Música

EL GORDO DE LAS MANOS COMO BACKYARDS

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“¿Quién repite esta raza, esta raza de uno?” (Horacio Ferrer)

 

Mi barrio era así
Así
Así
Es decir
¿Qué se yo si era así?
¡Pero yo me lo acuerdo así!
Con Roberesmí, el carbuña de la esquina
Que tenía las hornallas llenas de hollín
Y que jugó siempre de “jas” izquierdo al lado mío
Siempre
Siempre
Tal vez pa’estar más cerca de mi corazón

Alguien dijo una vez
Que yo me fui de mi barrio
¿Cuándo?
¡¿Pero cuándo?!
¡Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé
Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja allá en Morlote
Titilando como si fueran manos amigas, me dijeron
Germán, Germán…
Quedate aquí
Quedate aquí

Y las estrellas de la esquina de la casa de tu vieja allá en Crawley
Titilando como si fueran manos amigas, te dijeron
Gordo, Gordo…
Quedate aquí
Quedate aquí

 

Chieri, 31 de diciembre de 2017, 10 a.m.

 

Me levanto a mi rutina, esa que me sostiene. Voy al baño y me siento en el retrete. Toco el radiador con mi mano izquierda y agradezco el calorcito. La ventana  me dice que el sol, Rey tibio, aún no logró desdibujar la última nieve: todavía ahí fuera es un manto de escarcha.

Ya en la cocina me armo un café. Saco la ricota fresca y la mermelada de cerezas. Pongo el individual de plástico, saco una taza de la alacena: es igual que la de mi viejo, la de Rugantino. Pero está en blanco, enmudecida.

Mientras el aroma del café impregna mi mañana del hoy, me pongo una campera y salgo. Don Griggio, tras el ruido de llaves girando el tambor de la cerradura, no demora más de diez segundos en aparecer en el balcón del primer piso donde vivo. Don Griggio es un gatito hembra que se acercó a la casa hace unos meses. Lo empezamos a alimentar y, a los pocos días, se trajo a un amigo: Pino Marrone. Pino no duerme abajo como Griggio, en uno de los cuartos de herramientas, sino que se apoltrona en algún sillón de la galería semi-abierta del primo piano. Entonces, como si todo estuviese perfectamente orquestado, cinco segundos después de la aparición de Don Griggio, Pino salta los dos metros que separan la galería del balcón donde, ahora, nos reunimos los tres habitantes de esta casa. Buongiorno! Hablamos un poco mientras les sirvo el desayuno. Nos queremos mucho, sin más.

Una vez dentro, será mi turno. Pero antes bajo la escalera y, munido de mis guantes térmicos, camino los alrededores: los árboles se pusieron beckettianos, a excepción de los pinos. Hay doce del lado Este de la casa y un decimotercero del oeste, erigido en medio del bosquecito de bambúes que rodea un pantanito. Las hojas de bambú permanecen verdes como siempre. El estanque está helado. Más allá, la huerta es tierra yerma. Entro y compruebo que la vida ha entrado en su ciclo de ausencias. Apenas el detritus de dos plantines de lechuga morada asoman como inútiles incrustaciones en la tierra helada. Allá, al fondo, la tozudez de unas hojas de zapallo. Nada más.

Regreso y en el balcón, ya desayunados, Don Griggio y Pino Marrone se lavan y pierden la mirada en el horizonte alpino, respectivamente.

 

Londres, 7 de mayo de 1996, 11:30 pm

 

A la noche siempre refresca, por más primavera que sea. Camino las calles del barrio de Pimilco, donde estoy parando desde hace tres días. Vine a recibir la edición de un nuevo disco de The Cure en el lugar donde se origina, por vez primera. Fue un ritual que se me ocurrió tras el repaso de cómo fueron mis encuentros con cada uno de los discos de The Cure cuya edición esperé a sabiendas.

El primero de ellos había sido Kiss Me Kiss Me Kiss Me, que me fuera divulgado por teléfono, llamada de larga distancia de mi amigo El Gallego de por medio, desde París.

