Literatura·Música

MOREIRA, REY CARMESÍ

kc

 

 

“¿Sabés qué es lo que me liquida?”, le dije sin mirarlo a los ojos, pues a los doce o trece años de edad se me anquilosó la cervical y nos encontrábamos uno al lado del otro, en asientos contiguos de la primera fila del Auditorio CCIB de Barcelona. “Que este mismo momento en el que te hablo, el próximo 18 de junio, va a parecer tan pero tan lejano… Van a haber sucedido -emocionalmente hablando- tantas, pero tantas cosas, que hasta comenzaré a pensar que esta charla y este concierto fueron irreales, o más bien que nunca fueron. Eso, exactamente eso es lo que me agobia. Me sucede una y otra vez, lo vivencio de manera ininterrumpida. En los momentos que soy consciente de la densidad del devenir, deseo que me trague la nada, de una vez por todas”.

Él sí me miraba a los ojos (puedo adivinar esas cosas), esos ojos míos que a él no miraban pues mi mirada se perdía en la oblicuidad que va hacia la nada, ese punto vacío cercano al suelo. Pero su rostro permanecía patente en mi cabeza, como el de un Piero avejentado e intelectualmente pretencioso.

Yo estaba sentado en el asiento 22, él en el contiguo a mi derecha. Era mi segunda vez en el Forum: hacía unos meses había visto allí a Baby Dee dando un concierto extraordinario, un recital que en mi cabeza quedó pegado al debut londinense de Tim Buckley en 1968. Me sentí esa tarde testigo de algo excepcional. Inventos de un novelero. Pero ahora era ahora, un ahora que tiene el destino trágico de ser –eventualmente- otro entonces. Aunque entonces estábamos ahí, en la fila uno, al centro. Y nos habíamos encontrado milagrosamente. O más bien el milagro era apenas la confluencia de nuestros pasos.

“Qué cruz debe ser eso de encontrar que, para vender tus libros en un montón de nuevos mercados, tu casa editora recurre a la opinión de Patti Smith, ¿no? Imagino que para vos debe ser una especie de pesadilla. Quiero decir: ¿qué credenciales o lauros literarios tiene Patti Smith, realmente? Vos que criticás y descalificás de modo tan terminante a tipos como Cortázar, qué le queda a esta pobre chica, que ha construido una reputación –¡ahora literaria!- en base a su relativo éxito dentro de lo que podríamos llamar la “canción popular”. Vos que habrás aspirado toda tu vida a codearte con Borges o, al menos, con Alejandra Pizarnik -¡bien quisieras!-, te ves envuelto en esta redada comercial con una mujer que, si bien muy buena en lo suyo, no es más que una oportunista en el terreno literario… Pero ahí está ella, avalando tu literatura… ¡Qué ironía!”

Por un momento sentí que estaba siendo un desacatado. Yo, al fin y al cabo, era aún menos -infinitamente menos- que Patti Smith; no solo como literato –cosa que no soy, pero supongamos-, sino además como aficionado a la literatura. Pero no pude resistir la tentación de decírselo, aprovechando que me lo había encontrado tan azarosamente justo después de darme vuelta tras leer uno de los dos gigantescos carteles colocados a cada costado del escenario:

 

Good Evening Ladies And Gentlemen, Welcome To The Show

Now That You Are In The Venue Please Refrain From Taking Any Pictures Using a Camera Or Your Phone Until The Very End Of The Show Or You May Be Asked To Leave

Thank You…

 

Los carteles, apoyados en sendos atriles, eran de un tamaño tan imponente, que le daban al mensaje un carácter más que imperativo. Tras leerlos (leí ambos, aunque rezaran lo mismo), sentí que coincidía absolutamente con la idea que expresaban. Siempre me había molestado sobremanera esa manía que todo el mundo ha adquirido, la de tomar un registro de la situación en la que uno se encuentra, en lugar de tomarse la libertad de la experiencia: pura y efímera. Un tic nervioso de los tiempos, una mueca desesperada de la angustia existencial que nos domina.

Asimismo, sentía que el imperativo estaba un poco fuera de lugar (como todo imperativo). Al fin y al cabo, ¿quién es uno para obligar a otro a hacer o no cierta cosa? Un tufillo a superioridad moral e intelectual me ponía rancio el recuerdo del tardío almuerzo ingerido un par de horas atrás.

Y fue justo entonces cuando, al darme vuelta, me lo encontré al mismísimo César, que había venido a ver el concierto desde Brelín, ciudad que le otorgó una beca a cambio de que escribiera allí una historia, de un modo u otro, ligada a la ciudad. Ciudad que –a fin de cuentas- él mismo había fundado.

