Literatura · Música · Relatos Breves

PERSÉFONE

Perséfone-Mujer-Raíz

No puedo precisar el momento de mi vida a partir del cual comencé a quedarme dormido mientras escuchaba un disco tirado en la cama. Me adormecía, al principio, cayendo a un duermevela al son de la canción que hacía a la ocasión. Creo que no terminaba de pasar al otro plano de manera completa, era como si permaneciera haciendo un gracioso equilibrio al filo de la medianera que desune dos partes de algo. Al recuperar el sentido consciente, el bache acontecido me preocupaba: ¿cuántas canciones habrían pasado desde el último compás que recordaba haber escuchado vigilantemente? A veces movía el brazo del tocadiscos hacia atrás (o rebobinaba la cinta), como quien apuesta en una tómbola universal: hallar el punto exacto del misterioso despegue era, por definición, un imposible. En ocasiones me gustaba pensar que en verdad no me había perdido nada sino todo lo contrario: en esa aparente ausencia habría logrado, tal vez, absorberlo todo; un todo que atesoraba ahora en lo insondable de mi propio enigma. Allí, esa (y cualquiera otra) música sonaría irreconocible. Siempre nueva.

Una vez me hice grabar “Treasure” de Cocteau Twins. En la disquería Tabú, en la Bond Street abajo, a mitad de pasillo o algo así. Y a algo así debe sonar la música atesorada en las profundidades de un nosotros mismos, cada vez que caemos dormidos mientras los surcos continúan con su chirria. Sí, suenan exactamente así, como yo sentí a “Treasure” la primera vez que lo oí en ese casete que me había hecho grabar por el disquero de barba prolija y ojos lejanos: “no, no puede ser por la calidad de la cinta” (me dije en un vano intento de darle sentido a la extrañeza del sonido), mientras sonaba “Ivo”. Es que había comprado un TDK. Cosa rara, porque nunca tenía suficiente dinero para los casetes buenos. Pero “Garlands” (que me había grabado un pibe de San Isidro a quien conocí en la disquería Rock ‘n’ Roll de Cabildo y más o menos Roosevelt -a esta altura de la Adrián Suaré se me mezclan las calles con nombres de próceres para tilingos y, además, me falla la conjugancia-) me había gustado tanto que no podía permitirme tener grabado este otro en una cinta de mierda. Así y todo, la sonoridad del tercer álbum de Cocteau Twins me resultaba extrañamente hueca, casi vacía.

Ansioso, a la altura de “Persephone” metí stop y di vuelta el casete para comprobar si del otro lado la extrañeza sonora permanecía. Y claro que sí lo hacía, así que volví a dar vuelta lo que ya había dado vuelta oportunamente y retrocedí la cinta hasta el comienzo. Le di play una vez más y me recosté sobre mi cama, que alguna vez había sido la cama de la abuelita Luisa. Nunca supe por qué yo también le decía abuelita cuando en realidad se trataba de mi bisabuela. Yo la recordaba muy alta para diminutivos, aunque tal vez la altura a la que yo la veía de niño era una muy menor a la que ella había llegado en otros tiempos, antes de ser bisabuela y mía. Me recosté entonces en ese colchón de lana tan viejo como sólido, en esa cama alta de respaldar blanco. Aspiré profundo todo el olor a humedad de la piecita al fondo del patio de la casa de mi abuela Aída (hija de Luisa) e “Ivo” volvió a sonar, ensayando el ruego por una familiaridad duradera.

Pero no, no puedo precisar exactamente en qué momento de qué canción me paré por primera vez en el abismo de esa medianera que divide la vigilia del sueño, la luz de la oscuridad, la vida de la muerte.  Al menos sé muy bien que lo hice porque, con el tiempo, se me tornó una costumbre. Una costumbre que me fue dando cada vez menos culpa, cada vez menos preocupación, cada vez menos temor. Pues supe que esas canciones (junto a todas las demás) se depositaban en un plano inalcanzable, allí donde las cosas se oyen a pesar de todo.

Un día (o una noche), cuando esté con alguien, le voy a pedir que por favor le dé al play únicamente después de que me haya dormido.

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