Naderías

GENTE DEL PO

po1

 

 

En tiempos como hoy desearía poder tener un pasado para cotejar el daño. Su estado actual. Pero el pasado se me escapa. Sin dudas que entonces el daño era menor. El daño es esa cosa que crece. Como la hierba. Como dicen que crecen el pelo y las uñas no sé por cuántos días después de que morimos. El daño es acumulación.

Los grillos, ¿por qué no me cantan como hace dos meses? ¿Cuándo es que cantan más fuerte, más claro? ¿Seré yo? Seguramente. Ya no oigo los agudos brillantes de gran parte de Technique de New Order. Esos hi-hats secuenciados que salticaban dentro de mi cráneo, de oreja a oreja. Technique suena apagado, marchito, mustio.

Me vengo de todo eso burlándome del GPS. Me vengo (jamás de venir). Decidí que fuera así hasta el día en el que, finalmente, tirase el teléfono al río. Lo voy a tirar al Po, en homenaje a Antonioni y su primer corto.

Hoy quise comprar una pava de acero, para poner encima de la hornalla. No, pava eléctrica no. Me fui hasta el centro de la ciudad, porque había visto una que no estaba mal. Hice un montón de kilómetros por una pava. Estoy cansado de calentar agua en una pequeña cacerola enlozada y sin tapa. Llegué al negocio y no estaba: sólo quedaban unas pavas enlozadas, como la cacerola huérfana de copertina.

En el negocio había una de estas italianas feas hermosas: esos rostros romanos brutales, irresistibles. Tenía un cuerpo descomunal, sencillamente descomunal. Era alucinante pensarla poniéndose el pantalón que usaba: creo que se llegó hasta la fábrica (que seguramente quedaba en un aguantadero de esclavos de la India o China) y se desparramó encima de una cama. Rebalsando lascivia le dijo a uno de sus esclavos personales, sin recurrir a otra cosa más que a su mirada disparada como rayos y centellas desde allende ambos costados de su filosa nariz: “fammi…”. Y así, con el pelo aún mojado, se vino directo al bazar. Me miró y nos reencontramos en la puerta, sobre Via Garibaldi. Una parte de mí agradeció el italiano chapucero y se fue con ella. La otra mitad se quedó engañando al GPS, hasta lograr que el “teléfono inteligente” se hundiera en el Po.

La voz del navegador me indica girar a la derecha dentro de doscientos metros, yo actúo un titubeo y tomo otra salida. Pero la voz femenina es terca y, con inteligencia aborrecible –artificial- actualiza las órdenes y continúa imperando direcciones. Ya entendí cómo funciona: siempre, hagamos lo que hagamos, la mina sabe cómo llegar a destino desde el punto de extravío en el que nos posicionamos, voluntaria o involuntariamente. Hoy decidí seguírsela hasta las últimas consecuencias. El coche, como si supiera lo que estaba haciendo, levantó temperatura. Lo tiré sobre un cordón y lo dejé ahí: el domingo dios descansa. Dejé el teléfono adentro del coche e imaginé la voz idiota reiterando sus instrucciones para nadie.

Caminé sin rumbo hasta que me detuve ante un pórtico. Toqué un timbre. El que estaba a nombre de un tal Fazio Pagano. Fazio Pagano, qué buen nombre para inventarse. Estaba en el 359 del Corso Peschiera. El altavoz del portero eléctrico pegó una estridencia metálica que sonó a grito amortiguado. Recordé los grillos afónicos, o mis oídos de corcho. Esperé, porque siempre espero. Desde hace mucho tiempo que espero. Es una acción inerte, una pasión dopada. Bajó un tipo. Mucho más joven que yo, probablemente. Digo, para contradecirme: yo lo vi como a un viejo choto, lleno de obligaciones y “responsabilidades”. Traía un paquete, algo tapado con una bolsita celeste, de esas que se utilizan para la basura orgánica. Me extendió el bulto y lo tomé. “Buona serata”, dijo alguno de los dos. O tal vez ambos, uno seguido del otro. Caminé con la cosa hasta que me tropecé con el coche, que estaba ligeramente subido a la acera. Abrí la puerta del acompañante y metí el bulto en el asiento de atrás. Arranqué y la voz sobrevino. Recordé que debía ignorarla. O no: en verdad debía desobedecerla. Lo hice, a la primera de cambio: giré en sentido contrario con brusquedad. Sentí un ruido en el asiento de atrás y miré: el bulto era un tocadiscos. El plato, encorsetado en un mueble de madera, salticaba gracias a la base neumática que lo sostenía en pie. De golpe recordé esa tarde en la cual, en lugar de ir a encontrarme con un amigo muy famoso que estaba de gira en Buenos Aires, me escapé a deambular por Corrientes. Hice como ahora le hago al GPS: no por hacerle un desaire a Alex, sino porque no lo pude evitar. Caminé por Corrientes hacia arriba y al pasar por uno de los tantos teatros vi en la marquesina una foto de Caetano Veloso. Me acerqué a la boletería y compré un asiento en el superpullman. Fue una noche maravillosa. Los grillos cantaban, armoniosos. No puedo reconstruir el pasado, pero de algo estoy seguro: cantaban mejor que Gardel, escribían mejor que Le Pera. Podía oír cada uno de los rulos de la delicada psicodelia sonora con que el bahiano nos anestesiaba. A mi derecha, todavía recuerdo a dos brasileñas, felices, aún allí… Entre las dos no sumaban a la italiana voluptuosa, esa italiana fea hermosa que conocí en el bazar.