“Los vengo viendo desde al año 1973, sin interrupciones”, nos dijo uno que teníamos sentado a nuestra izquierda (a mi izquierda). Dijo esto como presa de una necesidad impostergable. Las palabras me llegaron montadas a un vaho de alcohol. Imaginé que bebía para olvidar que a su lado se encontraba sentada la esposa. La suya. El colmo del egoísmo: la que necesitaba olvidar era ella, que seguramente estaba allí obligada por una concatenación de mandatos sociales, fruto de malentendidos y de la ininterrumpida reiteración de usos y costumbres que no funcionan. Pero el que bebía era él, quien –al parecer-, no había parado de ver a King Crimson desde hacía más de cuarenta años.

“Qué ubicación, eh, ¡qué privilegio!”, continuó. El aroma que atropellaba desde sus fauces era una mezcla de vino blanco, cava y cerveza. Todo tamizado por el tufo del aliento de cualquier hijo de vecino, ese hálito que adelanta la inexorable putrefacción de la carne.

Yo estaba aterrado por las tres baterías armadas al frente de la escena. Eran como camiones Scania de Keith Moon. Ni dos metros y medio me separaban de ellas. Me pregunté por mi tinnitus y, como todos sabemos, las preguntas son el error dialéctico por excelencia.

“Lo que más me costó descifrar y digerir fue la época de Vroom y Thrak. Fue lo más pesado y complejo que hicieron jamás. Era una entidad de granito, o un pedazo de titanio: fascinante”. Al hombre se le abrían los ojos, más y más. En un momento, las dos esferas triplicaban en su diámetro al mismísimo rostro.

Nos preguntó cuántas veces habíamos visto a King Crimson. César, a mi lado, hizo como que buscaba algo en los bolsillos interiores del raído saco que llevaba puesto. Mientras se ensimismaba más y más en la impostada tarea, pensé que su aseo dejaba bastante que desear. Ante la insistencia del fanático, opté por decirle que era la primera vez que los vería, aunque los hubiese estado escuchando desde que tenía catorce años. Luego, me limité a asentir en cada resquicio del sempiterno soliloquio al que se había embarcado este ocasional y anónimo compañero de fila uno. Su mujer, mientras tanto, no dejaba de acomodarse el pelo en un movimiento automático, mecánico. Sus largas piernas, con ansiedad, se cruzaban y descruzaban alternativamente.

Las luces bajaron de intensidad bruscamente y un murmullo de expectación se lo devoró todo. A la izquierda, el devoto comenzó a hablarle a su mujer y yo apagué su voz en mi cabeza.

Los tres bateristas fueron los primeros en tomar la escena, seguidos de los otros cuatro integrantes de la ultimísima encarnación de King Crimson, apostados ahora en lo alto de la estructura. El último en ingresar, por supuesto, fue Robert Fripp.

Los tom-toms de las baterías fueron superponiéndose en un serpenteo gentil: el concierto comenzaba con The Hell Hounds of Krim. Me relajé, pues supuse que el volumen de la percusión se me haría tolerable. A pesar de que el mismo resultaba de una mezcla de lo que me llegaba amplificado desde los parlantes suspendidos en la parte superior de la sala y lo que podía yo captar acústicamente, dada mi cercanía a la fuente emisora. Resultó todo un shock cuando la banda completa arrancó en Pictures of a City: nunca deja de ser sorpresa la invasión de ese sonido de guitarras en el propio campo auditivo. Es un contrincante superior, una armada que toma por asalto lo que sea necesario.

“Red White Green White Neon Wheel”

La rueda había comenzado a girar y montábamos el aire. A mi derecha, César tomaba notas en una libretita diminuta que cabía –abierta- en el pequeño cuenco que su mano izquierda formaba solo para sostenerla, como si de una gota de algo se tratase. Noté que el lápiz con el que escribía no se correspondía con el tamaño del anotador. Supuse que con ese grafito se podría escribir apenas un punto por carilla. Pero la muñeca del escritor se movía en arabescos impredecibles al son del saxofón de Mel Collins.

La complejidad de Cirkus era una forma de explicar el prodigio de ese cuadernito. Adelantado a su tiempo, como de costumbre, en 1971 había sido editada esta maravilla que oíamos en directo los afortunados asistentes a esa noche de desenfreno sonoro. 1971, Lizard. Mi año favorito en cuanto a edición de discos. Mis ojos se deslizaban de batería en batería, de integrante en integrante, en un intento de comprender las partes de ese indescifrable todo. Balancín de pandemonio, toda la diversión del cirko.

Se abrió paso una de las secciones de Lizard (la canción) y mis emociones se debatieron en una batalla de lágrimas de cristal.

