Dislates·Música

PALO PANDOLFO

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Hay veces en qué no sé qué estoy haciendo, hay veces en que no tengo idea de las palabras que aparecerán en la línea siguiente. Hay veces que imagino demasiado: como una noche primaveral en Nashville saliendo de ver a Dylan (y a Bob Weir, Wilco y My Morning Jacket, todos más o menos olvidables). Todo más o menos olvidable.

Caminé lento, como mi viejo en el futuro. Tanto, que atravesé el espacio entre el Riverfront Park y las calles al sur de Broadway casi sin ver un alma. La idea de vagar por un lugar que suele estar lleno de gente y vida en el momento en que todo es ausencia y muerte siempre me fascinó. Es como recorrer un decorado de vaya a saber uno qué cosa.

Imagino tanto que imaginé un auto japonés verde y viejo. Cual Sai Baba, materialicé la llave de encendido en mi bolsillo, en cualquiera de ellos. Monté el bólido y anduve por debajo de alguna autopista y por calles desiertas. Nadie: es tan inverosímil lo que imagino que no me crucé con ningún otro coche. En un momento dado la calle se llamó Nolensville Road. Porque road es calle en inglés. Lo aprendí de un disco, una vez. No quise poner la radio durante el camino de vuelta, no quise que la lluvia borrara la maldad tan rápidamente. Los compases los marcaban las luces de los semáforos alineando la distancia. Verdes y rojas y breves amarillos. Pigmentación ondulada.

Sentí el volante en mis manos: yo estaba manejando, ¡claro!. Di cuenta de que yo conducía el sinsentido de la vida. En un relámpago impalpable inventé una casa hacia donde iba a comer y a dormir. La inventé ajena y con un gato negro. Así debía ser porque, al otro lado de una avenida, estaba la mía. Recién adquirida. No: no se necesita un permiso de residencia y mucho menos de trabajo (¡cruz diablo!) para hacer tal cosa. Apenas hace falta un poco de dinero (falso) y la convicción de erradicarlo de nuestro sistema por la tubería del absurdo.

Pie-bot, cirugía uno, psoriasis, corticoides orales, hinchazones de falso gordo, mangas largas, 8 M.O.P., P.U.V.A. (y la puta madre que te parió), anteojos de sol en primer año de un colegio secundario, artritis (no, compañeros de fútbol: no eran calambres), dolores, analgésicos no esteroides, pastillas y pastillitas, ungüentos y unciones, momias de polietileno, olores, doctores y curanderos, curadores varios de una enfermedad imaginaria (o sea de todas), endovenosas, intramusculares, inmunosupresores, kinesiología, amenazas de internación, escapes hacia adelante (que queda atrás), anquilosamientos, más dolores, fracturas inminentes, caídas de bruces, percepción permanente del rechazo perenne, mangas más largas y manos escurridizas en bolsillos traseros, traseros escondidos, pudores hipotecados, más cirugías, post-operatorios, aprendizajes de lo postergado hacia una eternidad imaginaria, amor a destiempo, amenazas y gualichos, teatro del absurdo, amantes más papistas que el papa (con mayúscula, que no es un tubérculo), abandonos y fármacos, incontables, indecibles, inefables, prescriptos, quistes, melón-nomás. Ojo, ¿quién da más? Sigo entregando. Pero esa noche que estoy inventando el volante estaba entregado a mis manos, que lo habían desbaratado todo: roto el mundo y el mandato, en mil millones de pedazos.

Llegué a la casa que no era mía pero que habitaba solamente yo: la gata negra me pasaba entre las piernas mientras yo cantaba su nombre; pronto moriría. Cociné algo y comí, subí a mi cuarto que decidí marrón con una ventana que daba al verde de mi tierra natal: la rotura. Ser libre cuesta un loco que está al derecho. El revés del loco al derecho es este mundo de mierda que yo, en un invento afiebrado, había roto en mil millones de pedacitos. Pedacicititos.

