Dislates · Naderías

¡AH! …BASTA DE PENSAR

kingbee3am

 

Caminé por Leeds. Porque después del partido y por una hora, no pasan autobuses por las inmediaciones del estadio. Preferí no esperar, porque las desconcentraciones me deprimen un poco menos que las concentraciones de personas. Y caminé. Google marca en millas de acuerdo a no sé qué cosa. Mi cuerpo se mide en kilómetros, ni quiero pensar de qué cosa.

Una vez en la estación de autobuses, en el centro de Leeds, compruebo lo que ya sabía: todo está cerrado. Los habitantes de la noche (noche que no sabe de países ni banderas) deambulan como zombies. No sé por qué nunca me veo a mí mismo como uno de ellos. Lo más probable es que lo sea. Lo más probable es que todos lo seamos, aún aquellos quienes -invariablemente- tienen (o creen tener) su vida ordenada. Hecha. Dos máquinas expendedoras ofrecían Coca Colas y snacks a precio de robo.

El chofer del micro está todo tatuado. Así, como la hija de Tinelli. Tiene buen humor. Hace chistes sobre la grabación que debe poner a sonar cada vez que el autobús sale de la estación de origen. Dos inglesas pálidas, deprimentes, se ríen con estrépito. Hasta que todo se rinde al rumiar del caucho contra el pavimento.

Una vez en el centro de Mánchester me encuentro con lo que ya conocía: a esa hora, para viajar, no hay más que un taxi. O varios. Las calles del centro de Mánchester son un espanto, muy especialmente por la noche. Los zombies pululan. Las sustancias cambian pero los estragos permanecen, invariables. Mucha, mucha gente duerme en las calles. Muchísima. Se sorprendería hasta un tilingo, valga el oxímoron.

Atravieso St. Peter’s Square y me dispongo a subir a la estación Deansgate-Castlefield. La de tranvía (porque existe una de trenes, del otro lado). A un costado, lo que alguna vez se llamó G-Mex. Allí vi a The Cure en el 92, dos noches seguidas. Fue el hecho que motivó mi primera visita a Mánchester. Escribí sobre esos dos días hace no tantos (días). Para el libro “de The Cure”.

Me pasé unos cuantos años diciendo que escribía cuando en verdad no lo hacía. Fue la mentira que me quedó más a mano para inventarme un pequeño signo de adaptación social, yo que estoy aquí (aquí aquí) hace tanto (pero tanto tanto) tiempo sin hacer nada más que esperar a Godot. Cosa inaceptable en términos sociales. Pero al pasar esta noche por lo que alguna vez fuera el G-Mex (hace rato que el lugar cambió de nombre y propósito), supe que nunca mentí cuando dije que escribía mientras no lo hacía (pues siempre digo la verdad cuando miento). No porque ahora lo haga sino todo lo contrario: no sé quién es el que escribe, cuando escribe. Y no me refiero a mí, lo digo por todos. Por los que escriben y los que no. Por los que no escriben y los que sí.

Busqué una subida a la estación que creía recordar, pero no estaba. No estaba allí. Di unas vueltas y me crucé con más habitantes de la noche. Algunos andaban en grupo, otros también iban solos. La estación parecía una cima imposible y la escalé. Una vez allí, me dispuse a esperar a Godot una hora y pico más. Hasta que el primer tranvía apareciera. Tomar un taxi hasta el suburbio donde vivo estaba descartado: ¿cuántos discos podría comprarme en Kingbee con el dinero que costaría el periplo? Infinitos. Me cargaría de más peso físico con todo esa guita, sí. La carga y su peso, esa condena existencial. Yo todavía la mido en discos.

