Dislates·Naderías

THERE IS AN APP THAT NEVER GOES OUT

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Una visión 16:9 devolvía mis falanges atadas a sus bases, moviéndose con frenesí, mientras marcas de psoriasis mudaban sobre ellas con pasión, como tormentas dibujadas en un mar de rayos catódicos. Arabescos que se expanden hacia el infinito aún en un espacio estrecho, limitado. Como si los dedos, en su danza de San Vito, renovaran la vida. Y la muerte. Polaroids desde la puerta que divide.

Abrí los ojos buscando los sonidos habituales, desesperadamente. Muy especialmente los que emite la aplicación llamada WhiteNoise que pongo todas las noches para despistarme, de los vendavales al sueño. Grillos Cantarines, podría resultar una traducción del sonido que pongo a sonar sistemáticamente.

Tapo mis fosas nasales con el pulgar y el índice de la mano derecha y soplo para destrabar un poco los oídos. El volumen de los grillos gana brillo. Un poco, mucho mucho menos de lo que desearía.

Tomo el otro grillete y abro el Spotify. Voy a Andrés Calamaro y reproduzco El Salmón, versión quíntuple. Tomo el parlantito Bluetooth y lo enciendo. Bajo el volumen desde el dispositivo, para que no arranque muy fuerte. Entro al baño y apoyo el baflecito sobre uno de los estantes del mueble que está al costado del lavatorio. Me siento en el retrete (siempre quise decir retrete: es la primera vez que lo hago en mi vida, escribiéndolo). Ya no recuerdo cuándo dejé de hacer pis parado. Es una porquería hacer pis de parado.

“Output-input plug a plug y jack to jack…”, canta Andrés. Pasé buena parte de mi vida encerrado en un circo reaccionario. Allí, era un payaso de segunda línea puesto de protagonista para que un público exánime me aplaudiera. Y yo los aplaudía: devolución de gentilezas. Nos aplaudíamos. ¿Acaso no es todo lo que buscamos, todo lo que hacemos? La ilusión de aceptación. Pero el circo, tarde o temprano, se va del pueblo. Después de que se fuera, yo también abandoné la aldea. Pero en otra dirección, nunca en la que suele tomar el circo (siempre tan previsible). Jamás hube de seguir al circo, simplemente coincidimos un tiempo durante el cual, por ejemplo, yo no había escuchado El Salmón. Hoy, a salvo de nada y sin excepciones, lo hago todas las mañanas. Es un placer intransferible. Es un placer inefable. Es un placer inescapable. Es una obsesión. Un tic nervioso. Una ortopedia cualquiera.

“Qué bueno que el disco empiece así, con esta canción”, me dije mientras el cepillo de dientes me frotaba en piloto automático. Pienso en las cosas que quiero hacer con el libro todo el tiempo, con admirable errabundia. Como lo haría un niño con problemas de atención. Como lo haría un niño. “Out Put In Put” a modo de apertura. Instrumental. O casi: que Calamaro cante únicamente el estribillo: “Output-input, plug a plug y jack to jack…” Solamente esas palabras.

Ayer el libro entró a imprenta. No pude evitar ser yo en ese contexto. A los pocos minutos de haber dado el aprobado tanto a la cubierta como a la maquetación del texto, sentí que todo podía haber salido mal. Había una pesadilla que vivía despierto cuando niño. Eran proto-ataques de pánico donde yo sentía que estaba muerto y le reclamaba al interlocutor de turno (a mi hermano, por ejemplo, cuya cama estaba pegada a la mía –que se abría solo de noche, saliendo de debajo de la suya) el solo hecho de que yo estuviera ahí, hablándole, todavía con un cuerpo: “¡Pero si yo ya estoy muerto!”, vociferaba desde el abismo de mi pequeña tarima de prédicas. La sensación que todo lo teñía era una que dictaba que la tragedia se había desencadenado por un simple absurdo, nimio. Como si fuésemos al pedicuro y, de súbito, la silla se convirtiera en sala de operaciones: de golpe media docena de neurocirujanos nos ejecutan una operación imposible. ‘Se nos fue…’ Y todo por una uña encarnada…”

Entonces, siento que lo más natural sería que el diseñador gráfico se equivoque de archivo y mande a imprenta una de las primeras versiones de la cubierta, una con algunos errores que yo descubriría con el hecho consumado, con el cadáver en mano. Lo mismo para con la mujer que se encargó de la maquetación del texto. “Mirá si se confundió y mandó la primera versión, esa en la que, a causa del traspaso de word a pdf, habían desaparecido todos los puntos suspensivos…

Abro el correo y les escribo a ambos (probablemente le envíe el mensaje de la maquetadora al diseñador y el del diseñador a la maquetadora): “¡Pero si yo ya estoy muerto!”, les vocifero mientras muevo mis bracitos. Mientras veo mis manos y me detengo en las falanges atadas a sus bases, moviéndose con frenesí, mientras las marcas de psoriasis mudan sobre ellas con pasión, como tormentas dibujadas en un mar de rayos catódicos.