Luego llegaría Disintegration: más allá de la canción adelanto, Lullaby, lo que primero escuché del disco fue abordo de un subte de la línea B en Buenos Aires: Marco (el fan de The Cure que, al contrario de lo que reza el dicho, se parecía a su perro -un bull terrier- y no su perro a él) había conseguido una copia de copia de copia tomada de una casete promocional del álbum, así que nos encontramos. Puso a reproducir la cinta en su walkman y me calzó los auriculares. Sonaba como debajo del agua, el sonido se iba a las profundidades oceánicas y regresaba a sacar la cabeza para respirar, luego vuelta a desaparecer. Era el efecto de cuando la cinta se ha rayado a causa de un cabezal dañado. Así, trataba de adivinar la música que andaba esperando con desesperación, en medio del ruido de un subterráneo y escuchando una copia imposible. Pero la pasión podía más…

Con Wish fue un poco más sencillo: el disco se editó simultáneamente en casi “todo el mundo”. Además, algunas vías por donde los discos viajaban se habían aceitado un poco más.

Pero tras Wish, disco y tour que había experimentado casi desde dentro, necesitaba ir un poco más lejos. Y eso quedaba en Londres, donde debía estar el día de edición del nuevo álbum, Wild Mood Swings. Y allí es donde estaba ese día, el lunes 6 de mayo de 1996.

En el ahora del relato, ya día siete, habíamos quedado en que eran las once y media de la noche en Pimilco. Camino en la fresca noche, cerquita del Támesis. Salí a buscar un teléfono público para llamar a John (sólo estoy bailando).

John Eastwood era un amigo por correspondencia hasta que nos conocimos, durante el tramo final y británico de la gira de Wish, el 15 de noviembre de 1992. Allí nos consagramos amigos de presencia física. Paré en su gris apartamento de la plomiza Wolverhampton. Estábamos John, su compañera Sharon, dos gatos y quien suscribe. John, en el colmo de la generosidad metafórica, me armaba una cama en el suelo de su cuarto de tesoros, allí donde se desplegaba su incomparable colección de fetiches The Cure: había visto todas las giras, desde 1979. Todas y cada una. John me sobrepasaba en edad. También en volumen corporal: Sharon y John eran dos gordos buenos. La pinta (a John le faltaban varias piezas dentales a raíz de una vida inglesa de desclasado), era lo de menos.

Pues bien, terminaba yo entonces el día siguiente al de la edición de Wild Mood Swings (tras haber cumplimentado la jornada anterior mi ritual de mediodía en la orilla sur del Támesis, frente al Parlamento Pirata, y haberlo comprado en los formatos vinilo doble y casete en la HMV del 150 Oxford Street) caminando por las calles de Pimilco a la caza de un teléfono público para llamar a John y avisarle que estaba en Londres y para preguntarle qué le había parecido el disco (yo lo había escuchado en casete todo el día, gracias a mi transido walkman).

La noche es oscura y las calles están desiertas. Encuentro una cabina y me refugio dentro. Saco del bolsillo un papelito con el número de John. Lo apoyo sobre la parte superior del aparato y levanto el tubo.

– “¿Sharon? ¡Soy Germán! ¿Cómo estás?”

– “¡Germán! ¡Hola! ¡John, John, vení rápido, es Germán!”

– “¡Sharon, pará, no hay apuro, estoy llamando desde Londres, no será una llamada cara! ¿Cómo estás?”

En eso oigo unos golpes, como si estuvieran llamando a la puerta. Levanto la vista y me sobresalto con la imagen de tres policías que rodean la cabina telefónica. Sin decirle nada a Sharon dejo el tubo colgando del aparato, como si fuese el cuerpo de un ahorcado al que acaban de patearle el banquito. Abro la puerta de la cabina y me habla uno de los ratis:

Your ID, please…

Titubeo, estoy asustando. Intento disimularlo.

– No tengo ID, soy extranjero, vine de vacaciones, estoy hablando con un amigo inglés…

Uno de los policías mete medio cuerpo dentro de la cabina y huele el cuchitril.