Me pongo del lado del andén que da al centro de convenciones que alguna vez fuera el G-Mex. Para agarrar su señal de wifi. En eso un hombre de piel negra vestido de saco y corbata me habla desde el otro lado de la calle, lejos y abajo. Tengo que ajustar mi disco rígido para comenzar a comprender lo que me dice, porque en mi red instintiva el idioma inglés (y cualquier otro que no sea el castellano) es un balbuceo inentendible. Un gorjeo de pendencieros. Parece que el tipo me dice que no hay tranvías hasta las seis. Le digo que no es así, que en esa estación arrancan a las tres. Me explica que hoy no; no entiendo bien el por qué. Hasta que menciona a Chorlton. El discurso del negro se me hacía incomprensible y clarísimo, alternativamente. Como si el cable que alimenta de electricidad a mi cerebro estuviese a punto de cortarse e hiciera falso contacto. Parece que hoy el tranvía de la línea 6 arranca desde Chorlton. Me explica cómo llegar hasta allí caminando. Le pregunto si la caminata será de más o menos una hora. Me dice que no, que son veinte o veinticinco minutos. Sé que no es así, pero le creo. El tipo se mete adentro del edificio de donde había salido. Nunca me pregunté por qué decidió salir a decirle a uno que estaba sobre el andén, a casi cien metros suyo, todo eso que me dijo. Opté por creer que todo era real: me dispuse a caminar hacia Chorlton.

Por las calles goteaban coches, con regularidad incierta. Le dejadez y la corrosión mostraban sus marcas en veredas, paredes, ventanas, casas y cosas esparcidas al costado del camino. Me sorprendió encontrar una gran cantidad de ventanas iluminadas (de un amarillo tristísimo), siendo la hora que era. Me detuve particularmente en una: la cortina era un trapo improvisado a media asta. Una mueca de derrumbe. Podía sentir la debacle que allí dentro se había desatado, tal vez desde siempre.

La calle se bifurcó, finalmente, tal como me lo había anticipado aquél fantasma negro en Deansgate-Castlefield. Seguí por donde correspondía. Los huesos comenzaron a crujir; los dolores se incrementaban esparcidos democráticamente por todo el cuerpo: cervical, lumbar, renal, caderas, rodillas y antebrazos. Sin olvidar ambos tendones de Aquiles, calcificados hace una ponchada de años. El barrio mejoraba su aspecto al ritmo en que todos mis dolores subían el volumen. A la derecha se abría una calle; leí el cartel con el nombre. Era una de esas señalizaciones que acá en Inglaterra no se pegan contra un muro sino que se sostienen estaqueadas al piso con dos maderas. Kings Road. “La calle de Morrissey”, tiró mi mente, absurdo archivo de datos inútiles. Pensé en un par de amigos (amigues) y los tuve ahí al lado mío. Les dije si querían caminar por Kings Road, hasta la casa del veterano cantante. Dijeron que sí, con entusiasmo. Qué tesoro el entusiasmo puro, el que no hace pie sobre algún químico. “Dedication, not medication”, otro dato inútil que aporta la cabeza, esta vez ligado a otro mancuniense, Mark E. Smith. Una parte de mí se fue entonces por Kings Road; el otro siguió por Chorlton, en dirección a la estación. Faltaba andar mucho, todavía. En mi cabeza se dibujó el mapa de la noche: Stretford, las vías, el puente de hierro de Still Ill, Kings Road, el Longford Park, Kingbee. Pensé entonces en la disquería de color amarillo, tal vez mi favorita. Porque reponen discos usados con asiduidad (al menos este año), porque los ofrecen a precios amables. Nunca la vi cerrada. Quise verla de ese modo, en el medio de la noche. Calculé que llegaría al lugar a eso de las tres, a la hora del Diablo. Los dolores eran un recordatorio de mi pasión por el absurdo. Llegué a la disquería con el último aliento y vi por primera vez sus persianas bajas: un mural en tres bloques. Todo era quietud por fuera, locura por dentro. Las conversaciones múltiples (ma qué triple…) que habían tenido lugar durante la caminata (que, finalmente, duró una hora), regresaban a mi cabeza al unísono: era un bullicio luciferino.

Bajé a la estación de Chorlton, el cartel decía que el primer tranvía llegaría en apenas diez minutos. Sentí la epifanía de un alivio ilusorio. Del otro andén, un gato negro y blanco comenzó a maullarme. Le hablé y se puso más conversador. Se acercó al borde de su plataforma, pensé que querría cruzar. Se lanzó a las vías y se acercó de este lado. De otro salto, se subió a mi andén. No paraba de charlar. Me pregunté quién sería ese gato, porque me conocía. Se acercó, se arrastró entre mis piernas. Bálsamo. Yo también lo acaricié. Levantó su cabecita y me miró a los ojos. Acto seguido saltó sobre mi regazo. El cartel marcaba ahora que faltaban dos minutos para que se apersonara el tren. Una chica de rasgos orientales apareció y sacó su boleto en la máquina expendedora. El gato fue hacia ella y repitió su ritual. El tipo parecía conocer a todo el mundo.

