Relatos Breves

LA NIÑA QUE NUNCA DUERME

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Afortunadamente nunca sabemos qué nos puede pasar cuando salimos de la rutina y nos permitimos andar caminos raramente transitados, esos lugares de un nosotros mismos que no solemos visitar por la manía de auto-imponernos limitaciones que niegan la soberanía del misterio que albergamos.

Salimos de Milán un mediodía con una amiga a quien acababa de conocer, apenas cinco minutos antes de subirme a su coche. “Nunca te subas al coche de un extraño”, reza uno de los más difundidos mandatos que los mayores infligen a sus niños. Y lo único interesante de los mandatos, como todo el mundo sabe, reside en el desafío de desoírlos.

El sol se iba abriendo paso entre las nubes a medida en que nosotros salíamos de la ciudad abriéndonos paso entre suburbios. Prontamente estuvimos en el campo. Allí, en la Lombardía profunda, las personas de ciudad -habituadas a un dibujo más o menos cuadricular- comienzan a flaquear en cuanto a noción de ubicación. Con cada kilómetro que andábamos, más nos adentrábamos en una incertidumbre cartográfica.

Buscábamos la casa de campo donde se reunía el grupo de senderismo al que nos sumaríamos para caminar los bellos paisajes lombardos, ascendiendo y descendiendo colinas y montañas más o menos prominentes, en la búsqueda de balsámicas vistas panorámicas. Pero no hay nada más fácil para una casa de campo que esconderse entre las lomadas y meandros de Fracchia-fracina, la pequeña localidad de la provincia de Cremona. Un pueblo agrícola tan pequeño como antiguo, perteneciente a la comuna de Spino d’Adda.

El asunto es que a Fracchia-fracina nunca le agradaron las reuniones multitudinarias: al momento de la unificación de Italia, en 1861, apenas contaba con 261 habitantes que, por alguna razón, jamás se habían reunido en grupos mayores a tres o cuatro docenas de personas. Resultaba lógico, entonces, que el pueblo le anduviese escondiendo aquella casa de campo a unos senderistas que planeaban reunirse allí en número cercano al centenar.

Finalmente, y tras consultar con algún que otro lugareño, dimos con el lugar de encuentro. Lo observamos desde el coche, sin bajarnos. A través de la ventanilla preguntamos a una mujer si, efectivamente, esa era la casa en cuestión. La respuesta fue afirmativa. Llamaba la atención que casi no hubiera gente, habiendo sido la convocatoria tan numerosa. La explicación, como siempre, era simple: los que habían arribado antes decidieron dar un paseo. Hubiese sido ridículo no hacerlo, considerando la belleza natural circundante.

Sin necesidad de bajarnos del coche –ni detener el motor- partimos a nuestro propio paseo por las colinas lombardas. Atravesamos el Condado de Lodi (l’Ager Laudensis en la era Romana, un territorio rural perteneciente a Laus Pompeia), delimitado desde antes de siempre por los ríos Adda, Po, Lambro y Muzza, al este, sur, oeste y norte, respectivamente. El día era definitivamente precioso y el ronroneo del motor nos llevaba en un hechizo de horas de siesta.

Nos fuimos perdiendo entre los sinuosos y estrechos caminos de tierra que se reproducían con voracidad y por doquier. Todo parecía mágico: tras dar un pequeño giro a la izquierda (o a la derecha, dependiendo desde donde usted lo pueda estar observando), nos cruzamos con una caravana de antiguos automóviles de colección, todos de la marca francesa Citroën. Los había de muchas de las décadas del Siglo XX y de los todos colores (aunque predominaba el turquesa). Los conductores se aferraban orgullosos a los volantes con manos enfundadas en guantes de conducir y rostros ocultos tras anteojos de sol de los más diversos diseños. Les hicimos lugar corriéndonos a una pequeña franja de tierra plana que milagrosamente encontramos a un lado del angosto camino. Nos quedamos observándolos, atónitos, como quien no puede quitar los ojos de una aparición fantasmagórica.

Anduvimos sin parar durante un tiempo cada vez más difícil de determinar. La belleza resultaba abrumadora. La soledad de nuestro coche (que visto desde la luna no era más que una hormiga transitoriamente separada de su colonia) nos otorgaba libertades divinas: nos deteníamos en medio del camino, sin necesidad de colocarnos a un costado, abríamos las puertas de par en par y salíamos a inflarnos el pecho con el aire siempre puro, indómito y eterno de los Longobardos.

