Música·Naderías

DÍAS FELICES

hopper

 

La primera vez que viajé para ver a Marc Almond en vivo no lo vi. Fue en Los Angeles, durante 1992. Segundo trimestre de ese año. La cita era en el Teatro El Rey. Por ese entonces no había internet y las tarjetas de crédito eran cosa de pocos. Sobre todo las internacionales. Había que reservar entradas por teléfono, si es que querías dormir sin frazada. Y la información sobre el show que pretendías ver era escasa. Casi nula. Bien todo podía parecer un invento afiebrado del oyente. 

 

Inventor de la voz, del oyente y de sí mismo. Inventor de mí mismo para hacerme compañía. Samuel Beckett.

 

Hoy, la hiperconectividad es algo así como la muerte en vida. Muerte de la fantasía. De la feliz ignorancia de la simultaneidad. Un holograma de Godot llegando.

Volviendo al segundo trimestre de 1992, el día del recital de Marc Almond me enteré que el mismo se había suspendido. Lo hice leyendo un cartel pegado contra el vidrio de la boletería cerrada de un teatro desierto. Apenas pasado el mediodía, el sol contra el asfalto de Los Angeles rompía en un borbotón de espejismos en reversa. 

Sin embargo, ese mismo año tuve mi revancha en el Royal Albert Hall. 12 Años de Lágrimas. Una celebración antológica.

Lógicamente, nada es suficiente. Nunca. Y la mueca siguió siendo practicada, con compulsión de neurosis. Y hablando de patologías, hace unos minutos abrí el Instagram por enésima vez en el día. En la pantalla de mi condenado teléfono móvil e inteligente, apareció una publicación de Martin Watkins. Watkins es el pianista de Marc Almond desde el año 1992. Debutó en esa misma gira que, en su fecha de Los Angeles, suspendió el concierto (vaya a saber uno por qué: el pianista no lo recuerda; Almond tampoco).

Pero antes de apagarle la imagen al celular pude ver la foto en detalle: una selfie de Watkins y sus acompañantes (un puñado feliz), en el subterráneo. Se dirigían al O2 Arena (el Wembley Arena, allá cuando comencé a viajar al extranjero para ver recitales no-argentinos) y el título de la publicación era Down in the Subway, simple tomado del tercer álbum de Soft Cell, This Last NIght in Sodom. La previsión de borrar mis suscripciones virtuales a los servicios de información (o propaganda, para actualizar el término) de Almond y Soft Cell no resultó suficiente para invocar una amnesia temporal de mi infinitesimal infortunio. En tiempo real, una imagen líquida me recordaba -en la interminable simultaneidad de la vida- el lugar donde se suponía yo debía estar hoy. Pero el tinnitus que me atormenta desde hace seis o siete años de manera creciente así no lo quiso. Con ayuda de la producción del show de Soft Cell, encontré un afortunado seguidor con las orejas bien puestas que quiso comprar mi entrada de privilegio: una fila seis al medio, con acceso a la prueba de sonido incluido. Es que hace seis meses contaba con el optimismo que otorgan las dilaciones. Seis meses es otro planeta y en otro planeta el dolor no existe.

Un pequeño parlantito enmascaró mis acúfenos con música argentina durante todo el día. Prevaleció la obra de Spinetta en su versión Jade. Ahora suena la voz rasposa del Indio Solari que canta algo así como que el futuro llegó hace rato. Contámelo a mí. Mientras, las montañas no dicen ni mu. Y eso que las nubes corrieron su velo en este día soleado que acaba de apagarse. La marea baja y la salitrosa voz del Cantábrico (hoy un poquito más lejana que de costumbre) completaron la paleta sensorial de la jornada. 30 de Septiembre, día del show despedida de Soft Cell en el O2 Arena de Londres. Soft Cell, tal vez mi banda de adolescencia favorita. 

Pero lo que me produjo Un Ligero Malestar en la publicación de Instagram de Martin Watkins fue que la imagen logró transportarme directa y fantasmagóricamente a la serie de shows de Marc Almond que recuerdo con más cariño: la que tuvo lugar en el Almeida Theatre de Londres. Ese pequeño teatro independiente donde Harold Pinter estrenara sus primeras obras. En un principio iban a ser tres shows. Luego se agregó un par más. Creo. Me rehuso a chequear el dato en Google. Yo estuve ahí, para cada uno de los conciertos. Sin importar el número: cuatro, cinco. Mil. Recuerdo el color y el olor de esas noches, perfectamente, Impregnaron mi piel de descamación permanente, para siempre. Aquello fue Una Celebración de la que yo fui parte. Y en El Paisaje del puñado feliz retratado en la selfie de Martin pude verme. Libre del absurdo de la conectividad virtual de los tiempos, escondido en un ya imposible Silencio. 

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