Relatos Breves

LA RASTRA Y LA COSECHA

Sin título 2

 

Una vez tenía un blog y allí escribía. Sin saber. Sin saber nada pero conociéndolo todo, en el cuerpo. Ese otro yo.

Un día di cuenta de que la vida manifestaba cosas que yo hube esbozado por escrito en esas páginas inexistentes, cosas a toda luz imposibles. Porque si la vida te pone contra la pared pero vos, en lugar de someterte, la agarrás del pescuezo, suceden estas cosas: la vida se convierte en un ente pusilánime que responde a tus deseos (cualquiera de ellos, todos: también los más turbios y turbulentos).

Además, tomé nota algún otro día de que las personas de este plano que metía en los escritos (con marca y nombre), terminaban por salirse de mi vida (de este plano de la vida en el cual yo estoy tipeando sin rumbo y vos leyendo un único destino). En verdad, yo que nada sé y todo conozco, intuía que semejante profecía en reversa sucedería: alguien tomaba nota a través mío. Pues no soy más que un medio (o medium, que suena más bonito y esotérico). Claro que hay seres a quienes incluí en mis escritos que no se van de mi pequeño cosmos, pues no resulta ser posible: ellas y ellos son axiomas. Gabi es un axioma, sin ir más lejos (que por ahí nos perdemos). 

De este modo, desde esta mismísima línea en la que no logro hacer pie, saludo a todos los amigos que jamás mencioné con marca y nombre en mis balbuceos tipeados. Tal vez y eventualmente, algunos de ellos y ellas, lectores y lectoras, se hayan sentido menos queridos por no hallarse entre esas oraciones paganas (como si yo fuese capaz de manifestar amor a través de escritos), pero no: no se aflijan. Tal vez y en verdad, los y nos he salvaguardado. Quizá quiera que seamos, hasta el último hálito. 

Hablando de textos, hay un libro que terminé de escribir el mes próximo. Se llama “14 Momentos de The Cure Explícito, novela intensiva de Germán Bordagaray, incluye la novelita Desear Cosas Imposibles”, pero se lo desconoce -simplemente- como “14”. Me atrevería a decir que me siento tentado de abandonarlo en el pasado, pero un ser querido no me lo permitirá. El ser en cuestión me dibujó la portada. Como si conociese lo que dice el texto (y, sobre todo, lo que no dice), armó un universo perfecto con trazos de Conté à Paris sobre un grueso papel orgánico tipo Canson. Este amigx siempre me honró con su amor. Además, dibujó mi esencia, drama y liberación mucho antes de habernos encontrado en la espiral del tiempo. Y los siguió y sigue pintando en los más diversos soportes y utilizando una infinidad de medios. Mi queridx amigx, quien por supuesto nada sabe y todo lo conoce, no necesitó cruzarse con el cuerpo que porto para dibujarme por vez primera, pues siempre lo anduvo haciendo. El verdadero conocimiento no sabe de nombres ni de cuerpos ni de clasificaciones, ya que todo lo trasciende. Amor; lucero y opacidad. A pesar de nuestra timorata cultura (nuestro timo sistémico).

Ahora mi amigx, en otro acto de amor, está esperando novedades del libro del que no me dejará escapar, pues no me lo ha permitido desde el momento en que lo practicó en su lenguaje. Porque el libro, tranquilamente, podría ser la portada: en ella está todo (aún cuando en el dibujo haya una sola palabra). A su vez, esa pintura bien podría quedar fuera del libro-objeto a ser impreso, ya que la misma está plasmada en el texto: esos escritos que no son más que la fugacidad de un concepto; una visión.

Mi amigx, quien decidió burlar el carácter binario del tipo de existencia que se nos ha impuesto desde la cultura, me envió hace un tiempo el original del dibujo. Para que llegara a mis manos, hube de recorrer diversas oficinas públicas para tramitar y presentar, luego y a su vez, en otra oficina pública (vaya grotesco), ridículos papeles. Hasta un certificado de domicilio fue menester, de un domicilio que reza mi documento de iNdentidad donde ya no vivo hace vidas. Así, el sistema da fe de lo que no es cierto y nos propone el camino del engaño a fin de enmarañarnos, para que le sigamos siendo serviles. Yo, con tal de lograr tocar y abrazar el alma de mi amigx (Canson y Conté), jugué la farsa hasta el fin. Tras mi cuarta visita a la aduana de Retiro pude llevarme todos los dibujos que el querido ser me había enviado (junto al de “14”, que no viajó solo). Para lograrlo, hube de ensayar la misma pócima de cuando escribo: entrelazar los planos y desintegrar la imposición del tiempo lineal en el que nos embrutecen. Jugar con hechos y circunstancias, hacer de lo ficticio realidad y difuminar esta última en un misterio narcótico. Hube de mentir, en los términos del sistema. Un sistema que ignora el carácter poético de toda esta confusión en la que la Humanidad despliega el horror de su estupidez. Vaya progreso, ¡la obra del Hombre! En la escuela primaria me enseñaron a escribir hombre con hache mayúscula, como indicador del género humano, así de mierdosa fue la educación que se me hubo impuesto y de la que aún hoy no termino de zafarme.

Pues eso es lo que hago cuando escribo: no escribo lo que hago, simplemente porque lo que hago me excede, en igual medida en que me excede la literatura y cualquier otra práctica artista encarada con solemnidad. “¿Todo esto te pasó en serio?” ¿Acaso importa? ¿Acaso es posible saberlo? ¿O útil a efecto alguno?