Continué esquivando las indicaciones del navegador, terco. Las gomas chirriaron cuando tomé de manera brutal el Corso Regina Margherita. En el puente, a mitad de recorrido, miré por el espejo retrovisor y clavé los frenos. Con la mano izquierda bajé la ventanilla y con la derecha agarré el teléfono, que estaba apoyado debajo de la radio, en un compartimiento para poner porquerías. Me incliné hacia atrás apoyándome con ahínco al respaldo de mi asiento y le hice lugar a la trayectoria del Samsung, que salió volando. Hice fuerza abstrayéndome, prestando atención: era preciso imaginar el sonido del obtuso objeto cayendo al agua desde veinte o treinta metros de altura.

Ahora podía ir adonde quisiera, podía sorprenderme a mí mismo en los lugares más inverosímiles. Mi vida, de alguna manera, siempre me pondría en sitios y circunstancias absolutamente inimaginables.

Mañana compro la pava.

Anuncios

4 comentarios sobre “GENTE DEL PO

  1. Qué drástico. Yo lo habría hecho cash en Mercato Libero punto it. (?)

    Ahora el programa que controla la ubicación a través del GPS podría presumir que te suicidaste tirándote al río.
    (Diossssssss la gente que no toca timbre, que manda mensaje de WhatsApp).
    (Diossssssss la cara que pone la gente cuando digo que no tengo teléfono).

    La tana se me hizo parecida a la Cuccinotta. O a Carla Conte.

    Y el tocadiscos me hizo recordar que una vez tiré un Winco en condiciones a la basura. Fue hace mucho, no existía ML. Lo rescató el portero de entonces, más ducho, como todos los porteros, en rescatar y darles nueva vida a las cosas que la gente desecha. Me arrepiento, claro. Ahora sería vintage. El equipo Sony comprado en Ciudad del Este que lo había reemplazado ni siquiera es vintage: es obsoleto.

    (El link de la firma es un guiño a San Google, a ver si registra ese otro plop)

    Me gusta

  2. subito.it es acá, al menos la versión local (ebay.it lo considero una multinacional). No me queda nafta para afrontar todo el trámite de venta: el fondo del río me llama con cada vez más dulzura.

    Es bueno observar con desagrado esa manía de los tiempos que corren, la de pasarte la dirección sin detalles del piso/departamento donde viven: la idea de “avisame con un mensajito cuando estés abajo”, que esconde la ilusión de privacidad, cuando justamente con esos aparatitos que se usan para semejantes ridiculeces es que están siendo controlados hasta cuando van flojo de cuerpo (ir flojo de cuerpo, vaya término científico).

    Más Cucinotta que Carla Conte. Pero una Cucinotta fea fea, es decir hermosa.

    Me gusta

  3. El término no será muy científico, pero no hace mucho un médico lo usó. ¡Es tan lindo el verbo “evacuar”, doc!, tan cerca del justo medio entre el eufemismo y lo técnico.

    A Alfonsina le gustaba más lo salado (?).
    “Los que no puede más se van”, dijo alguien hace mucho. Pero no es tan así. Se van -de esa forma- los que pueden -hacerlo-. Los que descubrimos que no podemos deberemos inventarnos otra forma. O perder las ganas en el camino.

    Cucinotta sí, Bellucci no, casi un eslogan político.

    Le gusta a 1 persona

  4. Perderlasganas, deporte nacional en mi reino. Es cierto: los que se van (y fueron), todavía podían algo. Irse, que no es poca cosa. Y los que no…

    A Alfonsina le gustaba lo salado porque no había probado el tiramisú.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s