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LA PIRA DE DIOS

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Hace un calor luciferino, y recién es mediojunio. Iba a salir, para empujarme un poco hacia algo. Quién sabe a qué, qué sabe nadie. Pero no: el solo acto de imaginarme el vaho caldoso saliendo del coche al abrir la puerta me acobardó. El coche está ahí fuera, sobre un sector de grava. La grava y su camino de 300 metros hasta la calle pública más cercana alimentan de polvo al aire, de un polvo blanco que es una de las más acabadas manifestaciones del calor de esta parte del planeta.

Aunque encendiera el aire acondicionado de manera inmediata, no obtendría más que el rumor brutal del mecanismo, desesperado por bajar de los 42 o 45 grados a un modesto 24 o 25. Me quedaría más sordo de lo que estoy, me zumbaría-quipildor que te la voglio dire. Bajar las ventanillas un rato es una idea que tampoco me ajusta. Por eso estoy acá, todavía. Bajando fragmentos de mi web interior, esa que nunca para, esa que me habla, aunque yo no quiera, como si fuese una Siri cualquiera, una Siri personal. Personal Siri, qué gran tema de los Depéch que versionó Johnny Cash. Qué horror cuando Johnny Cash se hizo popular por estas (aquellas) pampas, por culpa de Rick Rubin. “Qué genio Cash, bla bla bla”. Yo me quedo, emocionalmente, con León Gieco. El León Gieco que escuchaba de soslayo y sin ningún interés gracias a algún disco que tenía mi prima Gabi. Me fascinaba el álbum que creo era homónimo y tenía una tapa desplegable y troquelada, agujero oval a través del cual se dejaba ver una foto del cantautor santafesino. Eso, ese acercamiento con un puñado de canciones de un tipo que había nacido más o menos en mi territorio y cuyos discos podía tener mi prima (que había nacido más o menos en mi territorio sanguíneo, también antes que yo), hacía un poco de sentido. Sin embargo, el adoptar a un Johnny Cash (por volver al mismo ejemplo) gracias a un inextricable asunto ligado a redes culturales dominantes, me resulta aborrecible. Por más bondades que Cash tenga en su haber. Me quedo con las bondades (por más modestas que fueren, si ellas fuesen comparables a las de algún otro de alguna otra y lejana latitud) del de Cañada Rosquín (¿así se llamaba el pueblo natal de Gieco? No voy a guglear), virtudes que –como todo el mundo- tiene repartidas entre falencias. Todos llenamos las columnas del hebe y el haber. Sí. Sí. Sí. El recuerdo de la tapa troquelada de León soy yo. Cash no es nada. Hasta intenté vivir en Nashville, y no hubo caso. No, no viví ahí para ver si podía pertenecer a Cash, eso lo supe imposible desde mi primer viaje fuera de la Argentina (además, nunca me interesó tal cosa). En realidad, anduve por ese lugar por la misma razón que me mueve a todas partes: para romper el mandato, hacerlo añicos. Como la vida nos hace a todos en diferentes grados, medidas y velocidades.

No sé lo que escribo porque no sé adónde voy. No sé qué sigue tras la palabra sigue, o tras la última, siempre escurridiza a causa de la ansiedad de otra que mi Personal Siri espeta, y otra y otra y otra más. Tampoco sé a qué iré un rato a Turín, a la ciudad. A pasear la ansiedad, a buscar lo que no hay. A comprarme una cafetera. Una que prepare de a tres tazas. Seis es mucho para mí solo. Una es poco.

En Turín, el 9 de este mes actuó Diamanda Galás. Yo justo me mudaba desde Barcelona. Me fui hacia allí el día 4, aprovechando un pasaje de avión que había comprado un tiempo atrás. Me envalentoné y me dispuse a liquidar varios asuntos en un puñadito de días. Una locura a la edad que tiene mi cuerpo (149 años). La misma locura que me mantuvo vivo todo este tiempo, para bien y mal. Para nada.

Prudente, me dije: “son más de mil kilómetros, no manejé muchas veces en ruta a lo largo de mi vida, no tengo GPS y suelo perderme hasta en el barrio en que nací (La Paternal). Mejor hago el viaje en cuatro etapas”. Eso me impedía ver a Diamanda Galás en Turín. De alguna forma, me aliviaba. Es que vengo de una historia un poco complicada. Estúpida. Yo, hasta hace 23 minutos, era aún más estúpido de lo que soy ahora, justo mientras me dicta la Siri personal. Y tenía amigos acordes (menores, porque hoy me suenan tristes).