Ni bien comenzó Vroom, el hombre a la izquierda me miró, como indicándome que ahí tocaban su tonada. La unidad rítmica del comienzo fue abriéndose más y más en una complejidad botánica. Sentí que un tercio de mi cuerpo bailaba solo, un metro delante de mí, a metro-metro y medio de las baterías. Se trataba del tercio central, de mi parte del medio. Mientras tanto, todo desembocaba en la incontenible belleza de Epitaph. Con mil manos intenté secarme las lágrimas que bordaban y desbordaban las muecas sin testigo de mi rostro. Temí que, finalmente, ya se hubiera hecho mañana.

Paradójicamente, la cerrazón de The ConstruKtion of Light trajo un desahogo. Yo, por primera vez, busqué la mirada del fanático que había estado viendo a King Crimson en vivo por 43 años. Me senté de costado, con mi cuerpo ligeramente rotado hacia la izquierda. Me quedé viendo su rostro perdido en las luces de escena y pensé fuerte para que me mirara. Cuando lo hizo, sin necesidad de palabras, dije: “este, este es el Crimson más complejo, el Crimson de nitruro”. Y perdí mis ojos en la maraña de luces, sombras, sones y silencios. El mundo lloraba en mi lugar.

Luego de un buen rato, imposible de precisar, llegó Level Five y me dio la razón. Ya ni busqué la mirada del veterano, no había más necesidades. El dramatismo cesó y los muchachos nos dieron un respiro. Estábamos en el intervalo.

César me tocó suavemente el antebrazo derecho y tuve la certeza de oírle decir “voy al baño”. Pero el volumen de su voz era tan bajo que resultaba imposible tener certeza alguna de la impresión auditiva que había yo tenido. Antes de que desapareciera, grité: “¡voy con vos!”, y comencé a perseguirlo.

Había una cola de no menos de veinticinco personas aguardando a por unos instantes de mingitorio. Recordé las salas de espera de los hospitales de mi infancia. De todos y cada uno de ellos. En el Buenos Aires de entonces, los había recorrido a todos: en cada nosocomio había entonces una fichita de cartón con mis datos de niño. Imaginé esas tarjetas, de por sí originalmente ajadas y amarillentas. Constituían mi tabla de Moisés.

De golpe vi que César tomó un mingitorio. Comencé a escudriñar toda la hilera de meones que me daban la espalda. Intentaba adivinar quién acabaría primero como para saber qué taza me tocaría. Fue la contigua a la de César, a su izquierda.

Me costó largar el primer chorro, siempre me había costado. Desde chiquito. Una vez, siendo muy niño, me habían operado ahí. Recuerdo que, como parte del post-operatorio, me habían dejado una cánula dentro del orificio por donde sale la orina. Ir a mear era una tortura. Dolía. Mucho. Tal vez por eso, desde entonces, me costaba entregarme al primer chorro que, invariablemente, sale con ímpetu y nos trae un alivio ridículo. Así, en ese estado, lo miré a César. Como pude, desde mi anquilosada cervical. Miré hacia abajo en busca de su pito y, tras divisarlo, levanté la vista hacia su rostro. Le sonreí y mi mirada volvió a sus entrañas. De allí pasó a la mía propia. Estaba cotejando. Volví a la pija del célebre escritor y, sin el menor asombro, vi que se trataba del mismo lápiz con el que garabateaba en la diminuta libretita, pero gastado (no medía más de un centímetro y medio). Como si le hubiese estado sacando punta durante toda la primera mitad del concierto que estábamos presenciado juntos. Volví a mi miembro, que sí era un pene común y corriente. El de siempre: uno bien peronista.

Terminé de mear antes que él, por más que había comenzado después. “¿Por qué es tan lento?”, me pregunté. Lo esperé a la salida del baño, a un costado de la fila de pretendientes a mingitorios que no paraba de crecer y crecer y crecer: al menos 150 personas esperaban ahora a por su momento.

De vuelta a la vera de nuestros asientos, César se hallaba –repentinamente- lleno de ínfulas. Tomó la palabra: “Viste lo que hacen con las tres baterías, ¿no?” Vi que el fanático de Crimson se nos acercaba con la clara intención de unirse a nuestra conversación. Me propuse evitar que nuestras miradas se cruzaran, quise evitar que lograra su manifiesto cometido (unirse a nosotros). Tomé a César de los antebrazos y lo giré lo suficiente como para que su cuerpo obstruyera la visión del Crimsoniano (en ese momento decidí llamarlo así, para siempre). Lo giraba a César en una mecánica que me involucraba, como si fuésemos dos pequeños cuerpos de un juguete de latón a cuerda, hombrecitos que van soldados en un amago de abrazo. Mientras tanto, el Crimsoniano intentaba esquivar la espalda que César no dejaba de ofrecerle a instancias mías. Girábamos y girábamos con César, a derecha e izquierda, agarrados (o más bien yo agarrándolo a él), y el Crimsoniano no dejaba de intentar. Fue entonces cuando la espalda de César comenzó a crecer, primero de a poco, luego exponencialmente. Su torso se inflaba hacia arriba y los costados, como el muñeco de Michelin. Flameaba en el aire. César no detuvo su discurso: “Hay momentos en que los tres bateristas se dividen los golpes que la canción requiere, una tarea originalmente diseñada para un solo percusionista. Pero ellos la rompen, no en tres partes, sino en miles y miles. Tras esa deconstrucción, se reparten los pedacitos, aleatoriamente. Luego, cada uno de ellos se hace cargo de la carga que le ha tocado en suerte. Y la ejecutan. Así, logran una fragmentación de la totalidad no solo en cuanto a lo sonoro y a lo rítmico: también están rompiendo el espacio. Es una revolución de la física. Todo aparenta perder su carácter constitutivo, todo se rompe hasta niveles atómicos. Pero la canción es la misma”.

