Naderías

ARQUITECTURA MODERNA (PARTE DOS: CONTRACTURA)

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Había una especie de bajo-escritorio para guardar cosas, con uno de esos cierres que funcionan como persiana, típicos de las mesas de trabajo antiguas. La tapa de un secretario, digamos. El mueblecito en cuestión tenía ruedas y era de Ikea, el Pinolandia del medio-pelo primermundista. Enseguida noté que no resultaba posible abrirlo (y por tanto utilizarlo), razón por la cual le comenté el asunto al dueño de casa, que estaba todavía allí, mostrándome las instalaciones de lo que sería mi vivienda durante los meses siguientes. Seguidamente, llevando la mano adonde había una cerradura (al costado del pequeño artefacto), dijo: “no sé qué ha pasado con esto, está atascado: si logras destrabarlo, lo puedes usar”. Quedé atónito por lo que acababa de escuchar, casi idiota (como si me hubiese convertido en mi interlocutor por un instante). Procesé la información mientras le asentí a vaya a saber qué cosa dijo mientras se retiraba, dejándome solo en la casa. Una vez sucedido esto, me acerqué a la baratija sueca y observé que había una llave rota dentro de la cerradura: alguien la había forzado, partiendo el llavín y dejando la parte dentada dentro, con apenas un pedacito sobresalido. Al carecer de una pinza adecuada, además de la fuerza y buena salud como para poner en juego mi trajinado cuerpo, bajé la escalera y me dirigí a la cocina, dispuesto a revisar los utensillos dispoonibles. Sin siquiera pensarlo, me había lanzado a la búsqueda de una confirmación de lo que la escena recién descrita me indicó con vehemencia: que el dueño de casa era un sorete.

Una sartén con el teflón saltado en varias partes, toda rayada; una olla a presión con la goma del cierre medio suelta; una cacerola de aluminio sin tapa… Los primeros indicios iban en el sentido de lo que yo descubrí hace mucho tiempo: los propietarios que alquilan sus casas (en parte o completas) a través de estas plataformas del estilo aribnb, dejan un equipamiento que a las claras es de descarte. Rara vez noto un comportamiento fuera de este patrón. Y el hecho de que el tipo tuviese el descaro de sugerirme que yo mismo arreglase su pequeño mueble-archivo roto (haciéndo como que en verdad no estaba roto sino “atascado” por un extraño hechizo) a cambio del premio de permitirme su uso (¿acaso para qué otra cosa estaba allí si no era para el usufructo del inquilino?), resultaba lapidario. Era el colmo de la política “vivienda-basurero” a la que hice referencia: en las casas que alquilan temporalmente a través de airbnb, los propietarios depositan su basura pretendiendo que la misma es equipamiento. 

Suspiré profundamente y me acerqué al pequeño jardín que había delante de la sala de estar: era un pastizal salvaje. Al haber yo pagado el contrato completo por adelantado (ya que no tengo nómina -o trabajo- y, consecuentemente, resulto un sospechoso), el tipo “se relajó” y no experimentó ningún sentimiento de vergüenza por entregarme la casa con el jardín lleno de malas hierbas crecidas, cual terreno baldío. Además, me había mostrado oportunamnete que las puertas de los dos baños (el principal y el pequeño que estaba junto a la cocina) estaban rotas. Ninguna de las dos podía ser cerrada, pues los picaportes estaban salidos y los marcos hinchados. Apenas podían ser entornadas. Claro: el tipo había embolsado nueve meses de alquiler por adelantado y no se le ocurrió ningún motivo como para comportarse adecuadamente, respetándome. Daba igual entregar la casa en el estado en que me la entregaba: su único propósito en todo este asunto (de la vida) parecía ser el dinero, y el mismo ya estaba asegurado como para molestarse en arreglar las puertas antes de mi ingreso a la casa. Mucho menos desmalezar el jardín.

Mientras tanto, opté por creer en la promesa de la inmediata refacción de las puertas. Aunque el hecho de que se me dijera que el carpintero me llamaría a mí (y no a él) para combinar, me parecía una extensión del episodio del “mueblecito embrujado”. O este último, una extensión del asunto de las puertas (pues aquél había ocurrido unos minutos antes que este).

Cansado del trajín del que venía (tal vez desde mi nacimiento, o desde la contractura que me comenzó con la artritis, cuando tenía once o doce años de edad), decidí tirarme en la cama y hacer de cuenta que no había ocurrido nada que resultara indicio de futuros conflictos. Me saqué los zapatos empujándolos hacia afuera con la punta de mis pies y me desplomé en la cama, que al recibirme de mala gana hizo un ruido a madera crujiente un tanto estruendoso. 

El trabajo de parto sería extenso y apenas comenzaba.

(continuará)

 

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