Naderías

ARQUITECTURA MODERNA (PARTE UNO: ARTE FUNCIONAL)

PINK

 

La luz dibuja al mundo con pinceladas imperceptibles en una nueva mañana. Se ruboriza el fondo y nos amenazan las formas. El mar, insistente. La rambla, indiferente. Y vacía de ese hombre mayor que la visita cada tarde. Lleva consigo una especie de pequeño tubo de oxígeno: lo apoya sobre el suelo. Una delgada cánula transparente se inserta a su cuerpo por un orificio que, por discreción, ignoro dónde se esconde. El sexagenario se conecta así a su existencia material. Pero no está allí donde siempre a estas horas que desdibujan la nocturnidad, ese reino donde casi todas las maldades y falsas caridades se toman un respiro. Pero nada dura demasiado y el mundo despierta una y otra vez en sí mismo, en un sempiterno afán de retomar el daño.

Título. Cómo dar con el fin de un ciclo de expulsiones. Allende la ventana, el mar en alza y con la furia atemperada. La espuma besa los pies de una escollera aún virgen de cataclismos. Pregunta. Qué luna será la que cambie mi rumbo. Dónde se habrá ido, ahora que el sol despunta su vicio de cegueras. 

El dueño de esta casa es igual a ella: una mierda pretenciosa hecha de materiales innobles. El tipejo es arquitecto y él mismo la construyó. Perdón: la diseñó. Un arquitecto no construye más que su propio ego maltrecho. Al menos este. Se los voy a presentar así: su dirección de correo electrónico reza “gutierrezsalgadoarchitect”. No importa el servidor de internet (soy un hombre discreto, si es que soy un hombre y se me permite mentir). El tipo es asturiano. Pero “architect”. 

Los primeros diez minutos que interactué con el sujeto fue abordo de su coche: me había recogido de la estación de autobuses de Llanes y me llevaba hasta su casa, que yo acababa de alquilar previo pago por adelantado del contrato entero, además del depósito de una suma de dinero en carácter de fianza. Es que no soy latifundista y, para colmo, no tengo un trabajo (o una nómina, como dicen por aquí); no poseo mayores ataduras al mundo, apenas una delgada cánula transparente que es como el piolín del tango (finito y corto, aunque a veces me dé la sensación de que todo se hace demasiado largo). Esta condición me deja a merced de la bonhomía del dueño del inmueble de turno. Porque el mundo en que se vive ha dictaminado que quien posee una vivienda en propiedad según las formalidades de la ley, resulta una persona honorable. Los demás “semo lo sospechoso de siempre”.

Fueron diez minutos lo que duró ese viaje en coche desde Llanes a Celorio. Diez minutos que transcurrieron a lo largo de cinco kilómetros y pico. El gran arquitecto no sabía nada de mí. Apenas que venía de Bilbao y había vivido en Barcelona un tiempo. Aún así, hube de escuchar una diatriba anti-catalana que pondría de mal humor al más acérrimo anti-indipendentista quien, seguramente y tras escuchar a este amo y señorito, sentiría unas ganas irrefrenables de cambiar de “bando”. Supe entonces, de entrada, que el tipo era un imbécil. Cosa que quedó ampliamente demostrada mientras me enseñaba su casa (cuyo usufructo, de acuerdo a la ley que dice que él es “dueño”, me pertenece a partir de un contrato de alquiler; y yo me pregunto: ¿qué otra instancia válida hay sobre los objetos físicos que el uso de los mismos?): primero me habló pestes de los vecinos de adelante (un club náutico o marítimo, como prefieran llamarlo); acto seguido, al irnos hacia otro costado de la casa, le tocó al turno a los vecinos de ese lado: que eran unos mierda, bla bla bla. ¿Por qué? Porque habían tenido el tupé de comprar la finca de primera línea de mar, interponiéndose de este modo a la suya (¡segundón!). Para colmo de males, una vez adquirido el terreno, no se les ocurrió mejor cosa que construir una casa ¡que obstruiría la vista al mar del “arquitect”! A esa altura sabía que los dominios de Arturo Jauretche iban mucho más allá del paradigma argentino. Estaba ante un tilingo de Oviedo. Un falangista a quien le hubiese encantado ser parte del KKK. A su modo, y aún sin que él mimso pudiera sospecharlo, cumplía su secreto sueño en cada una de sus acciones y pensamientos. 

A pesar de que le expliqué oportunamente que debía evitar los ruidos fuertes a causa del tinnitus, llegó el momento en el que quiso mostrarme el fabuloso sistema de aspiración con el que había dotado a su propia casa, su criatura. Tomó entonces una manguera plástica de esas flexibles, las que llevan las aspiradoras uniendo la caja con la boca que succiona el polvo, y vi cómo se acercaba a una tapa de plástico incrustada en la pared más próxima. Lo detuve en su andar y le recordé de la inconveniencia de exponerme a ruidos fuertes: le pedí expresamente que no me mostrara el sistema de aspiración, que no hacía falta; que sólo me haría daño. Pero el tipo estaba enajenado, como cuando en el coche, presa del odio, maldijo a cada uno de los catalanes del pasado, presente y futuro. Abstraído en su imbecilidad, desoyó una vez más lo que sucedía a su alrededor, levantó una tapita plástica y enchufó la manguera a la pared. De inmediato, un ruido infernal lo invadió todo. Me tapé los oídos como pude mientras el tipo sonreía fascinado, orgulloso de su poder creativo. Un capitalista de a pie hecho y derecho, uno que se compró todos los buzones habidos y por haber; uno que no acepta las reglas del juego si viene otro y le compra el terreno lindero para obstruirle la vista al mar. Un ser abominable.

Una vez se retiró de la casa logré respirar las primeras bocanadas de aire. Sin embargo, ese día apenas comenzaba la siempre nociva tarea que trae aparejada la interacción con un hijo de puta. 

(continuará)

 

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