Música

VIAJE AL CENTRO DE LOS PILLOS

los pillos

 

Era la tarde de un otoño primaveral y venían a buscarlo.

Me había embarcado en la faena de sacarme de encima todos mis discos, que pesaban. Comenzaron a ser una carga cuando me mudé a la casa de Munro. Una vez allí, y tras disfrutar un poco de la tarea de acomodarlos, ordenarlos, observarlos y –de vez en cuando todos los días- poner a sonar alguno, sentí que eran un peso muerto. Tomé conciencia (cada vez más profunda) de que eso representaba un ancla, que de ahí ya no sería posible partir. Recuerdo que del lado de una de las paredes que fueron amuralladas con las estanterías que los albergaban, había encontrado un hormiguero. Un hormiguero que, aparentemente, había sido víctima de un desahucio. Una vez el mueble allí, lleno de discos, nunca pude dejar de pensar en la imagen del hormiguero, subyaciendo. Soñaba con eso, soñaba con que allí, bajo el sepulcro sonoro, volvía a registrarse actividad. Una montaña se erigía en silencio y de manera obscena.

Para poder llevar adelante el acto de desprenderme de lo que se había constituido como mi único refugio, me endeudé. Y había que pagar los vencimientos, todos los meses. Así, en esa dinámica, los discos que quedaban a resguardo, como asilados en un consulado extranjero, iban cayendo en la volteada. Irremediablemente. Por goteo. Un buen día le tocó el turno a los discos de rock nacional que yo compraba durante mi adolescencia, a medida que salían a la venta.

Le regalé a Juan José los dos de Fricción. Me dio satisfacción la felicidad que se escapó de su rostro al recibirlos.

Más tarde fueron saliendo los de El Corte, La Sobrecarga, Clap, Euroshima, Los Encargados, Signos (el único que me gustaba de Soda Stereo: faltaba aún para Canción Animal), Conga de Melero, casetes de Catálogo Incierto, discos de Spinetta… Todo me fue abandonando, sin mayores complicaciones. La cosa se puso brava con los de Don Cornelio, sí. Pero también salieron.

Sin embargo, quedaba en pie el último bastión. El único disco del grupo que yo había visto actuar en vivo más veces durante mis años tiernos.

Los Pillos.

No experimentaba nada parecido viendo a los otros grupos, lo que sentía en los conciertos de Los Pillos (mucho más allá de lo sonoro), no se repetía en los recitales de ninguna otra banda, ni siquiera cuando veía a Don Cornelio (un poco después de haber comenzado con Los Pillos).

Pero un día publiqué en un sitio de internet Viajar Lejos, de Los Pillos. En estado inmaculado, como tenía todos los discos que yo había comprado nuevos a lo largo de mi vida. Sí, cuidé más de los discos que de mi cuerpo. Como esos idiotas que cuidan su automóvil de manera obsesiva. Yo fui un idiota así, pero con los discos. Hasta con los videocasetes de formato VHS: cuando recibía uno de afuera, la primera reproducción –casi siempre- se trataba de la última: mientras lo veía, grababa una copia que luego etiquetaba. Esa copia era el casete que usaba para mirar y mirar el video hasta el hartazgo. Aun así, con esa copia de seguridad, la calma no llegaba a instalarse: cuando en una pasada notaba que la imagen había desarrollado un pequeñísimo defecto (esas líneas que aparecían en medio de la pantalla como un relámpago, o alguna que bajaba suavemente para perderse por la parte inferior del televisor), sufría. Sufría en serio, en el cuerpo.

Publiqué el vinilo de Los Pillos a un precio que yo consideraba exorbitante, “para probar a ver qué onda”. Pedía lo que se pedía por algún disco importado nuevo. Subí el anuncio y, a los veinte minutos, alguien lo había comprado. Sentí vértigo. El muchacho no quiso correr riesgos: quería venir esa misma tarde. Era de San Miguel y se tomaría el tren San Martín hasta La Paternal. Durante esa tarde de un otoño primaveral. Yo, lo estaba esperando. Un poco nervioso.

Mi carta de triunfo en la liquidación de mi discoteca se apoyaba sobre la sorpresa que el comprador de un solo disco a través de internet experimentaba al llegar a casa y encontrarse con una manada de miles de discos a disposición, todos a la venta. En esos momentos, también sufría: qué mierda va a agarrar este o esta, ahora (pensaba yo mientras el ávido comprador escudriñaba todos los rincones posibles, y más).

