Música·Relatos Breves

ESCENA SEIS

moz

 

El día comenzó como cada maldito día de los que estoy pasando en esta casa desde que volví del viaje al nuevo libro que escribí (“el de The Cure”): con un golpe seguido de ruidos. Fuertes. Propinados por los dueños de esta casa (de lo único que pueden ser dueños: de cosas y casas). Trato de pensar, cada noche, que me queda poco aquí. ¿Aquí dónde?

Aquí.

Pero los ruidos, que comienzan a las siete de la mañana, no cesan. Y se va todo a la mierda. Y salto de la cama como un resorte que se salta de la cama y miro por las rendijas de la persiana de la ventana que está a la derecha de mi lecho y miro donde no hay nada que ver. Y puteo. Y vuelvo a la cama pero vuelven también los ruidos. Y las puteadas persisten. Hasta que me levanto.

Les confesé a los ruidosos exégetas de la propiedad privada cosas íntimas, que me arrepiento de haberles dicho. Todo para ver si podía despertar en ellos algo de piedad, como para que hicieran silencio al menos hasta las nueve de cada mañana. Se los pedí expresamente. Se los rogué. Promesas sobre el bidet. Se cagan en todo. Probablemente porque tienen los estantes llenos de libros, de los libros correctos. Y también tienen colecciones de libros sobre religiones. Sobre todas las que se te ocurran. Y mucho sobre orientalismo.

Por eso se cagan en todo, o en este caso en algo ínfimo: yo. El odio me rebalsa. Sí, ya sé: me hace mal a mí.

¿Qué otra cosa podría hacer?

El bien. ¿El que me enseñaron? Moralinas. Hipocresías de burgueses.

Prendí el teléfono a las 8:30 am, entre puteada y puteada. Grabé un audio para el amo y señor de la casita de los ruidos: mesura y brutalidad. Mensura. No se lo mandé.

Desayuné un café y una galletas que me gustan. Se llaman “Gli Abbracci”, con cacao e panna fresca, dice el envoltorio. Senza olio di palma. Qué concienzudos estos italianos. Nunca un exabrupto.

Mientras, refresqué el recorrido por unas disquerías del centro de Turín, memoricé el mapa. Salió el nuevo simple de Morrissey, “My Love, I’d Do Anything for You”. Y lo quiero. Como quiero los dos anteriores del último álbum, “Axe the Monarchy” (sí sí sí, no no no: Low in High School). ¿Que para qué los quiero? Para recordar que son basura, aún cuando por estos días siento un genuino amor por Morrissey. Pero me interesaría ser su amigo, no su cliente. Igual, los discos son tics moribundos. En mí. Todo va muriendo en mí. Como en vos. Perdón la brutalidad, pero estoy en Italia y no me gusta hacer ruido. Apenas pienso.

Anoche había probado lugares donde comprar los tres simples de Morrissey (el nuevo arriba mencionado, “Jacky’s Only Happy When She’s Up On Stage” y “Spent the Day In Bed”), pero el primero de la cronología ya resulta inconseguible y hay que pagar 25 o 30 libras por un ejemplar. Que se los metan en el ojete. Me dije. Sin hablar. En silencio.

En discogs, encontré un italiano de Bologna que vendía “My Love” y “Jacky”. Me dije: “por ahí en alguna de estas disquerías de Turín los tienen, mañana voy”. Por eso revisaba cartográficamente la recorrida.

Almorcé un par de sánguches, así como esos que le decomisaron (confección de acta pública de por medio) a un pibe allá en Buenos Aires, según vi en la tele de estos tiempos, Facebook. Gobierno de hijos de puta. Yo sería montonero a los 50. Ahora. No tengo mucho que ofrecer más que detonarme. Me dan ganas, eh. Pero siempre llego tarde.

Subí al coche. Noté que le falta aire a la rueda delantera izquierda. Encendí el motor y arranqué. Antes, me quedé un rato con Don Griggio y Pino Marrone, los gatos que son propiedad de nadie. Les di unas de esas golosinas que reciben con tanta alegría. Y entonces sí: noté la falta de aire en la rueda delantera izquierda, subí al coche, lo puse en marcha y arranqué. Pensando.

Tuve en la cabeza una conversación con el amo y señor de esta casa, el Arnaldo André del Piemonte. Me prometí llevarla a cabo, fuera de mi cabeza, cuando tuviera el disgusto de cruzármelo.