Been smokin’? (ahora huele exageradamente) Hash?

Sharon levantó su voz, que se hizo audible en el viciado aire de cabina desde el tubo colgado. Lo manoteo y oigo a Sharon preguntarme qué estaba pasando. Atino a decirle:

– Está la policía. Me piden documentos. Me preguntan si estuve fumando hash…

Sharon me pide por favor que le pase el teléfono a uno de ellos. Lo hago. El policía habla con Sharon. Seguidamente, escucha más de lo que habla. Me devuelve el tubo. Me piden disculpas y me dan las buenas noches. Cierro la puerta, respiro hondo y retomo la charla con mis amigos de Wolverhampton.

Ya está John al habla:

– ¡Estuviste ahí! ¿Estuviste? ¡Contame, contame! ¡No lo puedo creer!

– ¿Ahí adónde, John? No entiendo de qué me hablás…

– ¿Cómo que de qué hablo? Del show, ¡del show secreto! ¡No hay manera de que vos, estando en Londres, no hayas estado ahí!

Así es que John me cuenta que hacía una media hora había acabado un show secreto en el Adrenalin Village, un club de moda muy cerca de donde estaba la cabina telefónica, apenas del otro lado del río. The Cure había tocado, el día siguiente al del lanzamiento del nuevo álbum, un show secreto únicamente para allegados e invitados especiales. Habían tocado unos cuarenta minutos y la cosa había sido transmitida en vivo por MTV. No daba crédito a mis oídos: finalmente, uno de los sueños recurrentes de mi adolescencia se había hecho realidad: durmiendo yo en la pieza del fondo de la casa de mi abuela Aída, en la cama de la abuelita Luisa, habitación lindera con el fondo de la Iglesia Santa Inés de la Isla de La Paternal, periódicamente tenía un sueño amargo. En el mismo, de súbito, daba cuenta yo de que me había perdido un recital de The Cure que acababa de terminar. En un despiste, en una amnesia temporal, yo había olvidado (o ignorado, u olvidado que ignoraba o ignorado que olvidaba) que The Cure tocaba ese día a la vuelta de casa, ¡en la Iglesia de Santa Inés! Y lo recordaba exactamente a una hora en que el show acababa de terminar, justo cuando todavía hay olor a humo y transpiración pero ya no hay banda en escena, justo a tiempo como para que la frustración se encuentre en la cúspide. Y así, finalmente, estaba sucediendo en los confines de la vigilia. Si es que mis viajes musicales a Inglaterra alguna vez habitaron esas tierras de pupilas dilatadas. Yo, que ya no contaba con mi amigo en la formación de The Cure vigente, sin la inmediatez de una banda ancha con red social, sumido en lo más profundo de mis sueños epifánicos, había estado durmiendo una siesta post-cena a orillas del Támesis mientras, del otro lado, tocaba The Cure. De alguna manera, yo siempre sabía dónde y cuándo tocaban, así que esta ocasión no tiene por qué haber sido la excepción. Lo que pasa es que se me había pasado… Así como a Porl se le había pasado que tocaba en The Cure (para dejar de tocar allí), a mí “se me había olvidado” el recital que sucedía al otro lado del río, en la iglesia que quedaba medianera de por medio con mi pieza de adolescente…

Le dije a John que no iba a ser posible una visita a Wolverhampton esta vuelta, pues mi vuelo salía al día siguiente: sólo había ido a Londres por cuatro días y para la edición de Wild Mood Swings. El onírico “olvido” lo había teñido todo de una bruma narcótica. Los policías, de alguna manera, lo habían sabido.

Chieri, 31 de diciembre de 2017, 4:30 pm

 

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Entre que mi rutina dice que almuerzo tarde para ser invierno y que el día destiñe temprano porque estamos en las antípodas del verano, una vez termino el último bocado afuera despuntan los últimos girones de luz natural.

