Naderías

EDITORIAL LIEBRE

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La vi varias veces ya. Y cada vez que lo hago intento acercarme un poco más, con sigilo. Aunque eventual e indefectiblemente se aleje, pegando esos saltos fantásticos, uno concatenado con el otro, en una mecánica maravillosa a la que me cuesta mucho verbalizar como “caminar”. Pero así “camina” ella. Nunca había visto una liebre antes y ahora la veo seguido, siempre en el jardín.

Hoy se me partieron las dos tostadas (de esas compradas, que cuando era chico se conocían como las “Canale”) que suelo untar con queso y mermelada de naranja para acompañar el café de las mañanas. A veces logro que no se rompa ninguna, otras -las más- es una sola la que se parte en dos partes desiguales. Hoy se me rompieron las dos, por vez primera.

Subo el volumen de la música: hoy me zumba muchísimo el oído derecho. Ayer me agarró de improviso el pavoroso ruido de una de esas exhaladoras de aire, esas bazookas de jardín para espantar hojas secas. Mala suerte. “Haven’t had a dream in a long time”, dice el cantor. Hace días que en mi cabeza suenan las canciones que alineé como banda de sonido del libro que hice sin querer y sin que se me pidiera hacerlo. Y que pienso ejecutar a partir del día 15 de agosto próximo.

El primer cuarto de esta jornada musical me quedó perfecta. No hay nada que me suene mal, sino todo lo contario. Ayer noté eso, y me sentí feliz. Absurdamente feliz. Sé que aún hay inconvenientes en las otras tres partes, canciones que no me terminan de cerrar. O tal vez se trate del orden en el que -por ahora- se disponen. Por ahí un enroque bastará como solución. Me gustaba mucho el ajedrez cuando iba a la escuela primaria, la República Dominicana, mi escuelita peronista que extraño mucho.

No como primero una tostada y después la segunda. Acabo de notar que comí la sección más pequeña de una (recordemos que hoy -por vez primera- se me rompieron las dos tostadas con las que acompaño el café) y, seguidamente, la parte también más pequeña de la segunda tostada rota.

El libro es como un viaje que tiene tres paradas. A estas paradas las llamé Interludio Moleskine I, II y III. Funcionan como los Atalayas de la novela. Allí estiramos las patas, pensamos en otra cosa (como si existiese la chance de pensar en otra cosa, o de dejar de pensar -caídos del catre o del alerce, ¡basta!-), mojamos una medialuna en el café con leche. Y después retomamos. Así el viaje se parte en cuatro etapas. Como las tostadas hoy, que las voy comiendo en cuatro fragmentos.

El primer fragmento de la banda de sonido de mi libro es perfecto. El arranque me vuelve loco: Woody Guthrie, Roberto Rimoldi Fraga, Goyeneche y Troilo del 71 y Virus. Qué hermosa línea de cuatro arman. Es un Lucho Malvárez, Rezza, Caruzzo y Placente. La etapa finaliza en la canción 18, Road to Nowhere de Talking Heads.

En el Facebook, ese clonazepam de luces que me atrevo a decir casi todos tomamos junto al café y las tostadas (si no antes), una chica que conocí en Nashville escribió un párrafo en el espacio del descarado “¿Qué estás pensando?” del puto de mierda de Zuckerberg (puto de mierda en el mal sentido -no en el literal-, pues nada más lindo que un puto en el sentido literal). Allí esta chica, practica una típica y pequeña perorata anti-Trump que me fastidia. Como me fastidian todas las peroratas anti-Turmp que se esgrimen a diestra y siniestra. No porque me guste el tipo, para nada: me resulta de una abominación demasiado obvia. Lo que me rompe los huevos de estas declaraciones público-virtuales anti-Trump es que son más obvias que el antedicho carácter abominable del presidente de los Estados Unidos. Chicos y chicas grandes, muy creciditos y creciditas, pisándole los talones a sus cuarenta, privilegiados en tanto a origen socio-cultural, con buenas y progresistas intenciones, con ínfulas de paz y hermandad para la raza humana… Esa gente, cuando va por el mundo tratando de lavar su culpa despotricando contra Trump, haciendo de cuenta que esas culpas han nacido más o menos con la presidencia del grasiento magnate, preguntándose cómo es que un tipo así pudo haber llegado a ser presidente del país (del de ellos: nosotros tenemos al nuestro, también y de todas maneras), me pone un poco loco, como diría en su canción Sergio Denis-Dumas.