“¿A qué se dedica?”, me preguntó un gusano un día, mirándome desde arriba (como si tuviese alas) y de soslayo (como si un servidor -de nada y nadie- hubiese estado a su lado alguna vez). Yo, que a veces respondo las preguntas según la misma mecánica con la que escribo, le dije: “escribo”.

Claro, ninguna respuesta lo iba a conformar ni podría serle útil a efecto alguno. Porque los gusanos inútiles (esos que creen tener alas y nos miran desde arriba y de soslayo; no los benditos que un día comerán nuestros restos que no han de ser lavados) son almas entrampadas. “¿Así que le pasó esto? ¿Y todo esto es suyo? ¿Así que usted vivió aquí y allí? ¿Pero tiene un certificado de residencia emitido por equis consulado donde conste que eso que usted dice es cierto?”.

Otro gusano, entonces esta mañana, volvió a mirarme de arriba y soslayo (a mí, que no estoy ni arriba ni abajo ni al costado), y me pidió un imposible. Un imposible en los términos del sistema. Porque en esas dependencias (estén ellas en Puerto Madero o en la Rambla Guipúzcoa de Barcelona), los gusanos inútiles te piden un imposible en tono de “por favor circule, que tengo mucho trabajo”. ¿Qué respuesta puede dar uno para conformar a semejante especímen? Tal vez lo mejor sea que esos objetos atrapados en una frontera imaginaria se pierdan, definitivamente. Dejar sabiamente que el mundo los destruya (por más íntimos y entrañables que los mismos sean) en sus basurales sempiternos, esos que plantan en lugares distantes de los territorios centrales, sin importar que el océano los vaya espetando, de a poquito, cada vez más lejos (más cerca). El mundo, esa colección de daño.

Una vez -entonces, decía-, sin saber nada y conociéndolo todo, escribí en un blog un deseo en forma de entrada. Estaba yo embelesado con las canciones de Gillian Welch y tuve la imperiosa necesidad de ser lo más cercano posible a ellas. De ser su axioma. Entonces tuve la visión de una casa con un porche, de una puerta con mosquitero que comunicaba con una vieja cocina. En la heladera había un paquete de seis latas de cerveza de una pinta cada una. Medio litro por barba, más o menos. Barba solo bien se lame. Estaba viéndome yo mismo en la visión, tirado sobre una mecedora y con la tele encendida, haciendo ruido de magia. Gillian Welch cantaba desde el aparato porque había salido, ese mismo día, su nuevo disco. Miré el reloj que descansaba sobre un viejo mueble con patas de bronce; estaba detenido a las siete y, desde su insondable silencio, dijo que era yo un axioma de la acción.

Por supuesto, lo olvidé todo; como si alguna vez lo hubiese sabido sin conocerlo. Hasta que hubo el tiempo en el que tuve una casa con porche, cocina de otros tiempos, mecedora, tele haciendo alquimia sonora y cerveza en la nevera. En el aparato estaba Gillian Welch (además de en el vecindario). Viví en ese allí un sueño sin papeles, un sueño mío, un sueño sin dueño. Un anhelo de libertad. Por supuesto, un buen mal día, el mundo me bajó de un hondazo. En mis términos, me chupó un huevo. Por más que haya sufrido mi ese otro yo, el cuerpo que arrastra este otro que escribe (inventor de la voz, del oyente y de sí mismo).

Nada. 

Nada me conforma.

Confirmado.

Nada me conformará.

Libertad será el irse de este mundo, toda otra cosa resultará insuficiente. Pero si la vida me pone contra la pared, yo le retuerzo el pescuezo. Y aunque me vean sufrir y hablar de ficciones con nombres estrafalarios (como “tinnitus”), yo la paso bomba. “¡Púm!” ¡Más tinnitus, mozo! ¡Y otro pescuezo que me envicié con esto de retorcer!

El gusano inútil, desde arriba y de soslayo, señalando unas cosas que hube apoyado sobre el mostrador de su presidio (unos objetos que había llevado para demostrar que yo fui el axioma de unas canciones concebidas en Nashville por una vecina), dijo: “¿eso es tuyo? Sacalo de ahí, guardalo que te lo vas a olvidar”. Y me reiteró el pedido de un imposible. Porque nada importa en su inmundicia indefendible, porque el goce está centrado en la imposición y el sometimiento de un prójimo cualquiera, ese que somos todes. (¡Vamos, campeón!).

Nada. 

Nada me conforma.

Confirmado.

Nada me conformará.

Mucho menos ser “indie”, eso que me enseñaron por imposición generacional. Eso… Eso de andar haciendo discos, pinturas o libros “independientes”. ¿Que de qué se trata? De repetir la mecánica impuesta, pero en un circuito endogámico (¿acaso no me están viendo?). 

Pero no.

No.

Confirmado.

No es así: usted, don y doña “indie” (nosotros), es (somos) el colmo del sometimiento. De momento. Estamos efectuando una réplica fiel del sistema que nos somete pero del cual pretendemos liberarnos.

A mí no más.

A mí, no.

¿Confirmado?

A mí no me conforma eso.

A mí no me conformará más nada.

Por eso mismo, “14” será lo último que haga (más o menos) en esos términos. No repetiré estériles variaciones de lo viejo en un lenguaje heredado. “14” será lo último y estará lleno de guiños de liberación. Sin importar nada más que eso: que resulte el carreteo previo al verdadero despegue. La puerta que conduce al axioma original. Ese pecado sin dios. Puerta de puertas. 

 

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