Ninguna cosa tenía precio, no me había tomado ese trabajo. Tal vez a modo de negarme a mí mismo la liquidación que estaba llevando adelante.

“¿A cuánto tenés “Gentlemen Take Polaroids”? Nunca tenía respuesta, para ningún título. La improvisaba, titubeante en mis secretos. Temía quedarme corto, o excederme. Lo que me sobrepasaba era el hecho, la incomprensibilidad del acto. De cada uno de los actos que yo pudiera recordar haber ejecutado. A veces siempre, es difícil que el mundo haga sentido.

Pero con este muchacho era diferente: no encontraría nada que superara el riesgo ya asumido, el de desprenderse de Viajar Lejos. Tres décadas más tarde, este tipo estaba poco menos que saqueándome. Nada tenía que ver mi aparente voluntad de vender el disco: el malentendido rige también en el terreno emocional. Uno va de tropiezo en tropiezo, de yerro en yerro. ¿O qué se piensan acaso? ¿Que están yendo hacia alguna parte?

Yo nunca había querido vender ese disco, probablemente ni siquiera comprarlo. Son impulsos, tics desesperados, mecánica del vacío. Pero lo que acontecía esa tarde de un otoño primaveral era un saqueo, aun cuando aparentemente se estuviese perpetrando a instancias mías.

¿Qué sabía yo esas noches en las que apuraba una cena en la casa familiar, mientras mi viejo veía la televisión y mi vieja expiaba su condena en la cocina? A sabiendas de que el show no comenzaría hasta bien entrada la madrugada, yo asistía religiosamente al falso horario publicado en el Sí de Clarín. Miento: solía llegar un rato antes del mencionado horario. Siempre me consumió la ansiedad: fui un niño con ataques de pánico antes de que los mismos ingresaran al inmundo manualito de farsas que estudiaron los medicuchos.

Entonces (cuando yo llegaba tras apurar la cena y dejar a mis viejos detrás), el Santa María todavía no había abierto sus puertas. Comenzaba entonces a caminar por las inmediaciones: hacia Callao, hacia Santa Fe, hacia Corrientes, hacia Libertad. Daba vueltas y más vueltas, como un niño condenado por un diablo de febrero. Era como precalentar para ejercer la espera que, más tarde, se desarrollaría en el interior del Santa María. Primero en el hall: por lo general (especialmente en invierno) lo habilitaban aun antes de comenzar a vender entradas. Así, lo que primero era una media docena, rápidamente se convertía en una veintena de chicos y chicas desparramados por el espacio. Algunos se sentaban en los peldaños de la escalera, otros se apoyaban contra alguna pared y había quienes preferían apostarse en el umbral (que era bajísimo). Yo deambulaba. Por el hall, hasta que cruzaba el umbral y me iba hacia la esquina, cuando todavía estaba la estación de servicio. Pero retornaba rápidamente: quería estar presente cuando habilitasen la venta de entradas y, por ende, abrieran las puertas de la sala. Una vez dentro de ella, el olor a gamexane se intensificaba: estaba claro que por allí se encontraba la fuente emisora.

Nunca viví una emoción de expectación como en los recitales de Los Pillos, especialmente esos que vi en el Auditorio Santa María. Se esperaba horas inciertas a por el show, que rondaba los sesenta minutos. Las luces de la sala, aún encendidas, resultaban mortecinas. Me fascinaba el minimalismo de la escena: la batería se me antojaba un esqueleto (¿tal vez porque se trataba de cuerpos, si bien acústicos, bastante chatitos, es decir cortos o bajos?), el de una secreta celebración que no hacía más que avecinarse.

Lo único que podía licuar la embriagadora asfixia del veneno para plagas era la máquina de humo, en los conciertos en los que pudiera haber una: el dulzor de la falsa humareda amortizaba la amargura espolvoreada en el ambiente. El son de los primeros acordes terminaba de transportarnos a otra parte, un lugar desde donde uno deseaba no regresar jamás. Pero no puedo precisar en mi memoria (ni aun siendo inventada, como toda buena memoria) si Los Pillos usaron o no alguna pequeña máquina de humo en alguno de los conciertos que dieron en el Santa María.

