Música

GUS

rio

La tenacidad del mercado es algo que me repugna y enternece a un mismo tiempo. Es el grotesco criollo capitalista. Si uno mantiene la misma cuenta de correo electrónico por mucho tiempo, digamos una en Yahoo, los mensajes publicitarios de todo tipo no dejan de acumularse. Salvo que se encare el trabajo de ver cómo se desafilia uno de esos partidos políticos compulsivos buscando instrucciones entre las letras pequeñas al final de los mensajes o en las páginas de los mismísimos victimarios, jamás dejarán de llegarnos estos correos de puntualidad religiosa.

También están las publicidades que aparecen a los costaditos de Facebook, o las que ofician de prefacio a casi cualquier video que se nos ocurra ver por YouTube. Algunas de ellas nos dan la opción de saltearlas pasados cinco segundos de su comienzo. Algunos publicitarios (esos genios modernos, pelotudos anacrónicos) han tenido el ingenio suficiente para guionar propagandas donde el protagonista exige bajo amenaza que uno no toque el botoncito virtual que aparece a la derecha y en la parte inferior de la pantallita, ese que nos permite saltearnos el escarnio.

Sobre este entramado, el brazo armado del Gran Hermano que son nuestros aparatos y aparatitos conectados a “la red”, se sabe en todo momento dónde mierda estamos. Así, mis publicidades van cambiando de idioma según yo cambio de país de (in)residencia a medida en que mi deriva sigue desplegando sus innumerables páginas. Todo me parece un horror. Porque, según creo estar observando, este mecanismo que mueve los engranajes del sistema que nos somete, también ha sido adoptado por la gente de a pie. Por las víctimas (que -por lo general- creen no ser tal cosa, sino hombres y mujeres libres). Ahí es cuando me vengo más loco. Cuando encuentro amigos o amigas preocupados por -digamos- la intromisión rusa en la “democracia” “doméstica” de los Estados Unidos, se compenetran en el asunto, toman posición y “hacen política” de iPhone. Mientras tanto, en el llano, en sus relaciones humanas, resultan ser más abusivos e hijos de puta que Obama, Trump, Yeltsin, Putin, Merkel, May y Rajoy juntos.

Todo esto, y en el marco de la enésima repetición de una situación personal delicada, hace que contemple cada vez más entrañablemente la reinvención de un pasado que digo mío. Y así hoy me vinieron a la cabeza las reuniones en la casa de Chirola, acontecidas generalmente los días viernes, allá cuando el colegio secundario. Tratándose de un piso en la calle Zavalía, frente a las Barrancas de Belgrano, el departamento resultaba tan grande que teníamos lugar de sobra para inventarnos un espacio de intimidad y libertad en el seno de una familia de perfil conservador.

Ir a lo de Chirola, para mí, era como irme a otro país, sin necesidad de cruzar frontera alguna. He soñado durante años que estaba en esa casa, de invitado medio colado. Que me quedaba a dormir, o me había quedado. Con o sin permiso. Y en el sueño, invariablemente, me perdía en una casa que parecía no tener límites en tanto a sus dimensiones. Tal fue la marca que dejó en mí esa serie de reuniones que, durante años y años, soñé con el espacio físico donde acontecían.

Chirola no había arrancado el San Román con todos nosotros: él fue un “compañero nuevo” en algún año posterior al primero. Tal vez el segundo. O el tercero. Vaya uno a saber hoy (sin preguntarle a Chirola). La guerra de Malvinas había provocado la repatriación compulsiva de su familia y ahí estaban en el ahora de entonces, en el piso (¿octavo?) de la calle Zavalía.

Mugre, Ernie, Ale, Fabián, Beto, el Chino… Nombres de los concursantes más habituales. Un living inmenso que se dividía en dos (sólo algunas veces lo ocupábamos completamente), un increíble equipo de audio de alta fidelidad marca Grundig, una mesa de pool sin patas que apoyábamos -frazada mediante- sobre la mesa del comedor (esa mitad del living que siempre ocupábamos), mucha madera y cristal y discos, que también oficiaban como testigo de la vida pasada más próxima de Chirola. En la habitación, que compartía con su hermano y que incluía un balcón interno cerrado a modo de escritorio, había algunas cosas colgadas de las paredes que recuerdo bien: un mapa del condado de Surrey y, sobre todo, una acuarela sobre cartulina enmarcada: era la portada del disco de Duran Duran titulado Rio. Era el orgullo de Chirola: le había salido muy bien. Duran Duran, en mi vida, siempre ha sido sinónimo de mi amigo Chirola, quien había importado al pequeño país que éramos ese grupo de compañeros de secundaria, una serie de discos más bien pop, discos muy mal vistos en ese tiempo.

Desde mi pobreza Franciscana, veía a ese puñado de vinilos ingleses como bienes inmuebles. Y me horrorizaba cada vez que daba vuelta la portada para leer algo en la contratapa: Chirola había escrito en todos sus discos un GUS de gran tamaño, con marcador indeleble de color negro. Un recordatorio del propietario del “pisito”, tal vez dedicado a su hermano y hermana. Locuras de chicos. Premoniciones de un mundo adulto que se avecinaba.