Comí ñoquis de calabaza. Ayer estaban de oferta y los traje. Preparé una salsa de hongos, le agregué una pechuga de pollo que me había sobrado, desmenuzada, rayé un poco de Grana Padano y acompañé el plato con un grisín chierese (larguísimos, más de medio metro) y dos copas de un vino bastante liviano (Sangiovese Novello). Lavé la vajilla y acomodé todo en la cocina: no puedo hacer nada si no está todo en orden. Manías personales. Una vez desacelerada mi angustia a través de la aparente armonía de los objetos físcos, salí a caminar un poco. Don Griggio primero y Pino Marrone luego (casi sin solución de continuidad) se suman a mi paseo. Los Alpes no están. El día de invierno es brumoso y apenas se distingue la silueta del pueblo que comienza unos dos mil metros hacia el norte de donde nos encontramos. Hoy, pues, los Alpes no existen más que en unos libros de texto que ya he olvidado.

Pino se afila las uñas en un añoso árbol, Griggio juega con una bola de tierra, la mueve con destreza, como si fuese un balón de fútbol. El frío nos es ajeno. Ahora Pino clava y desclava sus garras contra un arbusto de tronco escuálido mientras Griggio hace un pequeño pozo y se agazapa: delante mío, como si alguna vez hubiese oído mi errático pensamiento y se dispusiera a evacuarme un intríngulis, hace sus necesidades fisiológicas. Tras ello, empuja tierra y tapa el hoyo. Pino la estuvo mirando y, como si una vez más todo respondiese a un diseño ajeno a nosotros tres, practica lo que Griggio acaba de hacer. Luego, ambos gatos se me acercan y se sientan a mi lado: ella del lado izquierdo, él del lado derecho. Todos miramos hacia el norte, ahí donde los Alpes no existen. Antes de que anochezca me acompañan hasta la puerta y simulan que van a comer un poco (la comida y el agua están en el balcón, a un costado de la entrada) mientras yo me dispongo a reanudar algún que otro pensamiento acompañado de la última copa de Sangiovese.

 

Londres, 1 de junio de 1996

 

Ahora se llama Earls Court Olympia. Un tour y cuatro años atrás, era el mismísimo Olympia Grand Hall. Entonces, en aquel para mí memorable mes de noviembre, The Cure cerraba su gira mundial de Wish con cuatro noches consecutivas de entradas agotadas. Durante la cuarta noche, hablando con Porl Thompson, me enteraría que habían agregado una fecha extra, de último minuto: sería en The Point, Dublin. Porl me convidaba. No a la vieja usanza, poniéndome en la lista de invitados: me dijo, “vení con nosotros, salimos mañana temprano”. Yo tenía pasaje de vuelta a Buenos Aires, una vez más, para el día siguiente al último de los shows programados (o sea, el de esa noche). Nunca conocí The Point.

El asunto es que en el ahora Earls Court Olympia estaba yo aguardando el comienzo del segundo show presentación de Wild Mood Swings. Un par de meses atrás me enteré que el Swing Tour inglés había quedado reducido a dos únicos shows, esos del Olympia. Originalmente iba a ser como el de Wish, ese que había visto de pe a pa: dos en Manchester, dos en Edimburgo, dos en Birmingham y cuatro en Londres. Pero una venta de tickets alarmantemente escasa había sido remachada con la pobrísima repercusión del nuevo elepé: las ventas no alcanzaban ni al veinte por ciento de las que había tenido Wish durante las mismas primeras semanas. Y el mercado es cruel: de diez shows, dos. Este, el de esta noche de la narración, 1 de junio, muestra una imagen demoledora: una cortina de tamaño descomunal cierra el estadio cubierto justo por la mitad: amucharon a la poca gente que había comprado entradas para la segunda y última fecha de la “gira” inglesa en la primera mitad de la Arena que queda en la zona de Earls Court.

