Naderías

ARQUITECTURA MODERNA (PARTE TRES: PEDAZOS DE MI TECHO)

techo

 

No duermo más de tres horas de un tirón, a pesar del ayudín. Salvo que venga de una noche más brava y desértica, acumulando el hastío en las venas del sueño. Sólo así, la anestesia puede extenderse. El otro día, el del “arte funcional”, el ruido del motor del sistema de aerotermia con el que el estúpido propietario de esta casa dotó a la misma, me sacó de la cama. Huí con el fantasma de los acúfenos detrás (cual Almita Herida de Cadícamo). Y me senté a escribir eso que fue la primera parte de esta indefinida serie de nada. Todo, mientras despuntaba el alba. 

Me quedan dos noches aquí. Sé que durante la última estaré insomne, por la sola inminencia del encuentro con el (pobre) diablo dueño de casa. Ese asturiano que querría ser neoyorquino, ese mismo a quien le estoy plantando basura en la tierra yerma que me dejó de jardín. Sí, hace una semana que no saco la basura a la calle. La voy tirando entre los pastizales, que la esconden. De frondosos nomás. Realizo la faena como mensaje póstumo, recado que seguramente no será leído adecuadamente: el “architect”, me juego la cabeza, lo interpretará como una venganza de resentido. Jamás como una muestra de lo que él mismo es; como la cosecha de lo que siembra, como la lectura de eso que escribe con el codo y borronea con la ordinariez de su mano.

A pesar de saber que estuve lidiando con un liso y llano hijo de puta, con puntualidad de obediencia me sobrevienen ráfagas de culpa. Y me digo: ¿con cuánta gente terminé a las puteadas últimamente? Con mucha (me respondo imaginariamente). ¿Mucha en relación a qué? (me repregunto: porque en este canal se trabaja con total libertad, vistesss). Porque, por ejemplo, en los últimos tres años varios amigos me mandaron a la mierda. Cada uno (de los cinco) a su manera. Los más reaccionarios, en una analogía de grupo de tareas, me hicieron desaparecer. Literalmente. Como buenos cobardes. “Cinco”, me digo cuando me quiero torturar. Eso es mucho… Y ahí es cuando cometo la mayor de las injusticias. Con los amigos de verdad, es decir los reales, o sea los que tengo. Los que persisten. Que son mucho más que cinco. Si no calculo mal. 

Pero me torturo cada vez menos, miento. Porque me torturo como siempre, pero no con este asunto. Eso es lo que quise decir. Que el reflejo culposo de estas historias ya casi no me sobreviene. Y, cuando lo hace, viene vestido de bronca. De ganas de rajar una puteada. A esos que, no pudiendo con sus vidas, esos que son grises hasta para elegir una adicción o una manía, tienen el descaro de pontificar. Tienen el tupé de indicarte cómo debería uno vivir, para que ellos no se alejen. Tienen el atrevimiento de censurarte, de sentenciarte en un juicio sumarísimo de soliloquio. Lo que los carcome, sospecho, es la frustración de haberse convertido en lo que son (vaya a saber uno qué). 

“The Architect”, el orto día, intentó hacerme firmar la rescisión del contrato de alquiler dos semanas antes de irme de aquí. Sin devolverme el dinero de la fianza hasta el día de salida, reintegro que efectuaría solamente si le devuelvo las instalaciones tal como las hube recibido. Es decir, con varios problemas (ya mencionados). Me pregunté por qué el tipo querría hacer cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para firmar esa rescisión anticipadamente, si podía hacerlo el mismo día de mi salida de aquí (de donde sí espero pueda salirse uno vivo). La respuesta se me hizo obvia: el tipo se reservaba el derecho a decirme que todo lo que me había entregado roto estaba originalmente en perfectas condiciones. Y así, podía negarse a devolverme la fianza. Sin que yo contase con la más mínima herramienta de defensa, pues ya habría firmado la finalización del contrato que por ahora rige. Tal cosa no me extrañaría en lo más mínimo viniendo de parte de un tipo que todo lo que hizo durante estos meses fue mentir, tergiversar los hechos, incumplir y psicopatearme. Entonces, le contesté que para qué quería firmar eso ahora, si de todas formas teníamos que vernos en dos semanas, para que comprobase que la casa está en orden y felices pascuas. Le dije que no firmaría la rescisión por anticipado. Enfureció, claro. Prueba de ello fue el mensaje que me envió tres minutos más tarde. El mismo decía:

“¿El día 2 a las 12 me entregás la casa como te la entregué? Sin tus pertenencias y sin agujeros en las paredes.”

Las tildes las puse yo, en la transcripción. El asturiano de New York no las utiliza. Pues bien. Lo de los agujeros en las paredes son una referencia a que yo, a pesar de haber recibido la casa poco menos que en estado lamentable en muchos aspectos, le pedí permiso para colgar una pintura que me envió un amigo. Un amigue. Un amigx. Sin “binarismos”. Si se me permite. El sorete este, “the architect”, no conforme con haberme maltratado incesantemente, ni con haber cobrado tres meses de alquiler durante los cuales la casa le quedará vacía y a su entera disposición para alquilársela a otro desprevenido y así duplicar su inmerecido e inútil rendimiento, me apuraba con una amenaza de basurero malhechor. “Más te vale no haber clavado un clavito como Pablito porque no te devuelvo la fianza y peli”. Bueno, yo por esta gente no siento más culpa. Por putearlos: con la lengua o la cabeza. O con poesía concreta, esa instalación de basura que estoy haciendo entre sus matorrales.

(continuará) 

 

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