GUS en Rio, GUS en Duran Duran, GUS en Friend or Foe, GUS en Lament, GUS en Back in Black (la oveja negra del lote), GUS en Error in the System, GUS en Speak and Spell. Y entre discos usados, tratados como lo que son (bienes de uso de poca monta), nos disputábamos cuál poner a sonar. Mugre y Fabián se resistían al pop importado por Chirola y clamaban por su único refugio: Back in Black. Invariablemente, ante la primera aparición del riff de Hells Bells, Mugre practicaba su “taco de billar-guitar”, espectáculo mucho más digno de verse que el de la sobrevaluada “air-guitar”. “¡Esto es música, Chirola, ¿ves? No esa cosa para maricones que ponés vos”. En cambio, Chirola ni siquiera necesitaba recurrir al híbrido de Duran Duran para esgrimir sus argumentos: con poner Dancing with Tears in My Eyes de Ultravox o cualquier tema del álbum de Peter Schilling, le bastaba. “A mí no me importa con qué esté hecho, a mí me gusta el resultado”, decía en defensa del uso de las programaciones y los sintetizadores. Se planteaba así una lucha ideológica que podía hallar analogías futboleras (Menottismo contra Bilardismo) o políticas (Peronismo contra Gorilismo). Y así mezclábamos todo sin saber de nada. Replicábamos el sordo mandato familiar y el del entorno educativo. Nos aglomerábamos en la confirmación de la visión del mundo que nos iban inculcando. Mientras alternábamos gaseosa con cerveza y, en eventuales raptos de atrevimiento, unas medidas de Chivas que le afanábamos al padre de Chirola. Mi amigo, en una mueca que desnudaba la necesidad de apresurar el camino hacia la cárcel de la adultez, hasta se mal fumaba algún que otro cigarrillo.

Así, mientras se desarrollaban extensos campeonatos de un pool lleno de absurdas reglas de puntuación para asimilarlo a la pasión futbolera que también compartíamos, escuchábamos discos. Y mis favoritos eran los dos de Duran Duran. No sabía bien cuál me gustaba más: si el primero, por los irresistibles Planet Earth y Girls on Film o por la siempre celebrada Friends of Mine; o Rio, que me daba la impresión de ser más sofisticado. Además, Rio estaba sublimado desde la acuarela de Chirola, que se me revelaba como una labor imposible (nunca supe dibujar, ni siquiera calcando). Imaginaba a Chirola ocupando sus horas de ocio recreativo preparando meticulosamente la cartulina, trazando el dibujo, mezclando los colores para que resultasen una reproducción lo más fielmente posible de los reales. Toda esa devoción tenía un efecto sobre mi propia relación con el disco: uno de sublimación. Una sublimación que tenía su correlato en el ritual que asumía Chirola cada vez que la reproducción del disco tocaba a su fin con The Chauffeur: los teclados de Nick Rhodes, el clima a intriga y nocturnidad, la creciente tensión del “sing blue silver” en la voz de Simon Le Bon, el acople de toda la banda con la batería y el bajo, esa falso sicu (que -curiosamente- se nos antojaba un acercamiento a nuestra geografía e identidad, cuando en verdad el sicu -por decisión de lo que nos tocó en suerte en cuanto a cronología, educación y corralito social- nos era más ajeno que el maquillaje de Nick Rhodes), la extensa coda… Todo eso hacía que Chirola, invariablemente, exhalase una especie de suspiro de suficiencia que decía sin necesidad de palabras: “¿Ves, Mugre? Esto es sencillamente superior”.

Hoy, 35 años más tarde, el día es brumoso y los Alpes no se ven. Así como no se vieron durante todos los días de mi vida a excepción de los últimos cuatro. Mientras tanto, sintonizo YouTube en el ordenador portátil que tengo atado con un grillete a uno de mis tobillos (al otro encadeno tableta y teléfono), pongo en el buscador “Duran Duran Rio full álbum” y, tras darle al play, leo en blanco sobre negro: “visitar el sitio del anunciante”, tras lo cual una publicidad me sugiere “non andare a caccia di WI-FI”. Y abajo, a la derecha de la pantallita, leo: “Puedes saltear el anuncio en 5, 4, 3, 2, 1… “

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4 comentarios sobre “GUS

  1. Bajate el AdBlock y sanseacabó (?)
    (El final del coso de The Cure me mojó un toque los ojos; qué sabrán los pibes de ahora (?) de llamadas de larga distancia internacional…)

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    1. Gracias, Olga. Por leer y también por comentar (encima). Es tentador despotricar como un viejo choto (porque en el plano emocional nos sobran motivos para hacerlo). Pero a veces es bueno frenarse y mascar pa’dentro: creo que lo que nos pasa a los de cierta generación ante las nuevas formas que va tomando la vida (mutación continua) no es más que la repetición de un ciclo que -de una forma u otra- se produce desde la prehistoria. Qué sé yo… Pero sí: qué emoción eso de habernos armado universos con las poquísimas herramientas que teníamos a mano. ¡Qué fortuna!

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  2. Gracias por la doble respuesta. Seguro que aun desde antes de los luditas hay viejos chotos que maldicen el ciclo evolutivo. El asunto tal vez pase por que cada nuevo upgrade lo pone en un nivel más y más alejado de la escala humana.
    En mi niñez, el futuro prometía, entre otras cosas, trenes de levitación magnética y chips implantados en el cuerpo para identificarnos. Los trenes creo que en algunos países hay. Los chips no fueron necesarios para que se implanten: con los celulares alcanza. (Igual, yo no tengo celular).
    Saludo grande.

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  3. Gracias digo yo, por las respuestas múltiples. No recibo comentarios aquí, de ningún tipo. Y, ahora que me doy cuenta, media mi aprobación para que aparezcan. Debo revisar eso y desdecirlo. Para que todos aquellos que no comentan, lo hagan libremente, con énfasis y en la inmediatez de lo inexistente. Siento un poco de bochorno por tener celular, realmente. Lo tengo inútilmente, claro: no suena, no nada. Pero un día cedí a la presión de la falsa necesidad y ahí quedé, inerte. Pero esperame, por favor: sé que lo voy a tirar a la mierda un buen día. Abrazo.

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