Cuatro años atrás, The Cure finalizaba su gira mundial más exitosa. Para graficarlo de manera brutal, en los Estados Unidos la gira había tenido lugar en los grandes estadios deportivos cerrados. Y no solo eso: también hubo un par de estadios de fútbol, abiertos, de los más grandes del mundo. Yo mismo los había visto la noche del Rose Bowl, en Pasadena. 27 de junio de 1992. Sold Out. Wish, el disco más vendido. Wish Tour, la gira más taquillera. Premio a la mejor banda británica. Y un reconocimiento que escapaba a los escaparates de la industria: por primera vez en años uno podía escuchar a The Cure embebido en los discos de las bandas jóvenes en boga. Un solo ejemplo: Ride abre su segundo y consagratorio álbum Going Blank Again con una innegable cita a Pictures of You. Leave Them All Behind, refrésquenla si gustan.

Pero, en ese contexto, Robert sabía que perdía al corazón de ese sonido: Porl había decidido abandonar la nave, tras ocho intensos años. El tiempo siguiente los vio cumpliendo aislados compromisos como cuarteto: Robert, Simon, Perry, Boris. Se hablaba de cintas y sequencers que engordaban el sonido, enflaquecido por la ausencia sanguínea del cuñado de Smith. Se hablaba de un guitarrista (negro) tocando fuera de escena. Se decían muchas cosas, todas incomprobables. Robert llega así a la encrucijada del disco sucesor de Wish a fines del 95. No se puede postergar más: las presiones de una industria caníbal se hacen insostenibles. Ya no están ni Porl, ni Boris (quien partiera poco tiempo después que su amigo). La banda ya no funciona como tal, no es un grupo de amigos pasándola bien. Ya no aparecen demos de canciones a granel, aportados por cada uno de los integrantes, para trabajar entre todos: Smith vuelve a encontrarse musicalmente solo, como hacía años no le ocurría. Tiene un montón de canciones, pero carece de la confianza en sí mismo que lo había desbordado desde el 85 hasta el 92. Mira alrededor y sí, todavía está Simon. Pero sus problemas con la bebida y alguna droga pesada están fuera de control. Simon se ausenta aún cuando su cuerpo está presente. Al fondo, un baterista correcto pero de segundo orden pone todo su don de gente. Perry Bamonte ya no es el técnico de guitarras y roadie macanudo: los números de su cuenta bancaria (que le abriera la generosidad de un Smith en su mejor momento) lo habían mareado. Se consideraba un músico que tocaba una música trascendente. Pobre diablo. Y Roger O’Donnell estaba de regreso. Pésima idea.

Con la ayuda de numerosos músicos extra y varios ingenieros a cargo de la mezcla de una diversidad de canciones, Wild Mood Swings se imprime en medio de una incertidumbre de carácter íntimo: la procesión va por dentro. Y los números marcan un fracaso de proporciones. La angustia del cantante de labios pintados y pelo revuelto se acelera. La gira se reduce a nada y solo quedan ahí afuera -relativamente- un puñado de leales.

La banda suena correctamente, pero se muestra incapaz de soltarse, ni hablar de volar. Bamonte es un estudiante aplicado y mediocre, esforzándose para dar el mínimo requerido: no puede leer el texto si no lo va marcando con el dedo índice, palabra por palabra. Se estudia una rutina y se la ejecuta.

Si bien Porl ya no estaba, mi amistad me abría las puertas aún en su ausencia. Así, detrás de escena y después del segundo y último show, tomé agua, cerveza y champán de garrón. Smith, de tan perdido, rebosaba buen humor. Y me dedicaba su tiempo allí a mí, a un costado. Llenaba su vaso y el mío a un ritmo de 4×2 (tango en reversa). Su maquillaje, corroído, imprimía en su rostro una mueca agridulce. Sobre el final de la noche intercambiamos algunos chistes de estribo. Borracho, por primera vez se me escapó un tic de fan: saqué mi pasaporte (era mi primer pasaporte, todavía vigente, el que había tramitado para hacer mi primer viaje, para ver a The Cure) y le pedí que me lo validara. Le brillaron un poco más los ojos, que desbordaron tres o cuatro burbujitas finales. Escribió algo en mi documento, mientras su sonrisa se ensanchaba. Me devolvió el absurdo librito (que yo puse en el bolsillo trasero de mi pantalón vaquero, sin mirarlo), recogió la botella de champán que instantes atrás había dejado apoyada en el suelo, la miró a contraluz, vio que le quedaba para llenar un par de vasos, me la obsequió, estrechamos nuestras manos derechas, dio media vuelta y se fue: al fondo, en la cochera privada del Olympia (junto adonde estaba armado el espacio donde transcurría el aftershow), lo esperaban su coche y su chofer. Se subió al asiento de atrás y desapareció. Sentí un vacío que no era el que conocía bien, el mío. Me di vuelta. Simon no estaba (se fue directo a su casa ni bien bajó del escenario). Saludé a un par de personas que conocía (no integrantes de la banda) y opté por no despedirme de los demás que, por cortesía, debí haber saludado. Tomé a pie el mismo camino de salida que dos minutos antes había tomado el coche de RS. Metí a presión en el bolsillo de mi camisa gris el vaso en el que había estado bebiendo durante la última hora y me dispuse a caminar por Londres, sin prisa, hasta llegar al hotel.

