Música

BE HERE NOW: VEINTE AÑOS Y UN DÍA

be here now

 

En la endogamia de Facebook -ansiolítico de venta libre-, uno va enterándose a diario del cumpleaños de los más diversos discos de rock. Por lo general, de los del rock anglosajón: suelen ser publicaciones que expanden la “noticia” que ha dado algún medio foráneo. Así, se (re)produce esta muestra de emoción colectiva sin solución de continuidad. El aniversario puede ser el número 10, 12, 15, 20… Lo que fuere. A mí me resulta curioso y casi revelador. Lo que abunda en este tiempo endogámico-virtual, es la repetición de un mandato que pretende pasar por pensamiento, gusto y elección de carácter personal.

Ayer (nomás) se celebraban los veinte años de la edición de Be Here Now, el último álbum del Oasis “original”. Tony McCarroll ya no estaba en la formación (hacía rato que no), pero –desde mi punto de vista-, el Oasis “original” grabó tres álbumes. Allí, el grupo de Manchester llegó a su propia cúspide desde donde inició una inexorable e ininterrumpida declinación.

Sabido es que este álbum contó con la reprobación de la crítica (y luego del público general) desde un comienzo… ¡No, no! ¡Paren un minuto! ¡Esto es men-ti-ra! Y en la consolidación de esta gran falacia radica una prueba fundamental de lo que dije al final del primer párrafo: aquí nadie tiene un pensamiento propio. Todo el mundo (o casi, los absolutos no existen) repite lo que escucha, lo que lee. Y cuando se reformula en alguna creencia (cuando modifica las viejas), también lo hace siguiendo un librito ajeno, ese que indica qué es lo correcto. Deber ser, deber decir.

Sabido es (por mí, no sé si por vos) que los reviews tras la salida de Be Here Now fueron elogiosos in extremis. Unánimemente elogiosos. La prensa no quiso cometer el error que había cometido con (What’s the Story) Morning Glory, al que habían criticado duramente ni bien acontecida su edición. Un par de meses más tarde, cuando el álbum se reveló un suceso global y entró al mercado de los Estados Unidos como por un tubo, los mismos que habían calificado al álbum de errático y muy inferior a Definitely Maybe, comenzaron a cambiar el discurso.

Pues bien, el que se quema con leche ve una vaca y llora. Por consiguiente, los reviews inmediatos a la edición de Be Here Now eran de cinco estrellas, o, como mínimo, de cuatro. Luego, meses más tarde, comenzaron a cambiar el discurso. Bastantes meses más tarde, más bien cuando la gira presentación del álbum (extensa en espacio y tiempo) agonizaba. Cuando la banda daba muestras de una inminente ruptura. Fue por entonces cuando la prensa comenzó a rectificar su discurso respecto de Be Here Now.

En vistas de que son pocos los que tienen convicciones verdaderamente personales, el público en general fue permeable a las veleidades de los meones de tinta. Hasta el mismo Noel Gallagher, años después de la aparición de Be Here Now, comenzó a disculparse públicamente por haberlo grabado. Claro, lo hacía en medio de la presentación de los discos sucesivos de Oasis (ya no el Oasis “original” sino uno hecho a la medida de la tilinguería general: “el supergrupo de Creation”, con ex integrantes de bandas menores como Ride o de otras muy menores como Heavy Stereo), esos que la prensa comenzó a elogiar porque tomaban ciertos “riesgos”, o porque finalmente habían cambiado de productor, o porque Noel ahora dejaba que los demás metiesen canciones propias. “Ahora todos los integrantes saben tocar, suenan de puta madre…” y estupideces del estilo comenzaron a establecerse como grandes verdades. De alguna manera, la parábola se repetía: Oasis, bien el principio y cuando Definitely Maybe, era etiquetado como un grupo grasa, ordinario. Cabeza. Por supuesto que, con el tiempo, se los terminó no solo aceptando, sino que se los comenzó a tomar como semidioses. El panquequismo es hijo de la falta de verdaderas convicciones personales.

Hoy, un día después del cumpleaños veinte –del disco-, estoy aburrido. Y abrí un archivo nuevo para escribir algo que no sé hacia dónde va. A mi derecha, el Spotify (no Premium: me encanta oír las publicidades, sobre todo la del propio Spotify que dice “vuoi domenticarti della pubblicità?”) está abierto, reproduciendo el Be Here Now original. En un rincón del living tengo el vinilo, comprado el día de edición. Todavía lo conservo. Pero no me tomo el trabajo de hacerlo sonar. No tiene sentido ya: el tinnitus ha empeorado, del lado derecho no escucho absolutamente ninguna frecuencia de agudos y ello me hace desistir de cualquier idea de escucha de música en alta fidelidad: me amargo al comprobar que el sonido real de las cosas es apenas un recuerdo cada vez más lejano y doloroso, uno cada vez más difícil de reconstruir. Por lo tanto, suelo terminar en el Spotify, con un parlantito Bluetooth que le da al sonido una ilusión de engorde, algo así como volver a escuchar en el primer radiograbador que hubo en mi casa familiar. Así está sonando hoy Be Here Now para mí, a veinte años y un día de su primera escucha.

