Dislates·Naderías

LA NADA QUE SURCA AL TODO

nada

Me despierto cada mañana tras haber dormido más o menos (bien, mal, profunda o angustiosamente). El enmascarador reza con voz de falsos grillos a la derecha -ruido a noche desfasada-, del otro lado una radio chilla su mecánica de vacío. Tarde o temprano, me incorporo. La rutina del baño y la religión de la vestimenta. Huelo los sobacos de la camisa o remera de la jornada anterior para ver si son aptas para una eventual repetición. Salgo del cuarto, abro las persianas de la ventana que dejo abierta toda la noche. Luego voy hacia la puerta y abro ambas hojas, de par en par. Engancho las cortinas por detrás y dejo que el día entre. Si viene con sonidos, mejor: pájaros, grillos trasnochados, lo que fuere. El rumor del tránsito de automóviles no llega hasta aquí, salvo deshonrosas excepciones. Luego un café acompañado de lo que haya: todo depende de la distancia entre el día de la fecha y la última compra de alimentos. No sucede mucho más que eso hasta que el día cierra su ciclo y comienza el de la noche, que se renueva en la reiteración de otro día. Podrá haber caminatas, conversaciones ocasionales con vecinos y circunstanciales compañeros de camino, podrá haber algún paseo a la ciudad, alguna actividad determinada (visitas a un museo o a una tienda de cosas que uno ya no quiere, pero para con las cuales se mantienen tics nerviosos) o, simplemente, nada. La nada que subyace a todo.

Hay una propaganda que recuerdo haber visto en la televisión, cuando todavía tenía una a mano. Era del Banco Francés. El guión versaba más o menos lo siguiente: alguien se veía involucrado en un accidente de cuyas consecuencias de muerte se salvaba raspando. En medio del shock, y todavía con el aliento entrecortado, pedía ir al Banco Francés. Para que le presten guita con la cual poder hacer eso que siempre quiso, porque acaba de descubrir que, en cualquier momento, podemos morirnos. Siempre me pareció una cosa bien de hijos de puta esa propaganda, como lo es la publicidad en general, ese abominable músculo de la sociedad de consumo a la que solemos someternos sin mayores miramientos. La hijoputez mayor es que, para enviar el mensaje de “loco, endeudate para hacer lo que importa hacer, no seas gilún”, recurren a un eufemismo, a algo socialmente aceptado -el accidente-, una cosa que -a su vez- puede ser asimilada como un chiste o un gag televisivo.

De un tiempo a esta parte supe que ese guión era, además de hijo de puta, cobarde. Porque no resulta menester plantear un accidente del cual se zafa de milagro. Lo que ahí seguramente querían poner era otra cosa, una cosa que resulta inadmisible en el campo del engaño publicitario. Yo rearmé el guión en mi cabeza más o menos así: un tipo o una tipa van a una consulta médica por una dolencia aparentemente sin importancia. Allí se les informa que puede ser algo serio y, al cuadro siguiente, resulta que es algo grave, una enfermedad de la que se mueren casi todos los mortales. Acto seguido, los seriamente enfermos piden visitar un Banco Francés para endeudarse y hacer esas cosas importantes que siempre habían querido hacer (todas las cuales, aparentemente y según esta gente, resultan ser onerosas), antes de que la enfermedad los saque de un mundo que gente como los publicitarios y sistemas sociales que se valen de dicho recurso para funcionar, hacen inmundo.

Hoy sé que nada cambia cuando uno, inesperadamente, avanzó en el guión (en mi versión del mismo). Uno abre los ojos a la mañana y, más tarde o más temprano, se incorpora. Va al baño, se viste, abre la persiana de la ventana que nunca cierra, luego ambas hojas de la puerta. Y no mucho más. No hay viajes extraordinarios, sino más bien alguna caminata cuando el ánimo lo requiere; ni siquiera ocurre la compulsión de -por ejemplo- salir a buscar sexo con desconocidos desenfrenadamente, sino más bien se tiende a tener una conversación inocua y muchas veces agradable con un vecino u ocasional compañero de camino (esos amigos nuevos, benditos sean junto a los pocos viejos que todavía amo); no hay nada extraordinario que se nos imponga entre el hoy y ese último día, por más de que el mismo se nos haya diagnosticado más o menos cercano. Lo que hay, lo que está -sin lugar a duda- es esa nada que subyace a todo. Y el paso de las horas. Inexorables.

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