 

Chieri, 31 de diciembre de 2017, 10:15 pm

 

Bajamos la escalera, Griggio, Pino y yo. Las luces de la strada provinciale 128 son un haz de bruma perfectamente intercalada, ordenada. El haz, aún fragmentado, no llega al suelo, se apaga en el aire. Adivinamos los doce pinos del Este como un borrón en la oscuridad. La mortecina luz de la puerta a cancel es un hálito dulce. No se oye un alma.

Una vez dentro, cada uno a su rutina: Don Griggio se lava sobre el sillón y Pino Marrone juega con la decoración del árbol de Navidad que me armó Anna a modo de italiana bienvenida. Yo enciendo el tocadiscos que, a pesar de haberlo comprado meses atrás, acabo de conectar. Voy y busco Wild Mood Swings. Lo libero de la funda de polipropileno  y saco los dos discos. Tomo el sobre interno del primero y retiro el vinilo. No recuerdo hace cuánto ese disco salió de su funda por última vez. Junto al disco aparece una entrada: EARLS COURT OLYMPIA, Harvey Goldsmith Ents presents THE CURE, THE SWING TOUR ’96. Earls Court 8.00 pm No support. FRI 31 may 1996, BLOCK 22 ROW H SEAT 34 ENTRANCE A, Price 18,50 Sold for 21.25 (inc booking fee), TO BE RETAINED. Lo que indica que, tal vez, no escucho este disco desde que volví de ese viaje, durante los primeros días de un junio de hace veintiún años. La permanencia de esa entrada allí me sorprende. Saco entonces el segundo disco de su inner sleeve: aparece la segunda entrada: EARL COURT OLYMPIA, Harvey Goldsmith Ents presents THE CURE, THE SWING TOUR ’96. Earls Court 8.00 pm No support. SAT 01 JUN 1996, BLOCK AA ROW J EAT 39 ENTRANCE 2, Price 18,50 Sold subject to booking fee, TO BE RETAINED.

Apoyo el pick-up sobre el lado A del disco 1 y el reloj de Want comienza con su tic-tac. Me echo en la rocking chair (“It’s all too much for me to take when you’re not there…”) y escucho, como escuchaba antes, con el sobre interno en mano, recorriendo los recovecos de un amor olvidado. Want siempre me pareció una muy buena canción de apertura. Su urgencia, su creciente intensidad, su segunda vuelta a grito pelado exigiendo que el cielo se desplome, que sea sangre en lugar de lluvia, más bebida, más sueños, más drogas, más lujuria, más mentira, más amor. A sabiendas de que, a pesar de todo, por más fuerte que lo queramos, nunca obtendremos más esperanza, ni tiempo. Una apertura inconfundible de The Cure. Deseo y desolación.

Era un buen comienzo, recuerdo mientras se apaga la canción. The 13th, la canción que había conocido como simple adelanto del álbum, me había llenado de entusiasmo (y esperanza): su desfachatez, su pateada de tablero, me indicaba que Smith andaba en el camino correcto. ¿Mariachis? Sí, y más Margaritas, por favor. Pago yo.

