Música

THE CURE, ESA BANDA DE GALICIA

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Un día como hoy, pero de hace treinta años, sonó el teléfono en la casa de mi abuela Aída. Donde quien suscribe vivía. Tenía yo 19 años y cuando la abuela me llamaba a los gritos (por lo general yo estaba encerrado en mi pieza que quedaba al fondo de la casa, después del patio, escuchando música), me sobresaltaba: en ese entonces solía llamarme una amiga por correspondencia desde Budapest. Lo hacía a diario, aprovechando que trabajaba en la recepción de un hotel de lujo sito en su ciudad natal.
Llegué al teléfono -tras los gritos de Aída- y me sorprendió un “¡qué hacés, Germán, habla José Luis!” El Gallego se reía un poco mientras hablaba, como siempre: era una expresión de su entusiasmo discursivo y vital. Me sorprendió el llamado, pues él andaba de viaje por Europa.
“¡No sabés, no sabés lo que tengo en la mano!”, decía a los gritos y su voz resonaba en el parlante de la parte superior del tubo del viejo teléfono negro a disco. “¡El nuevo de The Cure, acaba de salir, hoy! ¡No sabés lo que es la tapa, una locura!” Y siguió describiéndomela: “De frente es una foto de unos labios, tomados muy muy de cerca, tanto que están fuera de foco; en la contratapa un ojo, también, con la lente metida adentro, ¡zarpadísimo! ¡Es alucinante!” Yo escuchaba boquiabierto, sin haber salido todavía de la sorpresa provocada por el inesperado llamado. “¡Va a gastarse una fortuna en teléfono!”, pensaba yo, mientras el loco había sacado uno de los dos discos del sobre (el primero) y me leía la letra de The Kiss “Kiss me, Kiss me, Kiss me, Your tongue is like poison so swollen it, Fills up my mouth…”
Tratándose de quien se trataba, era probable que hubiese accedido a un teléfono por el cual no pagaba ni un centavo, por alguna singular razón. O no, vaya a saber uno hoy. En ese mismo viaje, el Gallego llegaba a Nápoles justo a tiempo para el partido consagratorio del equipo de fútbol local de la mano de Maradona. Según su propio relato, desesperado porque -obviamente- no había ni una sola entrada disponible, se acercó a un control de acceso al estadio y le dijo, sacado y entusiasta como lo recuerdo de aquellas épocas: “¡soy argentino, soy argentino!” Entonces el control le pegó un grito a otro, transmitiéndole la información y, en menos de un minuto, le calzaron un gorro y una bufanda del Nápoli y lo metieron adentro, casi de prepo.
Ese mismo tipo, que en mi imaginario es parte de una fundamental serie mitológica de mi adolescencia, cuando algunos amigos un poquito más grandes que yo, sin saberlo ellos, oficiaban de guía y modelo (por los discos que tenían, por los recitales que habían visto y veían, por las historias que para contar tenían), ese mismo -decía más arriba- a quien yo visitaba en su casa (de la madre) en pleno barrio de Almagro (la esquina de Humahuaca y Salguero, si mal no recuerdo, en el primer piso: podría describir su habitación a la perfección, llena de tesoros ligados a la música que me apasionaba), me estaba llamando desde París. Porque había salido el nuevo de The Cure y yo era fanático. Porque se lo había comprado y estaba alucinado con la tapa y pensó en mí. Y se sostuvo en el entusiasmo hasta que llegó a un teléfono. Y allí, con el tubo en una mano y el disco en la otra, me lo narraba. Me lo “cantaba” de una manera que nunca hube de olvidar, sin saber en ese momento que semejante acto de arrogancia podía ser ejercido por mi propia memoria, treinta años más tarde.
Escuché ese disco mil millones de veces. Al momento de la llamada del Gallego, habían pasado apenas dos meses (y moneditas) desde que The Cure había tocado en Buenos Aires y yo los había visto por vez primera. Dos shows vibrantes enmarcados por el caos y el salvajismo de una ciudad que se había empezado a sentir viva hacía menos de un lustro. Y a mí ese momento, el de esos dos recitales (17 y 18 de marzo de 1987, alardea mi memoria de soslayo), me agarraban con 19 años.
Decía que a Kiss Me Kiss Me Kiss Me lo gasté, desde que llegó a mis manos y hasta que salió el siguiente, Disintegration. Yo había quedado caliente tras los dos shows de Ferro, sobre todo después del segundo, que habían decidido acortar en media hora por el clima de densa violencia que se respiraba en pleno recital. Y solo quería juntar guita suficiente para viajar a Inglaterra para volver a verlos tocar en vivo. Misión (casi) imposible. Hacía dos años que estaba en la universidad y trabajaba medio día en un estudio contable. Ganaba 36 dólares por mes, más o menos. Digo, unos meses después de aquellos recitales de The Cure en Buenos Aires. Porque el trabajo que había conseguido dos semanas antes de los shows (en una empresa que vendía máquinas de escribir y otros pretensiosos enseres de oficina, ordenando el quilombo contable que tenían en un sótano, por la Avenida 9 de Julio y Córdoba) lo dejé el mismo día en que The Cure había pisado Buenos Aires: junto a unos amigos -también fanáticos de quien hoy es como una tía gorda apellidada Roberto- con quienes nos juntábamos en una galería comercial céntrica para hablar de discos, habíamos decidido a ir al Hotel Sheraton de Retiro. A hacer guardia, para verlos. Para conseguir algo: un autógrafo, una foto, una puteada: lo que fuere. Entonces, la tarde anterior al día indicado, me fui del trabajo como si fuese a regresar. Pero no dije palabra acerca de que no lo haría: me resultaba un detalle nimio. Me fui y renuncié -en silencio- hasta al dinero que se me debía por esos diez o doce días que había trabajado.
Eran épocas en las que recibía discos y videos de afuera todo el tiempo. Y cada VHS de The Cure que me llegaba (con presentaciones en la tele, clips, etc.), lo gastaba. Podía pasar horas enfrente de la tele. Mi viejo estaba aterrado con que yo mirase todo el día a unos tipos que se pintaban los labios. Pánico a que le “hubiese salido puto” (yo creo que el día que volví de ver la gira de Wish con un disco de oro firmado y dedicado por todos los integrantes debajo del brazo, habrá pensado: “este pelotudo ahora se hace romper el culo por estos cinco degenerados”.)
Fue entonces cuando el Gallego me llamó, desde París. Hace treinta años. José Luis sigue por ahí, con sus locuras. Una vez me lo crucé en la aduana de Retiro: fue buenísimo. Yo había aprendido de gente como él mil y una mañas para traer cosas de afuera, cuando “afuera” era un planeta inmenso. Infinito. Y mil años después me lo encontraba en la aduana de Retiro. La vida es un día largo. Larguísimo.
Decía que el Gallego sigue por ahí, lo ubiqué de casualidad hace un tiempo, nos comunicamos a través de otro mito de mi pequeño librito, Diego. Pero creo que todavía nos debemos una juntada, los tres. O tal vez haya ocurrido y yo me la confundo con un sueño. No sé. Lo único que sé es que, en ese gesto, en tiempos cuando los gestos como ese eran puro amor y no esta fantochada de poner el lugar del mundo donde uno está en el estado de Facebook, el tipo grabó la canción más importante de Kiss Me Kiss Me Kiss Me, ese disco doble del grupo de La Coruña, The Cure. Está en mi edición limitada como track oculto.

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