Dislates · Naderías

EL DIABLO DISFRAZADO (DE SERPIENTE NEGRA)

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  1. The Beach Boys – Summer Days (And Summer Nights!!), autografiado en Chicago por Brian Wilson.
  2. Pere Ubu – Song of the Bailing Man, autografiado en Chicago por David Thomas.
  3. The Fall – 458489 B Sides, autografiado en Londres por Mark E. Smith.
  4. Oasis – Live Forever 12”, autografiado dos veces en Buenos Aires por Noel Gallagher.
  5. Pere Ubu – Set List del show en Double Door de Chicago, 1998, firmado por toda la banda.
  6. Todo lo relacionado a Pink Pig, desde los originales de la asombrosa cantidad de periódicos y revistas “de allá” que le dedicaron espacios y elogios -desmesurados varios de ellos- al proyecto, hasta los originales desde donde reimprimir y armar los libros que quedaron huérfanos.
  7. La mayor parte de la correspondencia mantenida con Porl entre los años 88 y 92.
  8. The Beach Boys – Wild Honey, autografiado en Chicago por Brian Wilson.
  9. Sturgill Simpson – High Top Mountain, autografiado en Nashville.
  10. Justin Townes Earle – Harlem River Blues, autografiado en Nueva York.
  11. Leon Russell – sus cinco primeros álbumes autografiados en Franklin, Tennessee.
  12. Ricky Skaggs – Waitin’ for the Sun to Shine, autografiado en Nashville.
  13. Los siete primeros álbumes de John Prine en sus ediciones originales, el homónimo autografiado en Nashville.
  14. Todos los álbumes de Emmylou Harris hasta Wrecking Ball incluido, en sus ediciones originales.
  15. Todos los álbumes de Talking Heads hasta Stop Making Sense incluido, otra vez en en sus ediciones primeras (hasta en sus primeras tiradas, con detalles hermosos en las portadas)
  16. David Bromberg – Devil in Disguise, autografiado en Nashville.

ETC.

Empecé con un disco de Roberto Rimoldi Fraga, “el Tigre”, al salir del hospital, cuando contaba apenas tres años y pico. Desde entonces hasta bien entrada la juventud, era incapaz de perder un disco. Ni un cassette. Ni, más adelante, un CD. Ni siquiera un VHS con cosas grabadas de la tele “de allá”. Vivía para eso, (no) creía yo. Como un automatismo salvador. Como una oración perpetua del paganismo más recalcitrante. 

¿Pero cuándo se echó todo a perder, entonces? ¿Cuándo fue que, por ejemplo, me mudé de Munro a Florida en medio de una desesperación tal, que resultó suficiente como para que se me escaparan a la basura mis dos copias de Lost Wishes? ¿Cuándo fue el aciago día en el que decidí “venderlo todo”? No para irme a la mierda, ni para gastarme la guita en algún vicio absurdo (¡ja!). Sino simplemente, para venderlo todo. Para romper.

Ya no sé cuándo empezó la rotura (sí el daño: mucho antes de salir del hospital y de tener mi primer disco). Esa grieta que, cuando se abrió (y salió la serpiente negra), empezó a devorárselo todo. No, no hablo de “la grieta de la política” (tan necesaria). ¿Hablo? de la grieta existencial. ¿Dónde van los signos de interrogación de ahí atrás? ¡Dónde!

“Perdí” gente, seguidamente. Perder duele, al principio. Aunque lo que se pierda (en casi todos los casos) no valga nada (un día damos cuenta de ello, tras haber atravesado el ritual del sufrimiento). Pero perder discos… Esos objetos inútiles que, en mi biografía, ocuparon tan crucial sitial. Esas cosas que, ni a palos, yo perdía por allá entonces. ¿Entonces cuándo? Entonces, ahora. 

¿Tan difícil es centrarse en los discos que aún persisten, como esos amigues -varios de los cuales seguramente están leyendo esto que estoy escribiendo, vaya a saber qué y para qué- providenciales? No, a esos no los voy a perder, porque lo valen. Esos no me van a perder, tampoco. Por más perdido que yo ande.

“Desconfiá de quienes no beben”, o algo así, me dijo ayer un amigo que le decía su abuelo. Yo le agregaría “y de quien enseña a rezarle a un dios”. No dije de quien rece, sino quien le enseñe a rezar a un semejante. Coartadores de la libertad, cortadores de la potencialidad del ser. Mezquinos de espíritu; en el nombre del padre. Cobardes.

Dejé la lista en 16, porque es la mitad de 32. Y estoy cansado, en la total literalidad de la palabra.

¡La voz! ¡Devuélvanme esa voz! 

“Ya pasó, Germancito… Ya pasó.”

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