Club America, rítmicamente, retoma lo comenzado en Wendy Time, una de las canciones que encontraba sosas en Wish. Era The Cure devolviendo la gentileza a las buenas bandas jóvenes que, por primera vez, destilaban la influencia de Smith en sus canciones: el beat de moda, el wah-wah, esa línea melódica… La letra cuenta el encuentro con una fan/groupie en una fiesta propia de bandas en gira. Todo acontece en Club America. Smith descarga aquí la siempre latente frustración de una vida ¿de sueño o pesadilla? El puente es un hallazgo de tensión:

And it’s not too hard to guess from your stick-on stars
And your canary feather dress
Your hair in such a carefully careless mess
That you’re really trying very hard to impress

De reojo, la entrada del 31 de mayo me mira. Claro (ahora me digo yo): “esta canción sobrevive de los años de Wish, pero está registrada fuera de contexto. Con Porl esto hubiese sido una bomba neutrónica, un segundo tema que reemplazaría perfectamente a High, un perfecto y agrio sucedáneo de Want. Así como la misa de cuatro años atrás había sido Open-High, en el Swing Tour era Want-Club America. El único problema aquí reside en el equipo, no en su líder, que es más que evidente que había quedado solo. Pero el disco que, aún así, sacó adelante (Wild Mood Swings) exige ser leído con un poco más de profundidad y cariño. De tolerancia (que no es más que una comprensión cabal, una puesta en contexto). Qué pérdida la salida de Porl… ¡Y la de Boris! ¡Imaginen su perfección de metrónomo al servicio de un Club America donde el wah-wah de Robert engarza con la furia de Porl (a.k.a. Mr. Chaos). ¡Estaríamos hablando de otro asunto! ¡Ese puente, con Porl dando dos pasos al frente para aplastar un pedal y provocar al público con su espada-diapasón púrpura!

This Is a Lie es una canción poderosa dentro del repertorio de The Cure:

Why each of us must choose
I’ve never understood
One special friend
One true love
Why each of us must lose everyone else in the world

Poner en duda la construcción detrás de la vida de cualquiera en una canción pop es una característica del mejor Smith quien, evidentemente, estaba solo pero vivo.  Te lo dicen esas cuerdas y el repique de los toms que extrañan, una vez más, a Boris. Pero Robert está ahí, implacable:

However unsure
However unwise
Day after day play out our lives
However confused
Pretending to know to the end

Pfff, Roberto… Si conoceré la sensación. Toda esa gente que, para sostener sus escuálidas estructuras hasta el fin, precisan hacer desaparecer al que se anima a pensar (y vivir) fuera de caja… Llená, llená otra vez mi vaso, por favor, a tope; dale, que total paga Harvey Goldsmith…

This isn’t truth this isn’t right
This isn’t love this isn’t life this isn’t real
This is a lie

Pero salir de la mentira no es gratis, Roberto. Ni fácil. Quedaste solo, había que sacar otro disco tras el espacio de cuatro años. ¡Nunca antes The Cure había dejado un blanco de cuatro años entre disco de estudio y disco de estudio! ¡Cómo te tendrían las bolas esos hijos de puta que solo querían facturar un Paquete Wish 2! Qué sabrían ellos de tu pérdida, de Porl, Boris y del grupo de amigos. Y ahora con Simon a la deriva… Ellos quieren la entrega, en tiempo. Lo demás les importa un carajo. Y vos entregaste. The 13th es uno de los mejores simples que sacaste de The Head on the Door en adelante. Es una canción estupenda, en música y letra. En arreglos, en riesgos asumidos. Es una grandiosa alucinación pop que no cualquiera puede permitirse. Dejá, dejá que hablen. No entienden, hay que comprender que a veces no entienden un carajo.