Aquel día estaba yo convaleciente de mi primera operación de reemplazo total de ambas caderas. Había sido el turno de la derecha (como ahora) y yo estaba en mi pieza, en reposo absoluto sobre una cama con dotes de ortopedia que había alquilado. Tenía el equipo armado en la pieza y los dos bafles Infinity estaban puestos de frente a la cama. No sé por qué, pero siempre recuerdo la primera escucha que hice junto a mi hermano Martín. Yo en la cama, él tirado en una silla al costado. El disco, a todo volumen. El tinnitus no era ni siquiera una fantasía: más bien algo cuya existencia yo desconocía de plano.

Al llegar a Stand By Me, recuerdo haber sabido perfectamente que se trataba del mejor disco que habían hecho, el mejor disco-de-Oasis. Punto. Seguidamente, a la altura de I Hope, I Think, I Know, ya era un relajo (como diría un gurí en Entre Ríos). Una canción con un título muy apropiado para estos tiempos en los que nadie piensa ni sabe nada por sí mismo. Tibios.

Be Here Now no es un disco de tibios. No fue grabado por tibios. Ni hecho para tibios. Fue grabado por cinco flacos que, cuatro años antes, no tenían futuro. Eran escoria de un suburbio gris de una ciudad áspera y fea como Manchester. Esos flacos, con “el mundo a sus pies”, creían que se llevaban todo puesto. Y como la creencia era propia, de alguna manera, se lo llevaban todo puesto. Así, esos cinco tipitos, hicieron Be Here Now. Todas las relecturas posteriores (digamos, las hechas a partir del lanzamiento de Standing on the Shoulder of Giants) son pura basura. El colmo llegó cuando el mismísimo Noel Gallagher comenzó a hablar pestes del disco. Probablemente yendo en la dirección que tomó su vida, parte integral del plan emocional que lo habrá alejado (un poco, al menos) de los excesos.

Para que no me joda mucho el volumen, tengo calculado que el máximo al que pongo a reproducir Spotify desde la Tablet es de cuatro o cinco cuadraditos (de esa barra que indica el volumen del dispositivo). En My Big Mouth tuve que bajarlo a tres. Y luego a dos. Es como que casi pude revivir la memoria de ese sonido inextricable, esa pared de distorsión irrepetible, que no se parecía a nada, ni se parece. Eso que lograron estos cinco pibes en el disco “renegado”: pero para hablar de logros de estudio queda bien decir Phil Spector o My Bloody Valentine. Nunca, pero nunca, Be Here Now.

Se ha llegado hasta el bochorno de re-mixar el álbum con motivo de su edición aniversario (¿fue aniversario? Ya ni me importa ‘gugliar’): es que toda la horda carente de voz propia necesitaba una muleta en la que apoyarse para dar un nuevo giro de apreciación: era hora de reivindicar al disco, a como diera lugar. Y como nunca jamás los acaricia un rayo de pensamiento soberano, la blasfemia del remix les fue otorgada. “¡Cómo suena! ¡Ahora se escucha todo!” Ay, pero qué pelotudos…

Yo, ahora, no escucho nada. Estoy, una vez más, ante una etapa de acomodarme (resignarme) a mi nueva y cada vez más pobre calidad de audición (no: el solo zumbido no era suficiente martirio). Una declinación inexorable e ininterrumpida. Una análoga a la que Oasis sufrió luego (LUEGO: no antes, ni “con”) de la edición de su disco cúspide, culminante: Be Here Now.

Pero ya no me hace falta oír bien. Yo voy a contramano del camino de las reediciones, de los remixes, de los cazabobos: yo, que escucho cada vez peor. Y pienso cada vez más por mis propios medios (cada vez peor, cada vez mejor peor). Yo sé (y hasta por ahí también lo recuerdo, de ser necesario) qué fue Be Here Now el día de su edición. A mí no me tienen que contar ninguna zoncera de publicación de red social endogámica. No voy a revisar mis pareceres a esta altura, para afinarlos a la orquestita general. Yo desafino, sin tibiezas.

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