Relatos Breves

HEARTLAND

mira
Esta casa está llena de fantasmas. Anoche me la hicieron pasar mal (fue apenas la primera noche que pasé aquí, mientras ahora es la segunda y no sé cuántas terminarán siendo).
Los fantasmas mencionados ahí arriba fueron durante un tiempo personas; vivas. Que enfermaron una vez (tras la mente, el cuerpo) para morir aquí mismo. O casi, pero morir.
La única habitación que puedo ocupar está húmeda (como si todavía tuviese 15 y escuchara The Sisters of Mercy en la piecita del fondo de lo de mi abuela Aída, más conocida como La Pecera).
Ayer me conseguí el mismo centro musical que usaba entonces, ahora que me doy cuenta. Justo ayer, cuando la primera noche era incipiente. Uno (el centro musical de mi adolescencia) que está además durmiendo su siesta en la casa (materna) de mi amigo Lean. Ahora tengo el diferente mismo, pero sin la tapa acrílica. También le falta el sticker de San Lorenzo que yo le había pegado en el frente al otro mismo (calcomanía que Lean, entiendo, jamás despegó).
Para colmo, hoy un tipo me citó en una panadería con la que soñé durante al menos veinte años. Hace un rato y allí, descubrí que está modernizada en tanto estructura y mobiliario, habiéndosele agregado algunas mesas y sillas, aprovechando que ya no hornean el pan ni las facturas in-situ, liberando espacio. Queda al lado de lo que una vez era la casa chorizo donde mi abuela Eudosia tenía su departamento, al fondo de todo. ¿Qué pasaba en el sueño de la panadería? Nada: estaba distinta respecto de entonces (¿estaba en el sueño como ahora?) pero yo sabía que era LA PANADERÍA. Entraba a buscar mi factura favorita, que era esa especie de cruza entre vigilante (por la forma alargada), churro (por la fritanga y el descarado baño de azúcar) y buñuelo (por la consistencia de la masa). Entraba al negocio y pedía esa factura, sin decir palabra. Como en los sueños, donde hablamos sin emitir sonido para, al igual que en la vigilia, tener serios problemas de comunicación. Y justo ahí se empantanaba la quimera. Una y otra vez.
Al menos era mejor que el otro sueño recurrente que transcurría en la casa de la abuela Eudosia (exactamente lindera, tal vez, con el horno donde en la panadería de antaño se incineraba harina y agua): allí dormía yo una siesta tardía, en el comedor; era de noche ya y no sabía qué hacía en ese sitio en lugar de estar en la casa de mis padres, que quedaba en la otra cuadra (la sede del Campeonato de Coches). En verdad, sí sabía por qué me encontraba tirado en ese lecho individual que estaba en el comedor, arrimado contra la pared medianera al cuarto de mis abuelos maternos: esperaba una visita encapuchada y sin rostro que, en lugar de la hoz, portaba un tramontina: asomada ella al zaguán, sin necesidad de poner siquiera uno de sus pies dentro, lanzaba el cuchillito hacia el fondo. Era un alíscafo teledirigido a mi pequeño cuerpo. Era la brasa móvil de todos mis hornos. El sueño era ese viaje, el de la daga hacia mi vida, para tomarla. Sabía que llegaría a mí, inexorablemente. Una vez más, no podía yo emitir palabra atendible.
La humedad se hizo acúfeno, se hizo audible; como si el sueño ya hubiese acabado. Pero quién sabe, porque aún suena Heartland.
Esta casa está llena de fantasmas. Anoche me la hicieron pasar mal (fue apenas la primera noche que pasé aquí, mientras ahora es la segunda y no sé cuántas terminarán siendo).
Los fantasmas mencionados ahí arriba fueron durante un tiempo personas; vivas. Que enfermaron una vez (tras la mente, el cuerpo) para morir aquí mismo. O casi, pero morir.
La única habitación que puedo ocupar está húmeda (como si todavía tuviese 15 y escuchara The Sisters of Mercy en la piecita del fondo de lo de mi abuela Aída, más conocida como La Pecera).
Ayer me conseguí el mismo centro musical que usaba entonces, ahora que me doy cuenta. Justo ayer, cuando la primera noche era incipiente. Uno (el centro musical de mi adolescencia) que está además durmiendo su siesta en la casa (materna) de mi amigo Lean. Ahora tengo el diferente mismo, pero sin la tapa acrílica. También le falta el sticker de San Lorenzo que yo le había pegado en el frente al otro mismo (calcomanía que Lean, entiendo, jamás despegó).
Para colmo, hoy un tipo me citó en una panadería con la que soñé durante al menos veinte años. Hace un rato y allí, descubrí que está modernizada en tanto estructura y mobiliario, habiéndosele agregado algunas mesas y sillas, aprovechando que ya no hornean el pan ni las facturas in-situ, liberando espacio. Queda al lado de lo que una vez era la casa chorizo donde mi abuela Eudosia tenía su departamento, al fondo de todo. ¿Qué pasaba en el sueño de la panadería? Nada: estaba distinta respecto de entonces (¿estaba en el sueño como ahora?) pero yo sabía que era LA PANADERÍA. Entraba a buscar mi factura favorita, que era esa especie de cruza entre vigilante (por la forma alargada), churro (por la fritanga y el descarado baño de azúcar) y buñuelo (por la consistencia de la masa). Entraba al negocio y pedía esa factura, sin decir palabra. Como en los sueños, donde hablamos sin emitir sonido para, al igual que en la vigilia, tener serios problemas de comunicación. Y justo ahí se empantanaba la quimera. Una y otra vez.
Al menos era mejor que el otro sueño recurrente que transcurría en la casa de la abuela Eudosia (exactamente lindera, tal vez, con el horno donde en la panadería de antaño se incineraba harina y agua): allí dormía yo una siesta tardía, en el comedor; era de noche ya y no sabía qué hacía en ese sitio en lugar de estar en la casa de mis padres, que quedaba en la otra cuadra (la sede del Campeonato de Coches). En verdad, sí sabía por qué me encontraba tirado en ese lecho individual que estaba en el comedor, arrimado contra la pared medianera al cuarto de mis abuelos maternos: esperaba una visita encapuchada y sin rostro que, en lugar de la hoz, portaba un tramontina: asomada ella al zaguán, sin necesidad de poner siquiera uno de sus pies dentro, lanzaba el cuchillito hacia el fondo. Era un alíscafo teledirigido a mi pequeño cuerpo. Era la brasa móvil de todos mis hornos. El sueño era ese viaje, el de la daga hacia mi vida, para tomarla. Sabía que llegaría a mí, inexorablemente. Una vez más, no podía yo emitir palabra atendible.
La humedad se hizo acúfeno, se hizo audible; como si el sueño ya hubiese acabado. Pero quién sabe, porque aún suena Heartland.
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SÍ:
La humedad se hizo acúfeno, se hizo audible; como si el sueño ya hubiese acabado. Pero quién sabe, porque aún suena Heartland.
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