Mientras leía este párrafo escrito por esta chica, se me vino a la cabeza mi viejo, volviendo de la casa de Horacio “People” Guarany, que vivía en la otra cuadra (allá en el Coghlan de mi infancia). “Este gordo es un chanta, también… El Chivas que tiene es de contrabando. Comunista que toma whisky escocés contrabandeado…”, decía una y otra vez en su locura (era tan turro mi viejo, que iba, se hacía el amigo, le chupaba el whisky y después lo criticaba por la espalda). Bueno, entonces eso: estos chicos y chicas creciditos y creciditas, desde el privilegio de sus orígenes geopolíticos y socioculturales, todavía bancados por sus padres, salen a recorrer el mundo con sus pasaportes de privilegio (simplemente uno de los Estados Unidos: no es que sean pasaportes diplomáticos o cosa parecida) y van actuando un pacato descontento por el nuevo representante, como si los anteriores no le hubiesen arruinado la vida a miles y millones de seres humanos alrededor del mundo, como si la política de su país no hubiese sido restrictiva (y especialmente abusiva) en el más amplio de los sentidos para con los márgenes del mundo. Diría desde casi siempre. Así, cuando leo estas peroratas o veo que ponen una foto de un evento donde “nos juntamos con los inmigrantes de todo el mundo que viven en nuestra comunidad” y se los ve imprimiendo remeras con slogans lava-culpas, me pongo de la nuca. Donald Trump es el presidente que mejor representa la idiosincrasia norteamericana contemporánea. Y con contemporáneo me refiero a los tiempos de la post-guerra para acá. No jodamos.

Una vez creí ver dos liebres. Quiero decir: vi una un tiempo, ese tiempo que transcurre entre su descubrimiento y la siempre eventualmente precisa huida de a gráciles saltos. Luego, al girar para continuar mi camino, divisé otra: era imposible que se tratase de la misma -quiero creer- si es que acababa yo de verla huir para el otro costado. Digo huir, injustamente: ella está haciendo lo suyo, una tarea tan simple y sublime que uno no puede sino ignorar (dada la limitadísima condición humana).

La combinación de Los Pillos seguidos de Siouxsie funciona de manera increíble. Por el sonido de las dos canciones elegidas y por el particular momento de la historia que ilustran. Eso me gusta de esta “banda de sonido”: que no es una idea hueca por el simple hecho de hacer un poco de ruido en el vacío o planicie de la historia que se narra. Es un acto multiplicador. Las letras de cada canción multiplican los sentidos al verse insertadas en la red de la otra historia, la del libro; historia ésta que -su vez- ve exacerbada sus posibilidades en el entramado de canciones. Se arma un sistema que tiene tantas posibilidades como lectores pueda llegar a tener el libro.

También funciona de maravillas el Caetano Veloso del exilio londinense con el Miguel Abuelo exiliado en la Europa continental. Pero esto es casi obvio. Como el parentesco entre Palo Pandolfo y Carlos Gardel (por ser dos grandes cantautores, de tremendo peso específico).

Hace semanas que mi hermano intenta determinar cuándo falleció la abuela Aída. Necesita el dato para un trámite (un absurdo, como todo trámite). Indagar entre los familiares de Aída que todavía estamos vivos no resulta remedio suficiente: somos incapaces de arrimarle el bochín al dato. Pienso en mi viejo y sí, puedo acercarme a la fecha de su deceso -gracias a un episodio de la vida que nada tiene que ver con él. Pero con Aída no podemos ni de a muchos. Ella, en sus últimos años, presa de una cruel demencia senil, lo confundía todo. Estábamos sentados en la galería de su casa, una galería que había tenido sus tiempos dorados como toda cosa -pero que precisamente no eran esos, los de los tiempos de la senilidad-. De repente, veíamos que asomaba por el zaguán la figura de mi madre (que no era hija de Aída, pues Aída era mi abuela paterna), allá a más de cincuenta metros de donde nos encontrábamos. Aída, en medio de una excitación de infancia, vociferaba: “¡mirá, mirá! ¡Ahí viene mami!”. Lo decía en el filo de la felicidad y el dolor.

Estoy por terminar de mudarme. ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? Puras convenciones. La respuesta más adecuada sería “de ninguna parte a ninguna parte”. Literalmente. Pero temo a que suene a falsa épica. No porque sea falsa la poca o mucha épica que puedan tener (o haber tenido) mis días. Sino más bien por la lectura que se haga de esto. Porque siempre el que hace es el que recibe (percibe), nunca el que ejecutó lo hecho. Por eso el libro y su banda de sonido solo podrán funcionar en cada uno de los eventuales lectores-oyentes-receptores. Lo otro, lo de la división entre autor y lector, creador y espectador, es una patraña del sistema para poder vender. Pero no volvamos a eso. ¿Cuándo se murió mi abuela Aída? ¿Dónde voy a parar en mi viaje de mudanza de ninguna parte a ninguna parte? Es que dura 1000 kilómetros y, muy a mi pesar, lo haré en coche. Porque tengo que traer “mis cosas” en él, y él -el coche- es una de “mis cosas”. Tiene cuatro ruedas y está cachuzo como yo. Se trata del último objeto que tendré “en propiedad”. Y aquí, en este ninguna parte que no se corresponde en términos burocráticos con el otro ninguna parte donde el coche fue patentado, pasará a la clandestinidad. No más revisiones técnicas que aprobar, no más asuntos que tengan que ver con el control estatal a ser sorteados. Terminará perdido, fuera de toda atadura de “legalidad”. Hasta que resulte un macetero. O lo que se le ocurra a quien encuentre su herrumbroso esqueleto.

Para mí, la liebre es una sola.

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