Debo confesar a esta altura que Strange Attraction, en la primera escucha ahí en mi walkman y frente al Támesis (viajé de Oxford Street hasta Westminster sin apretar play tan solo para escuchar el disco frente a la postal más conocida), me sonó a comercial de Tubby 3 y Tubby 4. Pero no: soy un gil. No entendía, creeme que no casaba un fulbo… Hoy la encuentro deliciosa. La historia está muy bien contada, se oye casi como se lee un cuento corto. Pillín… Así que contestando fan mail vivís estas historias… Menos mal, porque si cada vez que suceden estas cosas las vas a contar así, entregando una canción como Strange Attraction, que sigan llegando cartas y tarjetas nomás…

El bajo de Simon, una vez más, extraña a su gran compañero, el Pulso Boris. Pero Jason está correcto (aunque nos frustre, de todos modos), no permite que la canción se desdibuje.

Suena Mint Car y recuerdo que me gustó siempre, desde aquella primera vez en el walkman. En esta también te comprendo… Desde In Between Days que venís insistiendo, en cada disco nuevo, con una canción de este formato. Hasta podríamos decir que la crisálida de In Between Days era, justamente, The Caterpillar. Vinieron Just Like Heaven, Lovesong (aunque hayas inundado de melancolía al prototipo, se sabe que es de la familia), Friday I’m in Love y, finalmente, Mint Car. Nunca defraudaste con este linaje de canciones.

El disco uno cierra con una de tus clásicas canciones slowtempo que rezuman belleza. Una simple escena de dos amantes a orillas del mar reflexionan sobre el carácter efímero del amor, de una emoción, de la vida. “She brushes my face with her smile“, sin dudas que estabas intacto. Jupiter Crash se mantuvo un largo tiempo en el repertorio en vivo, por razones obvias.

Don Griggio, que parecía embebido en un duermevela, yergue su cabecita y me mira: “poné el disco dos, dale, que yo lo rayo todo…” Me levanto de la mecedora y mis huesos crujen. Pino está debajo del sillón: toda vez que no le resulta posible sentarse sobre el filo de algún abismo, prefiere los lugares cerrados. Cuando paso delante suyo, asoma su manita izquierda y la deja apoyada sobre la alfombra. “No, no voy a seguir canción por canción”, lo tranquilizo.

Tiene razón.

El disco dos sigue como venía el disco uno: las canciones, a pesar de las ausencias notorias ya mencionadas, estaban. No existía ya la estructura que las horneaba a perfección. Sin la incubación adecuada, Robert hizo lo que pudo. Y bastante bien que lo hizo. Gone! es una maravilla que le hace la segunda a The 13th en tanto corte de promoción. Caños, coristas (la presentación en Jools Holland de mayo del ’96 es refrescantemente gloriosa): una nietecita de Lovecats, en un contexto diferente.

Entre intentos pop contemporáneos del primer Supergrass y las clásicas letras de idas y venidas entre su vida de estrellato y la contrapartida imposible (un hogar gris), Wild Mood Swings despunta algunas pequeñas gemas más: Numb, dedicada a un amigo cercano en serios problemas con la heroína, y otras de carácter íntimo: Treasure es una preciosa y breve postal de despedida de un amante a otro y, a modo de cierre perfecto, Bare oficia de testimonio de sus innumerables rupturas con la compañera de toda la vida que permanece en la canción como fatal dualidad, de cuerpo presente y fantasmagóricamente, recordándole que su vida pudo haber sido otra que todo el sinsentido de la fama, la adoración vacía, la subida y la caída, la locura, la sangre en lugar de lluvia. Y el vacío. Esa gran trampa en la que un día, de pronto, se encontró. No es casual que en este disco dos también esté Trap, una canción rock con un excelente riff, muy buen groove y una letra de reproches mutuos, una vez más, dedicada a Mary. “I’m sick of it all, sick of it all…”

Sí, es su problema, claro… Bastante bien que la pasó, y todo los lugares comunes que quieras. Pero hay algo que este sistema de mierda que premia a algunos en y con la desmesura necesita, como punto de partida: que olvidemos algo tan simple como este día (igual a cada uno de los otros en el calendario); el gordo es igual a vos. Igual a mí. Igual a todos. Te lo juro.

 

 

Gordo, gordo… Vení… Gordo, quedate aquí conmigo. Yo pongo los tragos hoy. Pero… Quedate aquí.

Quedate aquí…

 

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