Y vuelta a pensar en el disco del libro, y en los cuadernos del libro (que son el libro, pues el libro no es un libro). “¿Me enviará Katia desde Milán los 32 Moleskine, a tiempo…? Mejor le aviso que no los personalice… Que me los mande vírgenes de marcas… Voy a buscar 32 artistas plásticos para que cada uno de ellos haga algo sobre cada uno de los 32 cuadernos. Que son el libro…”, me digo para continuar: “Que lo hagan antes de que los escribamos a mano entre todos. O no, mejor después. O algunos antes, y otros después…” Andrés, mientras tanto y desde el parlantito, agrega: “Veo en el espejo lo que fui ayer, nada me parece similar… Lo olvidé…”

El día pasará sin preguntar si lo prefieren igual o distinto. Escuálido, solo estará marcado por lo vital: el alimento, la evacuación, el descanso. Las disrupciones serán las de siempre: las de un pensamiento errático. El deseo, espasmódico, soñará con la expansión del cuerpo. Con un libro que desborde. Con un cuaderno que nunca acabe. Pero que -por favor y un buen día- se apague.

Sin más.

https://ellibroquequeriasercuaderno.com

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5 comentarios sobre “THERE IS AN APP THAT NEVER GOES OUT

  1. Un comentario breve, ad referéndum de posibles otros: el video de Gloria aparece como “bloqueado en el país” porque “cuenta con contenido de SME, blablabla”.
    No sé si se puede reemplazar en la playlist por otro video de la misma canción.

    (Mi soundtrack ambiental es el ventilador de la compu, ahora mismo sucede, y es bastante molesto para alguien que quiere, o necesita, el silencio perfecto de la madrugada (cada vez más corto porque los zorzales creen que dios ayuda al que madruga, como dijo Ivanna (?))).

    Saludos.

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  2. Gran drive el de Ivanna.

    Yo he perdido el don del silencio absoluto y te aseguro que es algo que nunca pude asimilar. Recuerdo las veces que me levantaba de mi cama del barrio de Munro porque, muy a lo lejos, escuchaba que el timbre había quedado haciendo estática. Me acercaba a la puerta de calle y, sin necesidad de abrirla (el barrio era bravo), golpeaba la cajita con la campanilla para que el sonido se apagara. Hoy, todo se ha trastocado.

    Gracias por el dato de Gloria. Creo que debería rearmar la lista a partir de esa canción, que por suerte está sobre el final.

    De paso te cuento que quedé helado con la antepenúltima entrada de Chopeados (“De persistir el silencio…”, casualmente): yo me fabriqué uno. Aunque lo peor sean los acúfenos y el daño del oído. Por afano. Quita-paz, resta-libertad. Resta de lo lindo. Me gusta mucho la entrada antes mencionada, más allá de la parálisis.

    Saludos, también.

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  3. Qué lío se armó cuando Ivanna jugó contra Renée Richards.

    El silencio absoluto, ¿qué será eso? ¿Qué podría ser para alguien como yo, que lleva toda su adultez sin abandonar la ciudad?
    Mi versión del silencio es el silencio urbano (roto ahora mismo, una vez más entre tantas, por el llanto del bebé del departamento superior, los pasos mastodónticos de sus padres, el toc toc del zapato que se mece contra el piso mientras lo acunan para que reconocilie el sueño a las dos de la mañana. Y en un rato, replay. Y mañana y todas las madrugadas, copy&paste).
    Mi versión ahora es el silencio de un corte de luz, gente que abandona el edificio en busca de familiares con luz y agua, niños ausentes, motores (de las heladeras, los aires acondicionados, de la bomba de agua) inertes, ausencia de luces y de microondas del wifi, que también son una forma de ruido.
    Si el sonido es aire que se mueve, lo absoluto del silencio sería un aire petrificado, el vacío mismo. No es algo deseable por mí eso, sino, más bien, un equilibrio en el que el sonido no agreda, pero tampoco sea hostil el silencio.
    (Si el sonido es aire que se mueve, el asunto quizá sea quién o qué y cómo lo mueve).

    El silencio como pérdida de contacto es, por ejemplo, lo que le pasó al señor aquel que vivía en otro depto, en la calle Bartolomé Mitre, cerca de Congreso, hace unos años, y como era sordo no pudo escuchar los gritos de sus vecinos cuando el edificio comenzó a derrumbarse por una mala maniobra de la retroexcavadora que operaba en el terreno lindero.
    Fue el único muerto en ese derrumbe.

    El sonido que el propio cuerpo genera, descontrolado, me hace acordar a las células que se multiplican descontroladamente. “Suma dolor, quiebra la paz”.