El único problema que se me ocurre hay en mis inventos es que les pongo gente. No siempre es como el camino de vuelta después de ver a Dylan en Nashville: por lo general hay gente horrorizada de los pedacitos de loza esparcidos por toda la casa (la mía y la ajena, da igual). Gente que aplaude al acróbata cuando este salta piruetas imposibles, irresistibles. Pero que, ante la primera caída seria, le dicen al que tengan al lado: “qué querés, mirá lo que hizo…” Y se apartan como cobardes, vuelven al corralito de sus vidas. No sin antes levantar el dedito señalándole al loquito sus “errores”, culpándolo de las heridas que ellos mismos le infligieron, reclamándoles el dinero que le deben y no le pagan.

Silencios intempestivos, pases de factura, miserias políticamente correctas. “Ahora se hizo montonero”. Probablemente: las manos en el volante, todavía las siento ahí, sobre el cuero que tapizaba la rueda de conducción. Sigo viendo las luces borrosas a lo lejos, el puente, el cartel del zoológico, el Taco Bell que es donde hay que doblar a la izquierda. Porque todavía voy yendo.

¿Formación nodular? Chieri, me voy a un lugar que se llame Chieri. Como César Aria (César Aria) se fue un día a Brelín. ¡A quién se le ocurre vivir dos años en el mismo sitio! Terminás imaginando una rutina: comprás vino y cerveza en El Corte Inglés y Aldi, tal vez pescado y nueces en Mercadona. Una y otra vez, semana tras semana. Mejor me invento otra cosa: la poronga esa del ecógrafo (la que tiene un glande como los de los desodorantes a bolilla, siempre envaselinados para hacerte el ojete) la agarro yo, como entonces agarré el volante.

A ver, qué puede tener este lugar de ahora… Que se hable un idioma que no hablo más que en sueños. ¡Así me cuesta todo un poco más! Así lleno los baches y los puntos suspensivos con cualquier cosa que se me ocurra en el momento.

Que en la casa haya un escritorito muy antiguo y lindo, en un rinconcito. Que haya solamente luces de pie, en los rincones. Que las paredes se sientan rústicas, que estén sin revocar, que sea como una casa de campo, que todos los muebles sean viejos -no únicamente el escritorito-, también una bañadera antigua, enlozada; que la cocina no tenga alacenas, que todavía no sea invierno pero que se sepa que ya viene (porque siempre viene), con frío, nieve, días adentro que no terminan nunca. Con horas y horas para llenar con nada.

Por ahora nada de coches: que alguien me lleve a un supermercado. Uno horrible como todos los que hay en el mundo, porque son espantosos: nada más parecido a un lúgubre consultorio médico que un centro comercial: ¿para cuándo saqueos a matasanos? Hordas de pacientes que han perdido la paciencia arrasando con la miseria de la consulta, descuartizando al semidiós de delantal y devorando su carne como se deglute una pata de pollo con manos hambrientas.

No me hallo en el supermercado y me apuro: no quiero hacer esperar mucho a quien me llevó hasta allí, a quien digo que me llevó. Algo que comer y dos botellas de vino. Uno que esté bueno y se llame Bardolino. El otro que sea feo: lo voy a agarrar porque una mujer, justo delante de mí en ese instante, se agachará y agarrará una, dos, tres, cuatro y cinco botellas. Las mete ahora mismo en una bolsa de compras y, antes de incorporarse (las botellas están en el estante de debajo de todo de la góndola), me va a mirar: sus ojos me dirían que también estuvo en Nashville, que era una de esas tantas cuarentonas que rebotaban de honky-tonk en honky-tonk, beodas y tan perdidas como yo, como todos ustedes (aunque mañana se levanten para ir a trabajar: porque mañana se levantan para ir a trabajar). No voy a mirar la etiqueta, así que nunca sabré la marca de ese vino acuoso e insatisfactorio. Pero en la puerta de la heladerita de la casita, acabo de inventar una grapa casera hecha por una pariente de la persona que me va a llevar al supermercado. Creo que se trata de un pariente (no le presté mucha atención). Preparada a base de una hierba local, una que abunda por los campos de la zona, una que se llame Genepy. Que el elixir haya sido hecho “per gli amici”. Me la tomo toda, porque el pene del ecógrafo lo manejo yo. Y Dylan me chupa un huevo. A mí me gusta Palo Pandolfo.

 

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