La panorámica se desplegaba en toda su magnificencia: lomadas que subían y bajaban hasta el horizonte y más allá, en una infinita cadencia de verdes (del agua a la esmeralda). Los trigales se mecían en gentiles toboganes. Las plantaciones de heno y los cerezos resultaban deslumbrantes. El cielo, en su parsimonia de azul y algodón, había sido implacable testigo de la desvergonzada maravilla de esas tierras, cuya bendición agrícola fue impulsada por las siempre puntuales lluvias, en concomitancia con el paso lombardo que el Po despliega a mitad de camino entre los Alpes y el Adriático, sin olvidar el sistema de regadío que -en la Edad Media- un tal Leonardo ayudó a diseñar.

Dominados por la intuición que se había sentado en la parte de atrás del coche sin pedir permiso (viajaba acodada entre las dos butacas delanteras, asomando su despeinada cabellera entre mi amiga y quien les narra, obsequiándonos sus silenciosas sugerencias a troche y moche), subimos por un camino que conducía a un pequeño castillo: otros coches, como visiones, aparcaban en los alrededores de la muchas veces centenaria construcción de piedra. Entramos como dos extraños, temerosos de ser descubiertos en una fiesta a la que –aparentemente- no habíamos sido invitados.

El hambre, que habíamos incubado durante el sempiterno discurrir de la travesía, nos precipitó al Castello di Montesegale justo cuando -en el marco de la inauguración de una muestra de arte moderno- se desplegaba un espectacular banquete regional: una larga mesa vestía de blanco ofreciendo vinos, aguas, refrescos, cerezas, pan, quesos y embutidos de la región (¡Il zampone! ¡Il cotechino!). Una felicidad infante nos hacía cosquillas y reíamos a carcajadas, rápidamente integrados al extraño convite.

Entre todas las cosas que componían el banquete, lo que se nos hizo irresistible fueron las cerezas. Corríamos tras las bandejas que las contenían, esquivábamos gente salticando una rayuela imaginaria y nos manchábamos las yemas de los dedos de un rojo furioso a punto tal que, por más que fuesen chupadas una y otra vez, permanecían teñidas con la sangre de estación.

Todo (es decir, vaya a saber qué cosas) nos causaba más y más risa. ¿O acaso solamente era la serie de obras de arte moderno exhibidas en uno de los salones lo que nos divertía tanto? Éramos dos niños riéndose de los adultos y su tonta vocación por la seriedad serial. ¡Todos los cuadros eran espantosos! Exudaban ese afán de los mayores por imitar a los niños, ¡se les notaba mucho! Nos reíamos porque siempre resulta difícil entender cómo los adultos, que oportunamente se apuraron para abandonar la infancia, terminan anhelando el imposible regreso al paraíso. ¡Qué horribles eran los cuadros, qué magníficos los embutidos!

Y las cerezas… ¡Las cerezas! De tan frescas, parecía que serían arrancadas del árbol una vez que estuvieran salticando en la rayuela imaginaria de nuestras pequeñas barrigas. Las tomábamos del grácil tallo y las engullíamos en medio de inagotables ataques de risa. Las carcajadas se abrían paso con tanto ímpetu que, en un momento y al unísono, nos atragantamos y tosimos en medio de las risotadas: ¡ambos nos habíamos tragado sendos carozos!

Una vez nos aseguramos que la existencia de cerezas se había agotado, nos dispusimos a regresar al coche. Saliendo del Castello di Montesegale, notamos una extrañeza agradable. Yo la atribuía al estado catatónico al que puede inducirnos un banquete semejante.

Ya en el camino, el sol se había ido a descansar detrás de las colinas y la luz comenzaba su siempre cambiante rutina de difuminación hacia el corazón de la noche. La panzada había sido tal que –aparentemente- habíamos perdido el artilugio de la palabra: el único sonido que acompañaba al del motor era el de nuestras risas que, siempre cómplices, estallaban entre los silencios. Mientras, en el asiento trasero, la intuición se hacía la dormida.