Vi a Diamanda Galás muchas veces. En Londres y en New York. En esta última ciudad la vi en cada uno de los shows de una residencia que hizo una vez en el Joe’s Pub. Fue glorioso. Recuerdo que a uno de los shows fui con Florencia, que simulaba ser mi novia en ese entonces (simulaba yo y simulaba ella, a ver si se piensan que el único farsante es quien suscribe). La empujé a ir, por su bien. Como la obligué a ir a ver a Nina Simone. Ella, mientras tanto, seguirá pensando que el show más importante que vio en su vida fue alguno de The Cure. Y está bien que así lo crea. Pero una de esas noches la llevé de prepo (parafraseando al animal de mi viejo) a ver a Diamanda. Fue descomunal lo que hizo esa mujer aquella noche.

Tras la performance (apenas ella y su piano modificado, como de costumbre), aprovechamos la intimidad que proponía el lugar donde se desarrolló el concierto para cholulear un poco. Cosa que a nadie le cuesta mucho (mucho menos a los que se hacen los cools y creen que a ellos no les sucede lo que a la mayoría). Diamanda, fuera de escena, era una morochita petisita, flaquita, frágil. Me abrazó y tuve miedo de romperla. Su voz era dulce, o más bien su tonada. Su voz era su voz, estremecedora. Pero fuera de escena no cantaba sobre la muerte y la negritud. Simplemente hablaba no sin una apreciable dosis de dulzura.

Compré un poster (increíble close-up de su rostro mientras cantaba, blanco y negro) y el libro de poemas que tenía a la venta: The Shit of God. Se los hice firmar: el poster “para El Oasis”. El libro “para Germán”. Puso la palabra “amor” en la dedicatoria, haciendo perfecto sentido con el título del poemario. Desde entonces y hasta cierto momento de mi vida, guardé ese librito entre mis otros libritos con mucho amor, justamente. Pero un buen día, cuando mi vida pasaba de un sinsabor al siguiente, de un problema físico al otro, de una angustia a su sucesora, hablando con esos amigos que eran (tristes, finalmente), concluimos que todas mis desgracias se debían a ese libro que había firmado Diamanda para mí. Yo lo desempolvaba y se los mostraba a ellos y ellos descubrían la piedra Roseta de todos mis infortunios. “Boludo, ¿no ves? The Shit of God, y acá está escrito tu nombre…” No blasfemarás. Yo, muy sugestionable, lo tomé al pie de la letra. A los pocos días estaba en la terraza de la casa de mi vieja prendiendo fuego el libro y, por las dudas, el poster.

Encendía un cerillo detrás de otro, pero los objetos no prendían fuego. Era imposible. Algunas páginas se iban quemando en las puntas –o en los vértices-, pero las llamas no duraban mucho. Cuando comenzó a arder la tapa, el humo negro que salía era indecible. No habemvs Papa. Temí que algún vecino llamase a los bomberos. Estuve tres horas hasta lograr el objetivo. Del libro quedó el esqueleto de sus tapas duras, muy firme. Tomé los restos como si fuese material radioactivo y lo metí en una bolsa. Luego llevé la misma a algún cesto de basura público, lo más lejos posible de la casa.

Imbécil.

Imbéciles.

Como si Dios no estuviese lleno de mierda. Digo, el dios que nos enseñaron. El que no existe.

La vida pasó y las desgracias se sucedieron. Por definición. ¿Es que quemé mis biblias satánicas demasiado tarde? ¿O los demonios se enojaron por mi acto de herejía, redoblándome el castigo? Mientras tanto mis amigos tristes seguían rezándole a todos sus santos. Y, no conforme con ello, enseñándole a hacerlo a sus propios hijos. Como si los hijos fuesen de alguien y ese alguien tuviese derecho de condicionarlos con creencias ajenas. Y como ajenas, dañinas. No me importa que funcionen: al final del día no son más que grilletes. Qué gran acto de crueldad, en el nombre del amor.

The Shit of God.