Lo que sí jamás podría olvidar era la silueta de la sala cuando las luces se apagaban y algunas voces gritaban de excitación mientras los cuatro Pillos tomaban posición en la trinchera: solía sentarme al centro y a mitad de sala. Me gustaba la perspectiva, no quería desaprovechar la desnudez que caracterizaba –según mi punto de vista- la actuación de mi grupo argentino favorito.

El riff de Viajar lejos tajeaba el silencio y cuajaba la larga espera: cada nota ejecutada por Fiori en ese momento sobrevolaba el viciado aire de la sala y los cuerpos latían de felicidad (por más negro que usáramos en la ropa). Todos bailábamos sobre ese riff que resultó inoxidable, mientras se avecinaban los primeros golpes de Esau y presentíamos el grito de guerra que lanzaría Yanzón, como prefacio a cada una de sus palabras. El bajo de Aloé nos indicaba que la maquinaria andaba ya a todo vapor.

“Matará su márgen, viajará”

Uno se estremecía de entrada y las emociones no paraban de salir a borbotones hasta que todo hubiese terminado. La línea de bajo tomaba el timón en el desenlace instrumental de la canción, mientras Fiori arremetía con su guitarra, ahora filosamente rítmica. Luego venía un remanso como vaticinio del último ataque con Yanzón a la cabeza, proponiéndonos viajar lejos. Sin nosotros. Pero con él.

La sucesión de canciones resultaba demoledora, invariablemente. Poco tiempo después descubriríamos que el lado 1 del álbum Viajar Lejos se parecería mucho (si no resultaba idéntico) a los comienzos de aquellos inolvidables recitales.

Conversaciones con la Hierba desataba la locura de todos, por el frenesí rítmico y los tom tom y timbales de Esau (¿un Oscar Moro dark?) y el letargo del fraseo litúrgico de Yanzón, que espetaba imágenes fortísimas sobre nuestras cabezas todas:

“Introducido en corrales para decrecer, fui un infante que intentó hablar”

Imposible no perderse en la sustancia hipnótica de este cuarteto. Yo, que venía de abrirme camino en un colegio secundario de carácter represivo (un colegio de curas), que había repartido sus cinco años entre los tres últimos de la dictadura y dos de la primavera alfonsinista, no podía menos que perderme en un refugio de canciones y una serie ininterrumpida de letras que proponían el desafío poético de descifrar el devenir con el solo afán de volvernos más y más crípticos, más y más poéticos. La confusión es un afán primordial en los tiempos de juvenil adolescencia.

“Los niños de bicicletas huyendo de los llamados”

Descansar en la niebla roja: ¡qué bueno resultaba no saber! La sospecha, la elucubración, se habrían en infinitas instancias, todas ellas inasibles. Inefables. Fiori jugaba al acople mientras la base rítmica sostenía el aturdimiento alcaloide, un arpegio se empantanaba y descendía en espiral hasta rehacerse, listo ahora para un nuevo coito. Yanzón lanzaba una especie de bostezo musical y la banda se adentraba, junto a todos nosotros, en Baila Para Mí.

Todo se hallaba fundido para entonces: los olores, la espera, las siluetas en la oscuridad, la síncopa de los cuerpos jóvenes, y por jóvenes bellos.

“¡Gira! ¡Gira! ¡Baila!”

Éxtasis. El tiempo se había detenido. El viaje, emprendido.

“Tragaré llaves”

El retorno, en momentos así, resulta inconcebible. Ni siquiera existía como posibilidad.

Tras Baila Para Mí era menester rehacerse. Ellos, Los Pillos, y nosotros: los afortunados de la audiencia. Virtuosos, además de afortunados. Por más que lo que nos llevase hasta allí (una y otra vez) hubiese sido un malentendido, habíamos llegado al lugar indicado. Y una vez allí, persistíamos. No lo sabíamos en su momento, porque las cosas importantes no tienen registro de sí mismas. Esa abominable ambición de los tiempos que corren, el afán de registrarse en tiempo real, era algo que no existía. No sabíamos que estábamos en el lugar correcto: nuestros padres ya estarían durmiendo en un mundo sin retorno, uno que cumplía una fatalidad poco placentera. Pero nosotros éramos las tres y veintiocho de la madrugada al son de Los Pillos, éramos nacimiento.