– ¿A qué hora te despertás?
– Entre seis y media y siete. (sabía la respuesta, pero pregunté igual)
– ¿Ponés un reloj despertador, la alarma del celular…?
– La alarma del celular, sí… (dijo, extrañado)
– Antes de que suene, total silencio ¿no? Digamos, entre las cinco de la mañana y las siete, cuando suena la alarma del teléfono, descansás en un ámbito de silencio. ¿No?
– Sí… Sí… (dice entre temeroso y desorientado)
– A mí me gusta levantarme después de las nueve. O a las nueve. Nunca antes. Pero no pongo reloj. ¿Alguna vez oíste hablar del reloj interno?
– …
– Entonces, vos tenés silencio en tu cuarto… Hasta el momento en que te levantás. Pero yo no. ¿Sabías? Sé que lo sabés, lo hablamos muchas veces. Hasta te confesé ciertas cosas muy íntimas para ver si lograba que se me respetara, que se me otorgara el regalo del silencio hasta las nueve de la mañana. Pero no hay caso: cada puto día, a las siete de la mañana, comienzan los ruidos. Fuertes. Que me despiertan. Que me hacen mal. A los oídos, a los nervios y a todo lo demás que hay detrás. Y esos ruidos los hacés vos, y los hace tu esposa. ¿Te parece que está bien? ¿Cómo te sentirías si yo zapatease arriba de tu techo y moviese muebles y cosas e hiciera todo tipo de ruidos que retumben fuerte en tu habitación todos los días, de lunes a domingo, a partir de las cinco de la mañana?

Ahí terminaba la conversación. La escena cortaba abruptamente. Probablemente porque, en mi deseo, querría darle un par de goles, en la cabeza. Y dejarlo zumbando, rebotando de pie sobre el suelo, como un dibujito animado al que acaban de darle un martillazo en el marote.

Estacioné el coche y puse sobre el tablero mi certificado de discapacidad. Hecho en Argentina, como todos mis defectos. Es decir: soy mucho menos peor que un italiano. Aunque destile cierta familiaridad respecto de quienes cargan en su carne con ese gentilicio.

Arranco la recorrida por la Via Po, en Nero Vinile. La confirmación de que ya no quedan disquerías donde uno pueda sorprenderse. Están todos “avivados”. Todo el mundo se rige por el valor de mercado de internet: ebay y discogs, básicamente. A nadie “se le escapa nada”. O todos se abusan. En este terreno, son conceptos intercambiables.

Nero Vinile es propiedad de dos viejos, así como yo, pero un poco más viejos. Están canosos y pelados. Rictus de recto. Yo opté por la psoriasis con artritis desde los once, a la cabeza y todo lo que da, a los premios. Me paré.

Supe, desde mi primera visita a Negro Vinilo, que ninguno de los dos viejos entiende una mierda de discos. La disquería tiene dos pisos, está llena de vinilos. Todos a precios exorbitantes, apreciados por el mercado de internet. Los vinilos están todos dentro de sus tapas, en las bateas. Cada uno lleva un sobre externo transparente, de los buenos. Y una etiquetita con el precio. Pegada sobre la funda genérica transparente. “¿Error?”, me pregunté el primer día. Y busqué la respuesta al intríngulis: trabajo de campo. Tomé un disco de Sparks, marcado a 20 euros. Un disparate. Luego, agarré uno de Nicola di Bari (tuve que cambiarme de sector), que estaba marcado con un 5. Enroqué las fundas y con ellas los precios. Y me dirigí a pagar mi vinilo de Sparks de 5 euros. Entró como por un tubo. Respuesta: “sí, error”. Porque no entienden un carajo de los discos que venden, de lo contrario hubiesen sabido que el de Sparks a 5 euros resultaba una anomalía.

Eso sucedió durante mi primera visita. Por supuesto que durante todas las siguientes, repetí el esquema. Ajusticié a un Only Love Can Sustain de Spinetta (bajó de 25 a 5, de un raquetazo), tiernicé un Sulk de The Associates (de 20 a 5). Otra vuelta hice lo propio con un disco que ya ni recuerdo. Y no volví más. Aclaro, aunque no haga falta: 5 euros es el valor de los discos más baratos que tienen a la venta en el local.