    Tardé en entender. Oooops. Parece que Massey ve el futuro (?).
    Los optimistas/new age/lo que sean dicen que si uno lo fabricó, uno puede neutralizarlo. No lo sé. Lo veo como una de esas cosas inescrutables, como lo del bajista de una de las bandas de la banda de sonido de “32”, que se pegó el palo a tres cuadras de donde se lo había pegado el guitarrista de la misma banda.
    A propósito: tengo que escribir algo que encaje con un final que ya tengo, y que no es mío, sino de ellos: “No es mi cruz y no tengo por qué cargarla”.

    😉

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  4. En verdad me refería a un silencio absoluto “interior”. Es decir, ese blanco de base en la percepción sonora. La voz jamás se apaga, pero esas son palabras en el pinball intracraneal (?). Pero más allá de esas palabras, existe una plataforma con ausencia de sonidos sobre la cual nos paramos (yo solía hacerlo, al menos) para prestarle atención a todos los ruidos que, desde el afuera, resquebrajan al silencio (que es apenas una palabra). Más allá del sonido del propio cuerpo (cuya audición podemos amplificar echando mano a diferentes trucos). Los acúfenos son fantasmas bisbiseantes que, en un punto, le restan la atención a todas esas torturas urbanas con las que convivimos. Creeme que los vecinos son más deseables que esta abstracción diabólica, por el solo hecho que los vecinos -eventualmente- se van de a ratitos (porque se cortó la luz). Por otra parte, el silencio absoluto en sí mismo (de existir en alguna parte) debe resultar aterrador. Sí.

    La fabricación de un cáncer, esa idea new age/optimista (como la denominaste) no solo es un asunto inescrutable: en un punto, es un concepto hijo de puta. Profundamente hijo de puta. Más allá de que cada uno que afronte esa realidad pueda creer que, efectivamente, lo pudo haber fabricado (¿quién lo fabricaría para luego neutralizarlo, de todos modos?). El concepto de los disparadores emocionales tiene algo de lógica, tal vez. Pero también resulta una idea inescrutable. De todos modos, los peores “bien pensantes” son aquellos que divulgan la idea de que todos y cada uno de los cánceres han sido fabricados por los padecientes. Aquí ya hablaríamos de hijos de puta cabalmente ignorantes, incapaces de observar la vida (y muerte) que los rodea.

    Volviendo a los ruidos molestos, estoy planeando una nueva mudanza justamente a causa de este flagelo: creo que estoy habitando la vivienda con peor insonorización del universo. Y todos los vecinos son italianos. Combinación fatal. No queda otra que huir.

    Walk Away, Renée…

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  5. ¿Será sólo el pinball intracraneal, my own private Noiseland Arcade, lo que escucho (u oigo)? El otro día tenía que verme con una persona y no había descansado lo suficiente, no se había producido esa combinación neuroquímica que uno siente en el oxígeno que va en la sangre y los demás notan apenas me ven (y, como soy yo, lo notan sorprendidos, “¡te sentís bien!”, cosa da non credere). Trato de dormir una siesta breve, me pongo los tapones en los oídos (para evitar a los vecinos, sí), y lo que no me dajaba dormir era el ruido de mi corazón latiendo ansioso. (De hecho, no pude dormir).
    Se me hace inasible la comprensión de cuán socavadores son los acúfenos. Peor que un cáncer, peor que los vecinos, peor que todo. Y yo, que en mi inocencia, disfruto cuando llego a casa de un recital, de los pocos recitales a los que voy, con el chillido post-recital en los oídos. Cuando en el silencio de mi casa en la madrugada aparece aunque en todo el trayecto de vuelta, caminando o en colectivo, no lo haya notado.

    Esos nefastos bienpensantes, que desde su soberbia dan por sentado que han accedido a la explicación de lo que a todos los demás les/nos resulta inescrutable, son los que también dicen que si uno no tiene algo es porque no lo deseó lo suficiente. Son los mismos, algunos, que dicen que pueden cambiar el ADN, “descodificarlo” y cosas así. Tengo cerca a una persona que cree en cosas así. (Por cierto, yo deseo a Demi Moore desde “Échale la culpa a Río”, nadie puede decirme que no la deseé lo suficiente (?)).
    Si no te curás, si no salís de la pobreza, si la rubia del ambo azul (?) no te da bola, es tu mera responsabilidad, deseador inútil y/o escaso.

    Hace mucho que tengo que mudarme debido a ese asunto, el cual es uno de los temas fundantes de este blog (del mío, del original). Entre varias cosas que me frenan, la más irremediable es el pavor de que me toque un lugar similar o peor. El bebé vecino, justamente, suele estar 24×7 en su casa, obviamente acompañado. Y ese latir incesante de la vibración ajena es demoledor. Desearía que se corte la luz más seguido. (Bueno, les deseo cosas peores, pero queda mal decirlas).
    Game, set and match.

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