“Esuchame, hijo de puta”, le dije -muy enfadado- mientras le sacaba de encima mis manos, hasta entonces agarrotadas a sus antebrazos: el vals se detuvo para siempre. “No dijiste palabra en toda la noche, apenas creí oírte decir que ibas al baño, lo expresaste con un hilo de un hilo de voz. Es lo único que dijiste en la puta noche, la puta que te parió. Y de golpe te largás con la explicación de lo de las tres baterías y los tres bateristas, así como si nada. Justo decís lo único que quería decir yo en toda mi vida, es decir ahora, esta misma noche, donde me encuentro con vos por puta casualidad. ¿Por qué sos así de hijo de puta? ¿Sabés qué? Bien merecido tenés ese prestigio hueco alimentado desde las declaraciones de admiración de Patti Smith. Ahora te la bancás, por pelotudo. Por elitista de mierda. Con ese tono suave, con esa falsa modestia -una impostación de la de Borges- tirando dardos, descalificando escritores infinitamente más populares que vos por el solo hecho de hacerte el vivo. No das muchas entrevistas, al menos en Argentina. Pero cada vez que das una, tirás un petardo de los tuyos: un petardo pelotudo. ¿Te viste la pija que tenés? ¿Qué carajo es eso, un pitulín radical? ¿Quién carajo tiene un lápiz gastado al borde de la extinción como poronga? Yo no le pensaba contar a nadie porque me sentí raro cuando te lo espié, cuando lo descubrí. Pero vos venís y decís, como primera cosa en toda la noche (porque el “voy al baño” estoy seguro que fue una ocurrencia mía), lo que quería decir yo. ¡Lo único que quería decir!”

En ese momento Aria toma arie y hace el prolegómeno de una mueca para agarrarme de los antebrazos como yo lo estuve agarrando a él antes. Pero retiré sus manos de mí, pues me sentía profundamente ofendido.

“¡No me agarre, no me agarre!”, le dije –tratándolo de usted por un instante- y se me vino a la cabeza la imagen del rostro de Mario Sánchez. “Ahora te sentás ahí y no hablás más en toda la noche. Escuhcás la segunda parte del recital chito, y así te volvés a tu casa, a tu hotel o a Brelín, adonde quiera que duermas esta noche… La puta que te parió…”

Tras sentarlo, hice lo propio. Siempre a su izquierda. Vi que en la misma mano con la que antes había estado sosteniendo la diminuta libretita, durante la primera parte del concierto, tomando notas imposibles, tenía ahora una especie de panfleto. El mismo que yo tenía entre mis manos. En un silencio de expectación, mientras todos terminaban de acomodarse en sus asientos, ambos lo leímos para adentro y al unísono:

 

EVENTO LIBRE DE MÓVILES 

No se permite hacer ningún tipo de fotografía, eso incluye fotos realizadas con el móvil. No se puede grabar o filmar. Cualquier persona que lo haga será expulsada del recinto.

 

Estaba escrito en tres idiomas, a saber: catalán, castellano e inglés. Por encima del mensaje había dos símbolos que marcaban gráficamente la prohibición de cámaras de foto y teléfonos celulares.

Estaba tan enojado, que la segunda parte del concierto se me pasó como si nunca hubiese ocurrido. Solo recuerdo el sonido de un auditorio bramando mientras era fotografiado por Tony Levin.

El Crimsoniano ya no estaba en su asiento. Su mujer seguía retocándose el pelo mientras cruzaba y descruzaba sus cada vez más largas piernas.

“¿Además sabés qué?”, le dije al César, continuando donde habíamos dejado, como si no nos hubiese interrumpido mucho más de una hora de esa música infernal: “lo único que me gustó de todo todo lo que escribiste en tu vida es lo de la carrera de regularidad en Varamo. Todo lo demás es pura basura.”

Esperando al autobús nocturno sobre la avenida, me pregunté en qué se volvería Aria, sea donde fuere que debía regresar esa noche.

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