Música

RESPUESTA IMAGINARIA AL CORREO ELECTRÓNICO DE UN AMIGO AL QUE VI UNA SOLA VEZ EN MI VIDA PERO A QUIEN ES MI INTENCIÓN VOLVER A VER, AUNQUE LAS PARTICULARIDADES DE AMBOS HAGAN DE DICHO ENCUENTRO UN EVENTO POCO PROBABLE

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Yo nunca me enteré de esa reunión (a la que acabo de asistir gracias al tren del enlace a tu blog). Tendría que hacer cuentas, tratar de reconstruir en mi cabeza qué es lo que yo andaba haciendo en 2011. Probablemente vendiendo mis cosas y pagando deudas generadas adrede. Planeando una fuga siempre inconclusa. Lejos de los discos que alguna vez escuchaba con ahínco.

Definitivamente, yo tampoco sé si quiero que se junten. Mejor dicho: no me importaría si se juntan en tanto y en cuanto yo vuelva a ignorarlo. Porque no puede volver a sucederme lo que ya me sucedió. Es como los que le reclaman a equis tipo: “ah, sí, está bien el nuevo; pero desde El Salmón que no volvió a hacer nada bueno”. La equis, en este caso, sería Calamaro. Y yo siempre (no, mentira: siempre no sino más bien de un tiempo -relativamente largo- a esta parte) me digo: “pero ya hizo El Salmón, no puede volver a hacerlo porque ya lo hizo, y lo hizo él: ¿qué carajo estás reclamando, y a quién?”

Lo que no puede volver a ocurrir es uno, que estuvo ahí cuando y si estuvo. Y uno, en todo caso, fue el componente que terminó de constituir el acontecimiento. Porque el asunto sólo termina de ocurrir con, desde y para uno. Más allá de que se sabe que Patria o Muerte (por ejemplo) existe más allá de nosotros. Es un poco como ese deseo tuyo (en la entrada 2011 de Don Cornelio, al menos) de “saber algo de música para poder discernir si me gusta tanto por cuestiones que van más allá de mi subjetivación” (no, no es una cita literal sino más bien mi recuerdo de mala gramática, porque soy yo quien recuerda y, para colmo, lo escribe). No importa si sabemos o no (?) de música. Es inútil saber ciertas cosas porque todo se resume a la experiencia personal. Y la misma resulta tan incontrastable como irrefutable es.

En realidad, no quiero ir si se reúnen con retraso (es Palo, que casi siempre arranca tarde) a festejar el cumpleaños del disco ese (o aquél) que tanto nos gusta. Porque sé muy bien que lo que yo anhelo al respecto no puede suceder. La insatisfacción conduce mi vida. Hoy como ayer, allá por cuando Patria o Muerte. Pero pasaron tantos años (y tantos horrores personales se fueron sucediendo, o más bien reiterando), que la insatisfacción de ayer trashuma en la de hoy que, tramposa, me engaña para lanzarme a buscar lo imposible en lo seguro: un hecho que resultará insuficiente a todas luces y a todas sombras.

Igual, el que no tiene que reunirse con Don Cornelio es uno, más allá de lo que vayan a hacer Palo & Co. La vida es una interconexión de desaciertos, por lo general de buena fe. Y allá vamos, todos. Sepamos o no de música.

Y en tren de disgregar, puse Quiet Life de Japan por segunda vez, al hilo. Lo encontré hace poco durante uno de mis viajes sin sentido, y lo compré. Olvidando que ya lo había comprado y estaba en lo de una amiga, que me lo guardaba (lo había comprado por internet y había hecho que se lo envíen a ella, que vive en Mánchester; pero yo no lo recordaba al momento de comprarlo -una vez más- sin necesidad). Más allá de que me sigue pareciendo un disco “bueno” (bueno o malo, el colmo del carácter binario en el que se nos ha formado), con una muy linda versión de All Tomorrow Parties, lo que yo buscaba al comprarlo (la primera, segunda y tercera vez, porque la segunda no había sido la primera de todas) era volver al departamento donde vivía un viejo amigo, Pablo, que lo tenía. Y lo ponía, mientras yo desplegaba la tapa doble como quien abre un portal hacia otro mundo del que sólo teníamos esos sonidos que salían como esquirlas de la guerra entre la aguja y el plástico negro. Yo busco volver a entonces, cuando Patria o Muerte todavía no había salido. Creo que ni siquiera se había editado el primero, Don Cornelio y la Zona. Yo quiero volver, aunque si lo pienso dos veces no sé si quiero. Porque en ese entonces, aún carente de todos los futuros que ya se me hicieron pasado, también vivía atribulado (por decir lo mínimo). Pero todo tiempo pasado, por peor que sea, no es este presente insistente. Este desde el que uno busca sin obtener los resultados deseados; ¿pero se busca o se espera?

El elepé de Pablo había sido fabricado en el mismo lugar que este que encontré (estos que encontré) últimamente y compré; y que hoy hice sonar, dos veces. Probablemente habían salido (el de Pablo y los míos) de la misma planta industrial el mismo día. Quién sabe si la misma empleada (la imagino mujer) no había puesto las tres copias en sendos sobres internos genéricos y blancos durante la misma jornada laboral. Pero por más que vuelva a poner a sonar (el o los míos) una tercera vez, no habrá caso. No será una reunión de aquella copia que Pablo tenía en su casa (y que guardaba junto a otros tesoros como Discipline y Three of a Perfect Pair del King Crimson ochentero). Porque si esa reunión acontece (tal vez donde vive Pablo ahora, en Tilcara, suponiendo que hubiera conservado esos discos), lo determinante será que yo no voy a asistir. Y, de hacerlo, no resultaría nada de aquello que fue. Por más que me gustaría charlar con el amigo perdido después de tanta agua y de tanta sequía.