Al arribar a la casa de campo, mientras la noche incipiente no había terminado aún de cambiarse toda la ropa, nos descubrimos en medio de otro ágape culinario. Uno aún más multitudinario que el del castillo. Los hombres, mujeres y niños parecían brotar de las paredes, a un lado y otro de la pequeña calle de tierra donde se encontraba la casa (que consistía de dos bloques separados: uno, la vivienda en sí misma; otro, sobre el lado opuesto del camino, una especie de casa de huéspedes a medio construir).

Todo comenzaba a revelarse extraño, en el sentido de una ensoñación. Dos enormes barbacoas habían sido encendidas al tiempo en que un viento de brioso vozarrón se escurría por entre las colinas y levantaba portentosos torbellinos de chispas. Instintivamente me puse los anteojos de sol, ya en medio de la noche: algo me llamaba a cuidar los ojos del furor de los chispazos, como si estuviesen destinados a ver algo de vital importancia.

Como en los sueños, las escenas se sucedían sin una organicidad perfecta. Se presentaban como si se tratase de una película reconstruida a partir de la pegatina de los retazos sobrevivientes a la inclemencia del paso del tiempo. Me sorprendía una y otra vez en medio de conversaciones que se daban en idioma italiano, lengua que yo podía comprender perfectamente, aunque me resulte poco menos que imposible hablarla con fluidez. Todos eran amables y cálidos. Un hombre de unos cincuenta años se mostraba inteligente, locuaz y articulado. Se charlaba de actualidad, de política o -mejor dicho- de sociología. Aplicada a la realidad que se vivía. En Italia, en Europa, en el mundo. Un mundo que, finalmente, se había configurado en una pequeña aldea a la cual, sin embargo, se insistía en organizar y gobernar como a un planeta partido en irreconciliables fragmentos.

También estaba este muchacho, de pelo un poco largo (que descansaba en sus hombros) y abultadamente enrulado. Se me antojaba como la posible versión joven del hombre del párrafo anterior. Era menos locuaz, tal vez porque cuando jóvenes acudimos más al llamado de la acción que al de la palabra. Decía poco, pero eso poco que decía resultaba tan atinado como lo mucho que decía el hombre de cincuenta años.

A esta altura de la velada me había percatado de otro detalle extraño, uno mucho más concreto que el de la lluvia de chispas desatada por el vozarrón que el viento impulsaba desde allende las montañas: no conocía los nombres de las personas. Aún a sabiendas de que, al serme presentadas, se me los debió haber comunicado: los ignoraba. Ni siquiera podía afirmar que los había olvidado: era como si nunca los hubiese sabido.

Asimismo, noté que no podíamos hablar entre mi amiga (cuyo nombre también parecía desconocer por completo y ¿viceversa?) y yo. Sólo podíamos cruzar de tanto en tanto nuestras miradas y sonreírnos, con la complicidad de dos niños que saben que están jugando en un plano secreto, mientras conviven con los adultos. El artilugio de la palabra sólo estaba vedado para su uso entre nosotros, pues –individualmente- podíamos ejercerlo para con los demás. Todo se revelaba como un juego secreto entre críos que se ríen del mundo adulto al que –más tarde o más temprano- se verán arrastrados.

Una pareja hablaba de Uruguay. Era difícil que dijeran algo, o que terminaran una sola oración, sin incluir el nombre del país sudamericano. ¡Resultaba asombroso! Difícil de lograr, si se tiene la intención de hacerlo. ¡O más bien imposible! Sin embargo, que Uruguay esto y lo otro, que en Uruguay tal cosa y tal otra, que las casas en Uruguay esto y que en Uruguay los impuestos lo otro. ¡Qué risa! Eran dos italianos enamorados de Uruguay (o más bien obsesionados con “el paisito”), casi del lugar de donde yo venía (de la orilla opuesta del ancho y turbio Río de la Plata). Hablaran de lo que hablaran, no podían evitar mencionar al exótico y lejano lugar. “Porque en Uruguay…”, continuaba uno de los dos al otro, indistinta e indefectiblemente…

Una niña, mientras tanto, no paraba de jugar ni por un segundo. Había muchos niños y niñas en el lugar. Todos, naturalmente, jugaban. Aunque no en el continuo inquebrantable que parecía estar practicando esta niña. Jugaba con sus pares -los infantes- y también con los adultos: lo hacía con fluidez tal, que parecía conocer dónde estaba el eslabón perdido entre adultez e infancia.