Me subí al tren sin boleto, porque así dice el guión de “mi último libro”. Pero esta vez no hubo guardas. Era la hora del Diablo y pocos se atreven. Llegué a la casa donde vivo. Una casa tipo duplex, de construcción precaria. Inglesa. Esqueleto de madera, paredes de cartón y yeso. Alfombras con destino de mugre. Se escucha todo lo que se haga ahí dentro. Se divulga hasta el más delicado de los pasos. La dueña de casa dormía. Trato de evitarla como trato de evitar casi todo contacto humano. No es nada personal. Corté un pedazo de queso y lo comí con un puñado de esos frutos azules que pululan por todo Mánchester (los había recogido unos días atrás). Apuré una sidra de kiwi y lima que a veces me gusta mucho y me di una ducha en el afán de que todos los dolores (y todos los zumbidos) cedieran un poco como consecuencia del efecto desinflamatorio del agua caliente. Me tomé media pastilla y me dormí profundamente. Por tres o cuatro horas. Nunca duermo de un tirón más que ese tiempo. Soñé con Irina y Marcelo, juntos en un solo sueño.

Me despertaron los dolores o yo los desperté a ellos. Quién sabe. De todas formas, Still Ill. Encontré mensajes de algunas personas en WhatsApp y Facebook. No encontré los de algunas otras, esos que ya ni espero. Aunque tenga muy presente cada una de las traiciones y actos de flagrante ingratitud. Cuéntesela como quieran.

Things to do today: ir a vender la entrada para ver a Tim Burgess, pues hoy ya no lo quiero ver. Es el problema con todo lo que requiera de una decisión anticipada. Vaya oxímoron las decisiones a futuro. Signo de los tiempos. La entrada es gratis, la salida vemos. Charly.

Pero lo que más quiero hacer es pasar por Kingbee, a cargar la mochila con objetos concretos. Basta del ridículo peso de las ausencias, conversaciones interiores y amigos imaginados. Basta de ser un caído del alerce.

Anuncios

2 comentarios sobre “¡AH! …BASTA DE PENSAR

  1. Rompo brevemente la en general deseable falta de contacto humano (porque el contacto humano, en mi caso, suele equipararse a esto, ja) para señalar lo ameno del trayecto, de su narración. (Claro, porque no escuchaba ese coro de voces ajenas…).
    Cuando me encuentro con un gato en la calle, o en una ventana, donde sea, suelo detenerme para charlar un rato en su idioma, el cual hablo por fonética, sin saber muy bien qué les digo o qué me dicen, pero disfrutando cuando mueven sus orejas en busca de la fuente del maullido o del ronroneo. Hasta que esa forma de comunicación, como todas, más temprano que tarde se encuentra con su límite y cada uno sigue su camino.
    Celebramos los objetos concretos en cuanto los virtuales, esas agrupaciones de bits acumuladas en discos rígidos, al palmar estos, nos dejan una sensación de vacío que nos enfrenta a lo vacuo de ¿casi? todo aquello con que trato de llenarlo. Al vacío, digo.
    No los celebramos, en cambio, cuando vemos todo el vacío que contiene su presencia, toda la energía que puse en ellos al pedo, solo porque había que ponerla en algún lado (qué feo suena eso, jaja). Iba a decir “como un sucedáneo de la vida”, pero quizá la vida sea eso. O también sea eso. Me voy a morir sin saberlo.
    Las entradas anticipadas son lo peor, es agotador hacer planes para más de allá de esta noche.

    Me gusta

    1. Gracias por semejante comentario, se extrañaba. Y perdón por esto de “la aprobación”, pero nunca sé cómo es que se configura el asunto para que la misma no sea necesaria.

      La compra de entradas anticipadas es mi error más frecuente. Debo encontrar una cura a eso.

      Nos veremos, como a los gatos.

      Abrazo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s