“Si yo pudiera concebirte en las entrañas, mi dormir se prolongaría”

Los retornos a casa representaban la caída en el tiempo (ya nada era azul, y el bien y el mal no solo que existían, además se entreveraban): las esperas, siempre elásticas, se hacían un sinsentido sentado al cordón de una vereda. Esperaba a por cualquier colectivo que me fuera acercando de a tramos. El 140, si aparecía. Luego a caminar, mientras el alba despuntaba y se me escapaba un 63 o un 44 porque todavía levitaba colgado del Rock de la Caída. Al final, me tomaba el Urquiza por apenas una estación: desde Artigas pateaba cinco o seis cuadras bajo el manto de los pajaritos siempre madrugadores (los mismos que acompañaban el regreso de Osvaldo Fresedo a esas mismas calles, cuando era literalmente el Pibe de La Paternal).

Y tres décadas más tarde, insistía yo en mi confusión, por más que estuviera parado en la misma casa de la misma calle del mismo barrio que entonces, cuando se rompía el hechizo de un nuevo show de Los Pillos y había que resignarse al retorno a la rutina del sueño y la vigilia. Treinta años más tarde, estaba con este pibe, que había comprado mi Viajar Lejos en menos de lo que duraba una de sus caras.

Mientras el tipo me daba la espalda y pispeaba discos, comencé a odiarlo. Sin razón lógica, porque así es como se odia. Era casi un odio de clase. Lo odiaba a él, que estaba saqueando lo que no le correspondía –porque el saqueador es eso: un usurpador de lo que no es ni podrá ser-, y me odiaba a mí mismo (una vez más) que prostituía mi universo emocional. A cambio de nada: todo –como siempre- no era más que un tic nervioso, un catalizador de ansiedades.

La tarde cayó y se hizo nochecita. Me dolía la espalda: tal vez había tomado poca agua y algún cálculo renal comenzaba a joder. Abrí el grifo y llené dos vasos en la medida en que los vaciaba dentro de mi boca. El dolor se agudizó y me tiré sobre la cama. Miré el techo, que nunca es el mismo. Se me humedecieron los ojos, tal vez por cansancio. Qué importa del por qué. Los cerré, como quien pretende atrapar algo que resbala. Pensé en la carga, que había crecido exponencialmente desde que dejé la casa de Munro. Desde entonces, se había precipitado una serie de mudanzas devastadoras. Se desató mi naufragio geográfico y literal. No conforme con cambiar de casa y de barrio, una y otra vez, cambié de país. Luego de hemisferio. Después de continente. Fui dejando cosas en cada lugar, incapaz de llevarlas en mi equipaje. Las abandonaba como una mala madre, en la cobardía de una mentira: ya las recolectaré, en algún punto de la entelequia futuro. Como símbolo, sostengo un puñado de cosas conmigo, hasta hoy, a pesar de la ininterrumpida sucesión de movimientos físicos sobre el orbe. Unos pocos discos, unos pocos libros. Que no encierran lo que anhelo. Que no representan nada. Apenas encarnan el malentendido, que no cesa.

La última vez que estuve en Buenos Aires me conseguí un Patria o Muerte en vinilo. Pero no es el que yo tenía. Es un cartón (mal) pintado, un vinilo (pobremente) prensado y una pérdida no asumida.

Un amigo muy querido me regaló la antología en CD de Los Pillos. Lo tengo ahí, en el rincón de los objetos que -muy a mi pesar- ya no me contienen. Nunca rompí el celofán en el que viene (en)cerrado. Para hacerlo, espero a por el momento indicado. Tal vez no muy lejano a aquel día en el que vuelva a reunir todas esas cosas que fui dejando desperdigadas por el globo. Al fin y al cabo, soy un psoriásico hecho y derecho desde los tres años de edad: me vengo deshojando incesantemente desde entonces. Sin solución de continuidad. Y viajo, viajo como un psicótico. Me mudo de barrio, pueblo, ciudad, país y continente. Eso sí: cometo el error de llevarme conmigo, desoyendo lo que nos cantaba Yanzón, con su parsimonia eclesiástica. Dejo cosas aquí y allí como siembra estéril, cosas que no son mías. Aunque alguna vez las haya conseguido. Aunque alguna vez me las haya sacado de encima, lleno de odio. Confundido. Por el absurdo. De viajar y viajar y viajar. Sin cesar. Hasta que se dé ese último viaje, el viaje de todos los viajes. El viaje al centro de Los Pillos.

 

 

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