Las horas pasaban bajo el manto de estrellas. El fuego de las parrillas era ya un estertor nocturno; las salchichas y la carne asada -las ensaladas, los pasteles, el vino y el agua-, un recuerdo tan cercano como vago. La música (que no había dejado de sonar desde que llegamos) subía su volumen súbitamente y algunos salían a bailar con la niña, que no daba tregua. Hicieron el baile del limbo y la nena –incansable- parecía un gigante capaz de arquearse hacia atrás lo que fuese necesario para pasar por debajo de un palo colocado casi al ras del suelo. ¡Era un auténtico prodigio!

De uno en uno, el centenar de personas que conformaban el grupo fueron retirándose a descansar. Cuando nos dispusimos a hacer lo propio, se nos hizo difícil encontrar un espacio libre donde poner nuestras bolsas de dormir y reposar. Las habitaciones estaban completas (no solo las camas que había en cada una de ellas, sino además cada palmo de la superficie del suelo), como también lo estaban los espacios habitables de la casa de huéspedes a medio construir. Finalmente, logramos acomodarnos en dos pequeños huecos que hallamos libres dentro de la cocina.

La mañana fue despuntando a medida que las personas abandonaban sus improvisados lechos: primero lo hicimos aquellos que habíamos yacido en el suelo, ansiosos de abandonar lo hostil. Debo haber sido uno de los primeros en amanecer, pues, en las mencionadas condiciones, no había podido pegar un ojo.

Me asomé a la puerta de la cocina y vi que estaba lloviendo. Atravesé la puerta y salí hacia un día gris. Me quedé parado debajo del angosto alero, haciendo lo imposible por evitar mojarme.

A media mañana me encontré dentro de la misma cocina en la que muchos habíamos intentado el descanso infructuosamente: el ambiente había recobrado vida. Era la primera vez que amanecía junto a un grupo numeroso de bulliciosos italianos: “¡Eh! ¡La mermelada!” “¡La manteca, dame la manteca! Dai!”, se pedían el uno al otro desde los puntos más distantes de la amplia cocina-comedor. Así, intercalaban nombres de comidas (que todos habían llevado para compartir), bromas de tinte sexual (hechas principalmente por los varones, aunque no faltaba la mujer que los retrucaba con vehemencia aún mayor) y planes para la jornada de senderismo que se veía amenazada por una lluvia cuya promesa de cese resultaba poco creíble. Era como estar en una reunión grande de mi casa de infancia en Buenos Aires, elevada a la enésima potencia. Hasta esa mañana, pensaba yo que sabía de grandes reuniones familiares, esas que de tanto en tanto ocurrían cuando niño (especialmente las de Navidad y Año Nuevo), cuando toda la parentela que no se había visto durante el año se juntaba en un cónclave de bulla. Pero no: una mañana en Lombardía, encerrado en una cocina con no menos de treinta y cinco italianos e italianas gritando en simultáneo, era la verdadera reunión familiar total. Descubría que lo experimentado durante mi infancia argentina no era más que una tibia reproducción de la cosa real, apenas una pálida versión de eso que estaba viviendo. La italianidad de los que se fueron a Argentina se había diluido en el cruce del Océano Atlántico (y en la feliz mezcla con españoles, franceses, alemanes o lo que hubiera a mano). ¡En cambio esto era vino sin soda!

Con el regreso del sol, al despuntar el mediodía, nos dispusimos a pasear por nuestra cuenta, abandonando la idea del senderismo colectivo. Pero antes de que pudiésemos completar el primer par de kilómetros bajo la severidad de un sol siempre nuevo, decidimos desandar el camino en vistas de reemprender la travesía abordo del coche.

Buscábamos el río, para sentarnos a su orilla bajo la sombra que nos brindara algún árbol piadoso. La extrañeza de la ausencia de la palabra entre nosotros, a esta altura, se había naturalizado. La comunicación con mi amiga resultaba fluida y orgánica, aún en ausencia del artificio verbal. Era algo que respondía a una lógica propia de los sueños, donde sabemos quién es el otro, aunque su nombre jamás sea mencionado, cuando decimos y oímos sin necesidad de que medien las palabras. Así íbamos -una vez más- en el coche, hasta que aparcamos a un costado del camino en la seguridad de que la orilla del río se encontraba a vuelo de pájaro.

