Música · Relatos Breves

EL PIBE ALMENDRA

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Suena la mustia señal de un celular cuya batería se está agotando. La oigo a pesar de los tapones y los auriculares para cancelar el ruido que llevo superpuestos. Me separan del mundo, ofician de interdicto a esa vía de comunicación que me mantuvo atado a él durante la mayor parte de mi vida. El telefonito debe ser un Samsung, porque supongo que los de esa marca suenan así cuando sus baterías se están por agotar. Las otras marcas deben tener otros sonidos, que igual son canciones de este tiempo; sin dudas las más tocadas en todo el mundo, aunque no figuren en el ranking. Si es que hay rankings.

Me voy a sentar y una mina pasa a los pedos por el pasillo central del tren; en su ciego afán, le da con el brazo a la bolsa que llevo entre mis manos, esas que el viento aún no logró borrar. Sólo de momento. Instintivamente me preocupo y esa emoción hace que me siente rápidamente. Saco el disco y lo observo con detenimiento, por si el golpe hubiera doblado algún vértice u ocasionado cualquier daño a la portada. Es la primera vez que observo el disco minuciosamente. Dos minutos antes me lo había dado una chica llamada Sofía que vive en La Plata. Le compré el disco por MercadoGato-x-Liebre y nos encontramos en la Estación Retiro del Ferrocarril Mitre ya que ella (ellos, pues la acompañaba su también platense novio) visita(n) Capital todos los martes. Quedamos a las 14 horas debajo del cartel que anuncia la salida de los próximos trenes. Ahí nomás de donde en mi infancia se erigía el puestito donde era premiado con unas tortitas negras. Llegué y me estaban esperando tal como fue pautado. Los tres respondíamos a las descripciones oportunamente realizadas a modo de guía para nuestra breve cita comercial a ciegas: ella con pelo enrulado, él con barba y yo igual, pero además con unos auriculares negros puestos. Ellos no saben que son cascos mudos, que me separan del mundo. Que la música suena sólo dentro de mi cabeza, siempre y cuando junte la potencia necesaria para distraer al mar de zumbidos que susurra -a veces demasiado fuerte- en mis oídos, fantasmagóricamente.

Entonces nos saludamos. Él me da la mano y ella un beso. ¿Por qué cuernos nos saludamos así, tan atados al mandato social? ¡Carajo, somos 2019 diría mi abuela Aída! ¡Martes de 2019! ¡Y escuchamos rock, así que somos rockeros! ¿Por qué entonces no nos saludamos como nos pinte, en un impulso de verdadera cordura? ¿Por qué no con un toque de pija? Y no, no pretendo que ella me la toque: puede hacerlo él si le ocurre. ¿O acaso pueda yo afirmar de antemano que no me va a gustar? ¿Por qué? ¿Porque es un varón el que la toca? ¿Acaso no nos gusta que nos toquen un poco la poronga, el culo, la concha, las tetas y que nos besen en las comisuras de lo que venga? ¿Por qué vivimos así en ataduras? ¿Quién sujetó el grillete y quién lo sostiene?

Saqué el disco de la bolsita mientras ellos me decían algo que no pude recordar ni siquiera mientras lo decían: estaba deslumbrado por el estado del elepé. Era un IMPECABLE a toda orquesta y con Rodolfo Mederos en bandoneón. No, no voy a utilizar la terminología anglo. El disco estaba pipí-cucú. Habían tenido la deferencia de colocar la lámina con las letras por fuera de la tapa, protegida por una funda plástica generosa en micrones. La emoción hizo que metiera el álbum dentro de la bolsa sin siquiera chequear que el disco en el interior de la tapa se correspondiese con la misma. No soy un tipo desconfiado y moriré (probablemente pronto y espero que sin dolor) así. Les dije que me podía interesar el de Arco Iris que tenían publicado. Que me agarró el viejazo y quería recuperar (¡ja!) los discos que había tenido en pasados remotos, pero perdido en el engañoso fluir tiempo. El saludo de despedida fue sin tocaditas de ningún tipo, ni siquiera las dictadas por los usos y costumbres de estos tiempos magros.

Desanduve mis pasos hasta el tren. Era la misma formación de la que me había bajado tres minutos atrás, una vez estacionada en el andén número dos. La había tomado en la estación Florida. Juan B. Justo, Saavedra, Coghlan, Belgrano R, Colegiales, Ministro Carranza (debí poner el nombre de esta estación entre paréntesis, pero encierro entre ellos a mi infancia, ese tiempo durante el cual la estación en cuestión no existía), 3 de Febrero y Retiro. Entonces, antes de sentarme, la joven y frenética mujer transeúnte me braceó la bolsa, haciendo temblar a mi Pibe Almendra. Casi tan viejo como yo: él del 69, yo del 67. 

Vuelvo al asombro por el impecable estado del disco que ahora es “mío”. Retiro la lámina que se protege del mundo entre la contratapa de la fotografía monocromática y las canciones-símbolo y el sobre de plástico transparente; observo que está en envidiables condiciones. Sin manchas de color humano (ya le va a dar psoriasis en casa, cuando tenga una donde vivir; si es que ese día tan cercano tan lejano llega algún día); apenas una cortadita a la altura de las palabras vida y sangre. Hago asomar al disco en sí mismo y veo el amarillo sol de la etiqueta. Guardo todo con manos de cirujano de almas. Apoyo suavemente el disco sobre mi regazo y bautizo al hombre sentado frente a mí: sin vergüenza y a viva voz (así, como si el pibe o la piba de La Plata me hubiesen saludado como se le hubiese cantado a un instinto dormido y sin plegarias que atender), le digo: “¡Hola, Fermín!”. El hombre pone cara de no comprender aunque yo no sé si comprendo su rostro, pues acabo de ponerle un nombre.