Hoy pasé por ahí sin paciencia. No tenía ganas de “cagarlos”. No por un ataque de moralina. Más bien porque estoy harto. ¿No les dije cómo comienza cada uno de mis días? Entré a Nero Vinile, sí. Miré en la eme de Morrissey, y nada. Miré en la ese de los Smiths. Nada. Y me retiré.

Caminé por Via Po con mis oídos protegidos. No lo suficiente, pero protegidos todo lo que se puede. Pasé por otra disquería, que también vende usados, únicamente. Materiale Resistente. Así le puso de nombre su dueño. Un tal Caretta Marco. O Marco Caretta. En fin. Busqué en la eme de Morrissey, y nada. Busqué en la ese de los Smiths. Tampoco. Salí.

Doblé a la derecha en la calle donde está la RAI. Les Yper Sound, se llama esta otra tienda. De usados y de nuevos. La última y única vez que estuve en este lugar no tenían nada de mi interés. Salvo un Behaviour de Pet Shop Boys, italiano, aunque huérfano de sobre interno. 5 euros, seguramente a causa del faltante. No me dio.

También había visto en las bateas de Les Yper Sound un Everything Picture de Ultrasound. Inglés (creo que no existe otra edición en vinilo), mint condition, 20 euros. Uno de los pocos discos que conservo, tal vez porque lo tengo firmado y el objeto tiene una historia detrás. O delante. O al costado. Más o menos, en alguna parte de la memoria. Pero hoy entré a esta disquería con el solo objetivo de ver si tenían “My Love” y “Jacky”, de Moz. “Spent the Day In bed” estaba descartado por mi realismo pesimista, valga la redundancia.

Efectivamente, “My Love” fronteaba una bateíta de siete pulgadas. Tenían una sola copia. 8,99 euros. Le pregunté si no tenía un “Jacky”. Me dijo que no, que estaba agotado. Me retiré, no sin antes fijarme si todavía estaba Everything Picture. Efectivamente, allí yacía inerte. No me fijé qué era de la vida del Behaviour huerfanito de sobrecito. Enfilé para la cuarta disquería del recorrido, una que queda del otro lado de la Via Po. La última esperanza italiana. No daba dos mangos.

La disquería es inmensa, de una inmensidad y farolerismo bien italianos. De mal gusto. Queda a cuatro cuadras de la RAI, no sé si me explico. Mucha gente atendiendo: hombres, mujeres (casi de todo). Había hasta una niña detrás del largo mostrador en forma de ele. Leía un libro infantil. Pobre criatura, la que le espera.

Sobre un rincón del mostrador, divisé una bateíta de siete pulgadas, los únicos de todo el espantosamente abarrotado local. “My Love”, al frente. 9,99 euros. Aumentó. Mis falanges psoriásicas pasaban los disquitos con frenesí: ¡”Spent the Day In Bed”! 8,90 euros. Bi-co-ca. Lo apilé a “My Love”. Tres disquitos más y ¡”Jacky”! 8,99 euros.

“Scene six, this country is making me sick!” Trompetas, a mí…

Tomé los tres disquitos y di la vuelta al laberíntico mostrador. Aguardé a que el tipo que estaba en ese sector terminara de atender a tres chicas que compraban una bandeja-valija de esas Corsley o algo así, las que se ofrecen en todos lados y, conceptualmente, están más cerca de una docena de empanadas de “Solo Empanadas” que de un tocadiscos. Pobres chicas, la que les espera (a ellas y a sus novios y novias y demás relaciones que forjen en el devenir).

Mientras pagan, pienso en robarme los disquitos del Moz. Llevo un morral de Bob Dylan. Bob Dylan, oportunamente, me había robado. Con el precio de las entradas y la exigencia -para verlo más o menos de cerca- de comprar un “vip package” que incluía ¡el morral! También me estafó un Estado Nación: los Estados Unidos de (Norte)América, que no me dejó entrar a su territorio cuando iba a ver a Bob Dylan. Sin motivos, porque sí. Porque tienen la pija larga y gruesa (de océano a océano: no sabés lo que duele que te garchen con eso). También me estafó una amiga norteamericana, a quien le presté dinero hace cuatro años, mientras visitaba ella la Argentina junto a su biempensante novio de primer mundo, para que no la estafen dándole 8 pesos por cada dólar que fuese a gastar con sus tarjetas bancarias. Para que le rindieran 13. Y no 8. Soy un infleiz. ¿Por qué? Porque todavía no me devolvió la guita. Y porque, además, me basurea. Pero esa es otra historia. Volvamos a mi inmoralidad, que va a hacer roncha: “quiero shopliftearme estos simplecitos de Morrissey”, me recordé. El tipo cobraba a las chicas, quienes pagaban con tarjeta bancaria. Las estaban cagando, ciertamente: esas bandejas son una empanada de chota cortada a cuchillo. Sí, ya sé, el de la disquería no la estaba cagando. ¿Ya sé?