Entre el tobillo dolorido de ella y mi ojo chamuscado, iba una renqueando y el otro cubriéndose los ojos de la severidad solar, caminando por terrenos fangosos debido a la lluvia torrencial que había parado no hacía mucho. Nos deteníamos para observar a lo lejos y, ni bien teníamos una buena pista acerca de dónde podía estar escondida la orilla del río, reemprendíamos la caminata en la dirección que habíamos considerado la indicada. Pero llegábamos al mismo punto ciego, una y otra vez. A partir del mismo, repetíamos la escena una vez más, y luego otra, y otra… Como Laurel & Hardy. Mientras tanto, el sol y el terreno pantanoso se desternillaban de risa en nuestra cara y a nuestros pies.

Tras superar una especie de ciénaga voraz y practicar indecibles malabares para evitar la caída tras una enésima patinada, luego de atravesar un terreno pedregoso lleno de malas hierbas que no cesaban en el intento de darnos tarascones en los tobillos y pantorrillas, vimos –a lo lejos- un río corriendo exangüe. Se podría decir que la imagen era la de un espejismo en reversa: probablemente allí habría un río caudaloso con una orilla amable y una hilera de frondosos árboles. Pero por algún truco de poderoso efecto óptico, veíamos un hilo de agua en medio de un pedregal impiadoso e imposible. Alrededor, arbustos pigmeos sobrevivían a una mar de malas hierbas. El sol era furia bermellón.

Vuelta al coche.

Anduvimos sin rumbo a la búsqueda de un lugar donde descansar, rezagados de la tarde que no dejaba de avanzar. Sentimos hambre y entramos a un pueblo en la búsqueda de un almacén abierto donde comprar provisiones. Una vez lo hubimos hallado, vimos unos panes promisorios. Los llevamos, junto con un pedazo de queso. Y de regreso al coche, a la vieja búsqueda de un páramo que contase con una buena vista panorámica desde donde poder engañar un poco al estómago mientras los ojos, ante la visión de la grandiosidad del paisaje, le otorgasen al alma un poco de sosiego.

Pero todo resultaba esquivo: cada uno de los borgos a los que entrábamos estaban desiertos. Todas las casas, cerradas; los caminos, intransitados; parecían pueblos-fantasma. En uno de ellos logramos llegar hasta la pequeña capilla que se erigía sobre la cúspide del villorrio. Era un lugar precioso, pero el sol resultaba abrasador. Descendimos entre la incomparable belleza de unas casitas ausentes, dimos giros y contra-giros y nos detuvimos ante una imagen que se reveló pura metáfora: sobre el muro lateral de una casa de tres pisos muy antigua -pintado de color amarillo-, nos quedamos boquiabiertos ante un antiquísimo cuadrante solar, que nos contemplaba en la pequeñez y fugacidad de nuestro paso. Era una placa de piedra rectangular imponente. Una inscripción latina tallada en su base nos insinuaba la clave secreta capaz de desentrañar cualquier misterio: TEMPUS FUGIT VIRTUS MANET.

En el más absoluto de los silencios, nuevamente andando en el coche, descubrimos la inminencia de un castillo en la bifurcación que el camino remontaba a nuestra derecha. Aparcamos y nos acercamos a una pizarra sobre la cual había clavados algunos letreros. Uno de ellos anunciaba actividades diversas en un pueblo cercano; en otro se ofrecía comida rusa (pero, curiosamente, no había indicación alguna sobre dónde se encontraba la posada donde comerla). Un tercer cartel decía que el castillo se encontraba abierto al público. Una vez allí, naturalmente, encontraríamos un espacio donde descansar nuestros cuerpos y comer el pan y el queso ante una hermosa vista panorámica. De todos modos, era una pena que no hubiese pista alguna sobre la ubicación del restorán de comida rusa: el hambre que sentíamos sobrepasaba ampliamente las posibilidades del pan y el queso que habíamos comprado vaya a saber cuánto tiempo atrás.