Yo mismo me sorprendo de esta respuesta tan pronta, tan anti-Palo (al menos en tanto a la puntualidad que esgrimía -él y casi todos los demás- durante aquellos años). Hagamos de cuenta que es una entrada de mi blog, al que hace tanto no aporto. Porque como respuesta resultará inverosímil.

Imaginemos que existimos.

¡Saludos!

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4 comentarios sobre “RESPUESTA IMAGINARIA AL CORREO ELECTRÓNICO DE UN AMIGO AL QUE VI UNA SOLA VEZ EN MI VIDA PERO A QUIEN ES MI INTENCIÓN VOLVER A VER, AUNQUE LAS PARTICULARIDADES DE AMBOS HAGAN DE DICHO ENCUENTRO UN EVENTO POCO PROBABLE

  1. Doy fe. Sobre todo, de mis particularidades.
    (Los que me conocen también pueden hacerlo, aunque trate de dejarlas en segundo plano el mayor tiempo posible).
    También de que quien no puede volver a ocurrir es uno, haya estado o no. Aunque a veces me descubro repitiendo historias y no descarto que sea un intento extravagante de mejorar mi desempeño anterior, sea poder mandar a la mierda a alguien, sea detectar con más pericia cómo viene alguna mano. O algún cuerpo.
    Cornelio fue lo que fue en su momento, esos pibes de veintipocos produciendo semejante obra. No fui testigo directo, nunca los vi en vivo entonces; pero, aun sin esa referencia, también puedo dar fe de que en aquella noche de Martínez no me pareció que estuvieran fuera de tiempo y espacio. (Lo cual, claro, no implica que en una hipotética próxima vez suceda lo mismo).

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    1. Aquellos quienes, por cuestiones azarosas de la cronología, sí estuvimos, tampoco podemos dar fe. Sólo inventamos un recuerdo ensalzados por la voz de los tiempos que no dejan de correr (detrás y delante de uno: se cierran como esas paredes que se acercaban a sí mismas y, de paso, al héroe de serie de televisión, amenazándolo con una muerte por aplastamiento). La única emoción que creo no inventar de aquellos años ochenta es la del miedo que tuve en un par de recitales del Cornelio de Patria o Muerte. Ahora el miedo me lo brinda el tinnitus y, si algo me asusta, por ahí me retiro a tiempo (si es que voy a alguna parte, cosa altamente improbable). ¡Tampoco es cuestión de hacer una compulsa de particularidades! Si la reunión se produce en uno, funciona y es válida enunciarla. De lo contrario, deberá ser avalada desde la percepción de algún otro que haya asistido. Y siempre hay algún otro. Es casi una definición de la vida. Gracias por venir.

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  2. Yo a veces veo esos videos linkeados en la aludida entrada del aludido blog y me pregunto si es verdad que estuve allí. De hecho, no estoy en ninguno de esos videos.
    ¿Qué parte del entramado mental nos garantiza que eso que recordamos sucedió?
    ¿La rubia del ambo azul me saludó guñándome un ojo? Si ella no se acuerda (y ya sabemos por qué postergo la mención a ese hecho), ¿habrá sucedido en verdad?
    Ese camino por las calles de Martínez, ¿sucedió o no? ¿Sucedió una noche de 2010 o un mediodía de 2018? ¿Cuál era el real y cuál el remedo?
    A veces tengo miedo de perderme (pero creo que todavía lo manejo).

    Por cierto, se anuncia un show de Palo, teatro de calle Corrientes, mediados de diciembre, bastante más caro que el ya de por sí caro último show en teatro de San Telmo.
    Recuerdo el valor de la entrada en aquella noche, 100 pe, cerca del doble de lo habitual, y me pregunto si no será una señal de que otra reunión puede suceder. (?)

    No se trata de un campeonato de particularidades, sino de advertir sobre ellas a la gente con la que interactúo. Aunque a veces uno quiere escapar al designio de la freakez y dejarlas el mayor tiempo posible en segundo plano… pero se escapan solas.

    Gracias por el encuentro!

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    1. Acaba de aparecer un artículo en Clarín sobre el “cumpleaños” de Patria o Muerte. Mínimo una página (vi un escaneo posteado en facebook y no recuerdo bien). Entre eso y la campaña de prensa permanente (y casi invisible, habría que aclarar; o al menos endogámica) de “El Dragón, Jefe: El Dragón”, no me extrañaría en lo más mínimo que suceda un festejo de PoM en vivo (¿no será para la ocasión de calle Corrientes, acaso, pero no lo dirán sino hasta dentro de unos días?). Pero cuando leo artículos como este que acabo de mencionar, el desaliento me aplasta. Según el escriba por un sueldo en cuestión, Patria o Muerte se adelantó tres años a Nevermind. Y lo dice como elogio. Espantosa ocurrencia. Más fea aún que Nevermind (un disco con suerte, con mucha suerte; al menos según mis ojos -¡ja!-).

      En fin. Las particularidades son, por definición, relativas.

      ¡Gracia’vó!

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