Pasó 3 de Febrero y corroboré que la estación tiene un ascensor. Mi vieja no viaja en tren cuando va a la Trinidad (qué horror llamar así a un Sanatorio) pero bien podría hacerlo, ahora que sabemos que la estación cuenta con un ascensor. Vaya a saber si funciona, claro. Pero lo tiene. A mí no me funcionan tantas cosas… Mi madre ya no viaja conmigo en tren como antaño desde la estación Coghlan. Los trenes ya no son esos Metropolitan Vickers marrones; pero, igual que entonces, no saco boleto; así, no sé si aún es del tipo Edmondson. No, no es que viaje de colado: de adulto, cuento con mi certificado de discapacidad. M’hijo el Dotor. Ministro Carranza ahora, pero antes no había estación y por ahí vivía Gabi en lo de su mamá que era mi tía, Liliana, quien le había comprado a mi prima un equipo marca Sansui, japonés y hermoso. Gabi, a esa altura, tenía algunos discos de vinilo. Antes, de más chica, eran casetes. A todos nos pasa más o menos lo mismo. Mi disco de vinilo favorito de los que tenía Gabi en su casa materna era el primero de León Gieco. Colegiales y el recuerdo de mi abuelo Luis, que me llevaba en tren a cualquier parte haciendo extrañas combinaciones. Es que él era ferroviario y tenía un pase análogo a mi vía libre de discapacidades. Belgrano R y el recuerdo de El Oasis, la disquería. El Pibe Almendra, en la bolsa y en mensaje elíptico-telepático para Ale, como si hoy fuese un sábado cualquiera y atravesara la puerta de la tienda a una hora lindera con el elástico mediodía. Siempre con una sonrisa, dispuesto a reírse de cualquier chiste (propio y ajeno). Ale, querido, qué decir. Víctima entonces y ahora, que compré discos por e-bay y los hice mandar a su domicilio pueblerino inglés. Hace rato que Ale gira y da más vueltas, tantas que emprendió algo así como el viaje de regreso en tren del muchacho de pueblito de la canción de Bronski Beat, pero al revés (pasada para atrás, mejor: se escuchan cosas mucho más interesantes aún). Ale, que te hice llegar esos discos que son “míos” a modo de atarme a la vida: ahora los tengo que ir a buscar. ¡Y no sabés! ¡Le compré un lote de 17 discos de The Sisters of Mercy a un loco de Leeds que sólo aceptaba compradores que retiraran a domicilio! ¡Un ultra de Leeds la ciudad, los Sisters of Mercy y el Leeds United! Le pregunté si aceptaba mi oferta, que vivía lejos como vivo, pero que en noviembre y si me guardaba los discos, los iba a buscar. Le mentí, relativamente. Para entusiasmarlo. Le dije que yo hube nacido en el mismo lugar que Marcelo Bielsa. Y se emocionó. Al grito de “Rise and Reverberate”, agregó: “¡Viva Bielsa!”. Es un loco que usa sombrero como Eldricht, aunque blanco. Son los años. Coghlan: acá nos hubiésemos bajado con mi vieja joven. Yo, sin discos y fermentando traumas. Saavedra, donde vivía Caio. Claudio Kailidis. En algún momento mi amigo más cercano en el República Dominicana, también compañero de los cinco años del SanRo. A veces lo pasábamos a buscar con el tacho de mi viejo, que me llevaba a mi escuelita dulcemente peronista. Caio. Con los años se hizo metalero. Le zumban hasta los codos, pero no padece hiperacusia. Me alegro por él. Sé de lo que hablo, así que déjenme hablar al pedo. Juan B. Justo y el recuerdo de Platense. Bellini padre a cargo de la categoría 67, su hijo marcando punta izquierda. Yo de seis, un desastre. Las siete canchitas, antes de que los milicos las convirtieran en el Parque Barbárico Sarmiento. Florida. Le susurro de pasadita a Fermín: “el disco no se dobló, ¡figurate lo contrario!” Me regala su sonrisa de extravío. Estamos bien, yendo como Laura. Con la oración intacta y su incierto punto final. 

Me río solo porque recuerdo los otros Pibes Almendra (así llamamos con Ale a Marc Almond) que había a la venta en MercadoGato-x-Liebre: ¡estaban hechos percha! Así como yo, recauchutado por todas partes; rengo de todo y oídos de la nada. Y esos hombres tristes piden por esas pavesas una pavada: ¡mucho dinero que no vale nada! Me río como un loco, como un demente sin papel y un ojo ardiente. Como si tampoco yo hubiese dormido por contar estrellas de juguete. 

Entro y le muestro el disco a mi vieja. Ella me dice que se acuerda, sí: que ella todavía trabajaba en Frávega. Que lo vendía, me miente quizá. Dentro de un rato se va al Trinidad, entrampada en un esquema de pastillas. Yo también las recuerdo, a mis pastillas; aún habiendo sido tantas. Voy a cuidar al Pibe Almendra. No lo voy a soltar. Lo voy a abrazar de un modo firme y delicado, como para que no se doble en las puntas. Voy a morir, más temprano que tarde, aferrado a él. Algún buen amigo tomará mis manos que no acaban de enfriarse, desatará mis dedos con cariño, tomará el disco y sellará mis ojos con un beso. Alcanzo a ver mi sonrisa desde aquí.

 

almendra

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