Polémico.

Abrí de a poco el bolsillo posterior del morral, haciéndome el boludo, para ver si podía deslizar allí los discos, mientras aguardaba. Porque quería, además, preguntarle si tenía la edición limitada en cd de Paz Mundiáal Es Asunto Que No Te Conciernéeeee (te quiero, Manzur). También del Moz. ¡Viva Moz!

Las chicas se fueron felices con su poronguita nueva: ¡qué más querían, qué otra cosa buscamos! Conchita, poronguita. ¡Qué más! ¡A lo sumo cien de queso!

No metí los discos del Moz en el morral del Bob, disquitos que conservaba en mi mano izquierda, caída hacia el costado, mientras calculaba si el tipo -o alguien más del local- sabrían que yo los tenía ahí. Le pregunté por World Peace y se fue a fijar. Volvió con World Peace, pero el normal. No el doble. Y con You Are the Quarry (cd+dvd). “Te lo puedo pedir al doble, si querés”. “Bueno” le dije para hacer tiempo, pues todavía no estaba seguro de si el tipo sabía que yo tenía tres simples de Morrissey en mi mano izquierda, que se suponía debía pagar, aunque no quisiera hacerlo. O aunque se hubiese disparado la fantasía de robármelos. Fuimos a otra punta del mostrador, más allá de la mini-batea de la que había agarrado los simples. Cerca de la nena leyendo su libro infantil.

El tipo miró y miró un monitor, tecleó un poco. Olvidando el deseo de robo, recordé el “computer says noooo…” de Little Britain y me sonreí. “25 euros, te lo puedo pedir, pero demora 30 días…” Nos miramos. Yo pensaba en robar, él en que yo le encargase un disco. “Es mucho tiempo”, le dije, diciendo la pura verdad. 30 días es otro planeta.

Va bene, buona serata!”, dijo, a modo de despedida. “Es la mía”, pensé. Giré sobre mis propios talónicos y enfilé hacia la puerta de salida. Con mis tres simples de Morrissey en la mano. Shoplifters of the World, uníos y empoderáos.

No es la primera vez que robo discos, no es la primera vez que robo algo. Pero la culpa persiste. Como la fantasía del “karma”. Esperé a que atronara algún ruido estrepitoso, a modo de castigo. “Todo vuelve”, se suele decir. Y yo y mi péndulo peneano nos bamboleamos del cagazo al descreimiento más absoluto: “¿qué carajo vuelve, pelotudos?” Además: ¿de qué karma me hablan? ¿Del que yo le estoy devolviendo al mundo hijo de puta que no paró de estropearme? ¿Cuántos discos más tengo que robar o cuántas cabezas de estúpidos amos y señores debo patear para empatarle el partido a esta vida ruinosa? ¡Váyanse a la puta que los parió! ¡Con moralinas a mí!

Robé discos en Nashville, Londres, Oslo, Copenhague, Berlín, Turín. Y decí que no quiero subirme a un avión nunca más en la vida, que si no seguiría. ¿Para qué? Para nada, por el absurdo mismo. Por rebelarme, por hacerle el mal al mal, es decir hacer un bien. Un bien inocuo y superfluo. Los discos me importan una mierda: tengo varios miles varados en todas partes. La fantasía es que alguna vez los juntaré, me reuniré con ellos. Me reuniré conmigo mismo. Tal vez se trate de una metáfora de la muerte, que nunca deja de aproximarse.

Regresé a Les Yper Sound (slight return). Me fijé si aún estaba Behaviour. Yacía y lo recogí. Junto a un Actually, con sobre interno y todo. Siete euros, este último. Tenía un billete de diez y al llegar al mostrador le pregunté al tipo (otro pelado, pero joven) si me hacía los dos por diez. Dijo que sí. Pagué y me sentí honrado. Un buen tipo.