El viaje de la mudanza fue tremendamente complicado: me agarró un cólico Renault, de entrada (y eso que un par de días antes había zafado con el resultado de una ecografía de Peugeot que me había tenido que hacer). Para arrancar. Después, un guardabarros comenzó a flamear ni bien el coche llegaba a los 120 km/h. Paré en Aix, pasé la noche (una mala noche). Al otro día, este mismo calor luciferino de hoy en Turín no resultaba un buen augurio. Iba a parar en Menton, para visitar el museo dedicado allí a Jean Cocteau. Y descansar la noche. Pero el guardabarros (que en la parada Aix se había salido, quedando en el aire, colgando de una punta, chocando con la rueda) volvió a flamear, cuando el velocímetro apenas tocaba los 90. “Sigo, sigo hasta mi destino italiano, sin parar más”, me dije. Chau Menton, necesitaba acortar el sufrimiento. Abortar el estrés creciente.  Y no podía darme el lujo de buscar mecánicos o exponerme a fortuitos con el coche cargado hasta en los asientos. Para colmo, en el enésimo puesto de peaje del camino, al bajar la ventanilla, el mecanismo eléctrico hizo un ruido jodido: “chau, lo que falta: en uno de estos peajes la ventanilla no sube más y se me hace imposible el ruido a ruta…” Comencé, en cada nuevo puesto de peaje, a bajarme del coche para así no correr el riesgo. Más estrés, más presión: The Shit of God.

Me detuve a cada rato, cuando el ruido hacía un crescendo jodido, o cuando al coche le costaba acelerar (suponía yo porque el guardabarros estaba rozando el neumático, frenándolo). Estación de servicio que había, parada que hacía. En una, vi que el guardabarros se estaba saliendo. Lo fijé, le reforcé la enmienda que había hecho –originalmente- en Aix. Y a seguir… A esta altura, la ruta era una sucesión ininterrumpida de puentes y túneles. Desde los últimos kilómetros de Francia y durante los primeros de Italia. Lo espectacular se tornaba dramático: temía que el guardabarros zafara de su sostén en medio de un túnel, donde había dos y a veces un solo carril –de todas formas, cuando hay dos, se supone que uno no puede cambiarse-, donde no existe banquina ni costado posible donde dejar el coche, cuando detrás de uno viene chupado un camión con acoplado de la concha de su madre… ¿Sería todo esto una consecuencia de la pérdida de mi fe religiosa o del cese de la farsa de la oración? ¿Sería la Furia de Diamanda que no paraba de volverse en mi contra? Al fin y al cabo, acababa de estrenar un espectáculo (el que daría en Turín el día 9) titulado “Death Will Come and Have Your Eyes”. Y yo, desde uno o dos años antes, luchando contra una cosa jodida que me apareció en… Un ojo. “Bruja”, dijo alguien. Y uno –al oír el “bruja”- se queda paralizado por toda la mierda a la que nos sometieron de chicos, por todas esas plegarias y condicionamientos obtusos que nos fueron impuestos en el nombre del Bien. Jodido. “Imbécil”, decía yo. A mí mismo, claro.

En una parada, tras atravesar el túnel número infinito, había un tipo todo tatuado con una chica, entre punk y gótica. Yo, sin GPS y mirando un mapa silencioso, me acerqué. Les pregunté dónde exactamente estábamos en el mapa. “Vicino a San Remo, qui”, dijo –señalando un punto en el mapa- el muchacho al que no le veía pinta de andar rezando boludeces.

Seguí con mi cancioncita, guardabarros-batería-y-voz. Como quien murmura mientras cuenta con las yemas de los dedos las cuentas del cuento de un rosario. “Die in the rosary, die in the rosary, die in-the-ro-sar-ry”, creía entenderle a Elizabeth Fraser cuando la escuchaba de purrete en la piecita del fondo de la casa de la abuela Aída.

Al final, llegué. Tras infinitas horas de desmanejo. Me sentí feliz al hacerlo. Era, del día 9, las seis de la tarde. Con el cuerpo todavía caliente del camino, no sentía dolores de cólico ni zumbidos de acúfenos. Olvidé a Diamanda, que a quince kilómetros de casa estaba a un par de horas de cantar lo suyo. Se estaría preparando, mientras mi cuerpo iba enfriándose lentamente, como cuando nos morimos. Y los dolores renacen, junto al vendaval de un tinnitus cualquiera. Pasé una noche complicada, me pregunto una vez más si por renegado de la fe que me impusieron una vez. O si por enojo de la santa de Diamanda. Que esa noche me cantó a mí, que no estuve. Que olvidé que podía haber estado, enfrentando mis transidos oídos a su voz de soprano que trasciende octavas.

Enseñanzas que nos condicionan, que meten grillete. Miedo y sumisión. Superchería. Estupidez que se hace crueldad. The Shit of God.

Perdoname, Diamanda. Alguien dijo alguna vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? ¡Si siempre estoy llegando!

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