preguntado al gringo para que me interrogase. Ni para que discutiésemos el asunto, siquiera. Yo quería que él me dijera un número, y yo le confesaría el mío. Eso era todo, una mera cuestión de numerología; un intercambio. De sonido y color matemáticos. Pero no entendió, pobre Hansen. Exigió explicaciones, quería discutir lo indiscutible, traducir la piedra caliza. Fastidiado, le agregué uno en su imperial idioma: “el primero de Judee Sill”, convencido de que igualmente lo ignoraría. Nacidos en situaciones culturales, sociales, económicas y geográficas privilegiadas, al pedo. Vanagloriándose por que su padre bigotudo y su madre hippie eran fans de Dylan y lo vieron en vivo en el 66. Todo al pedo. Como si tuviese algún valor intrínseco, además. Conocí parvas de eses tipejes.

(¡Adiós Willy!)

El bramido de vaya a saber cuántos colectivos de la línea 71 me trae de vuelta con Elías. Aturdido, pero aliviado. Estamos en Saavedra y el Polaco merodea como si fuese domingo, el domingo de todos los domingos. Con el farol a tope y las sustancias innombrales debidamente inoculadas, venciendo al tiempo. Porque nadie lo mide. Nada se despliega: ya somos un único pliegue, el que todo lo muestra y esconde. Secretos de barrio.

Elías iba dejando ventanas abiertas a diestra y siniestra. Yo, que quería sentir el sonido de la casa con todo cerrado, para saber cómo se oía el 71 pasar (con su frecuencia alucinada, no menos de cinco colectivos cada diez minutos), o más bien escuchar cuando se detenía en la parada que estaba justo frente a la casa, sobre Superí, para luego arrancar ATR y doblar por Deheza. Pero ya sabía que era inútil: al poner un solo pie del otro lado del marco de la puerta de madera, de salida, volveríamos a ser 2019. Con su sonido indigesto y el fantasma de todos mis fantasmas. Mi número almibarado y fatídico.

(1-9-7-1)

Qué necesidad de enumerar los padecimientos…

Todo, todo fue un ensueño de vigilia, la medida del movimiento. Ese que no permite que detenga mi marcha, jamás. Ese que me empuja a una búsqueda desenfrenada y estéril.

Un PH al fondo.

¿De qué? 

¿Qué queda lejos?

¿Qué cosa nos cerca?

Mientras todo pero todo siga volviendo como si se tratase de un futuro incierto, no le daré ningún sentido al tiempo.

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