 

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2 comentarios sobre “ESCENA SEIS

  1. La primera parte de este texto me enfrenta a algo que ya sabía, que notaba, pero sobre lo cual trataba, en proporciones indefinidas de lo consciente y lo inconsciente, de no detenerme. Ya no puedo escribir (ni hablar) sobre esto. Querría anotar, para poder referirlo objetivamente, cuántos días pierdo por dormir mal. Cuántas horas de desvelo. Cuántos golpes a través de las paredes y el techo, cuántos gritos a través de los tapones de los oídos (y del sueño). Pero no puedo. Ni uno puedo.
    Querría hacerlo sistemáticamente, tener un registro, pero no puedo, no tengo esa constancia. y tampoco puedo decirlo ocasionalmente en algún blog que tengo (?), en algún otro sitio, en un consultorio médico, en una charla con alguien conocedor/a de la situación o no. Pero no. No me sale la voz.
    Apenas un grito de dolor cuando algo pesado se le cae al pelotudo en cuestión, un “¡ey!” que el miserable escucha y responde saliendo al balcón y gritando, a su vez, otra onomatopeya. Porque además de todo es un provocador. (Como el otro, que ponía la música fuerte y gritaba en el balcón, “al que no le gusta, que me chupe las bolas”. Ese otro ahora se calmó un poco). Es la segunda vez que me bardea desde el balcón. La segunda vez que tengo que comérmela.
    Hay situaciones que tienen un único destino: la violencia. Es menester evitarla, sobre todo si el otro es un giocatore de pallacanestro que mide dos metros. Pero qué lindo sería no darle un par de goles (sic) en la cabeza, sino usar su cabeza como pelota de béisbol y, cual Barry Bonds, batearla fuera del parque, a las aguas de la bahía en el estadio de los Giants de San Francisco.
    O cobrarle cada uno de los golpes (¿decenas?, ¿centenas?, ya te dije, no puedo llevar la cuenta) que día a día, todos los días, me dan. ¿Cuántos golpes te hacen terminar como Junior Seau?
    Veamos el lado positivo de tu situación (?): no tenés un bebé que llora cuatro veces por madrugada y padres de pasos mastodónticos que se levantan presurosos otras tantas veces para asistirlo. Ni tenés un padrone de casa refulgente de violencia que le grita al crío -sí, a las siete de la matina- porque llora mucho ni tenés uno (el mismo) que arrastra el ténder en el balcón a las seis de la mañana. Ni tenés vecinos varios con aires acondicionados mal instalados que gotean a un metro de tu cabeza toda la noche/madrugada/amanecer/partedelamañana. Y que cuando les decís que pongan la manguerita, dicen que no son ellos.

    Los montoneros no se detonaban, mandaban a pendejos de 16 a poner bombas mal hechas que les explotaban en las manos.
    Polémico.

    Siempre estamos en zona de descenso en el corazón. Tenemos que ganar tres de los próximos cinco para zafar. Si no, el promedio nos condenará.

    Extraño el tiempo de recorrer disquerías con la ilusión de… no sé qué. ¿La promesa eternamente incompleta de la acumulación, el placer y la realización que se concretan en la transacción? ¿Lo qué?
    (¿Será por eso que nunca hurté? ¿Por el placer de la transacción?).
    Y sí, tambien, extraño los 90, el uno a uno, y la juventud. Y las más grandes ganas son las de volver a ese tiempo para no creerles a todos los que les creí entonces.

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  2. Hay gente difícil, muy difícil. Yo, aclaro, no soy fácil. Para nada. Pero al menos no soy expansivo. Tiendo a la invisibilidad y mis pasos ni se oyen (desde ninguna parte). Mudarse (en el sentido de los ruidos vecinales), asumo, es una lotería. No tengo suerte con eso del juego de azar, lo que no quiere decir nada respecto del amor. Cuántas idioteces transmite la tradición oral…

    Espero el futuro se apiade un poco de mí (y de vos, en el nombre del padre, su berraco y el melómano sacado). Hay que ganar tres de cinco y, para colmo, me parece que a Caruso Lombardi se le acabó la suerte.

    En todo caso, puedo decir que tengo 16, así me mandan con un artefacto defectuoso. Creo que no quedan inocentes, si es que alguna vez los hubo.

    Gracias por leer. Y comentar.

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