No habíamos dado ni una docena de pasos emprendiendo el ascenso hacia el castillo, que una voz imperativa a nuestras espaldas nos frenó: “¡Deténganse! ¡No se puede visitar el castillo!” Giramos y una mirada rigurosa nos abofeteó. “El castillo está cerrado”, dijo parcamente una mujer de aspecto pérfido y carácter intransigente. Su sola presencia resultaba intimidante. No era necesario que nos dijese palabra alguna: de haberse interpuesto de frente en nuestro camino, su sola presencia hubiese resultado suficientemente disuasiva. El Castello di Oramala nos estaba vedado.

Vuelta a dar vueltas en el coche. Las risas y carcajadas, signos audibles de nuestra onírica comunicación, dieron paso a un silencio de cansancio extremo. Convinimos mentalmente que nos detendríamos en un paraje donde una arboleda ofreciera algo de piedad en su rotura de luz y sombra. Una vez allí, ella se recostó sobre un banco mientras yo encontré una pizca de sosiego tumbado sobre un mesón de roble al otro extremo del pródigo rincón umbrío. Sin posibilidad de vernos el uno al otro, supe que ella también había cerrado los ojos. Como si estuviésemos conectados a algo mucho más profundo que la materialidad del mundo.

Nos levantamos al unísono para reunimos alrededor de la bolsa de papel que contenía el pan y el queso. Ella partió el pan con sus manos, pero la faena resultaba titánica: la hogaza se estiraba en su textura, como negándose a ser partida y compartida. Nos causó mucha gracia y nos reímos a carcajadas. Del pan y de nuestra extraña suerte en esa especie de espeso embeleco en el que ingresamos tras abandonar el banquete en el Castello di Montesegale. Nuestros estómagos crujieron palabras impronunciables y nos montamos al coche, abrazando la deriva con la que ya estábamos familiarizados.

Un cartel de latón blanco pintado con letras rojas llamó nuestra atención: Pappa e Cena, Cucina. Dos flechas dibujadas con trazo sutilmente tembloroso invitaban a subir una calle peatonal muy empinada. El coche se detuvo y me bajé, dispuesto a comprobar qué podía encontrarse si uno seguía la dirección sugerida por las flechas rojas del letrero. La calle daba varias vueltas, todas muy pronunciadas. Desde el agotamiento físico que experimentaba, fue fácil admitir que el enorme esfuerzo del ascenso sólo podía resultar fecundo si allí arriba ocurrían milagros.

Una vez en la cima, me costó mucho encontrar un lugar que pudiese ser Pappa e Cena, el restaurante prometido. Sólo había algunas pocas casas y nada en ellas hacía suponer que allí se pudiera dar de comer. Pasé una y otra vez frente a cada una de las viviendas y me detuve una vez más frente a la primera de todas. Su puerta se abrió. Un hombre, una mujer y una niña salieron: exhibían en sus rostros el rictus que suele tenerse durante los días recreativos, se los notaba satisfechos. “Es acá”, me dije. Golpeé la puerta y esperé a que se abriera nuevamente: una mujer de rostro límpido y ojos vívidos me dio una bienvenida tan amorosa como clamorosa. Recordé en su rostro que las arrugas bien llevadas podían resultar una feliz acumulación de la vida. Le pregunté si allí era Pappa e Cena; respondió tomándome las manos mientras pensaba en decirle que estaba con una amiga a la que debía ir a buscar. No sé si debido al efecto del sol abrasador o si por mera acción de la distracción que me caracteriza, antes de que pudiera decir una sola palabra, la mujer me imploró con alegría: “¡ve a buscarla!”

Descendí la sinuosa calle hasta un punto desde donde el coche quedaba a la vista. Levanté y agité los brazos en señal de confirmación de haber encontrado –finalmente- un lugar donde comer.

Cuando estuvimos frente a la puerta de Pappa e Cena, sentimos temor de que -al abrirla- todo resultase un espejismo y que del otro lado no hubiera nada. Una vez dentro, comprobamos lo contrario. La mujer nos brindó una bienvenida de calidez inusitada. Un hombre nos condujo a una mesa que se encontraba en el rincón de una pequeña habitación. Junto a la misma, se abría la perfecta cuadratura de una ventana con vista a un paraíso no solamente lombardo: podía verse mucho más allá de sus límites posibles, era posible contemplar desde allí el Piamonte entero. ¡Si hasta podíamos divisar la ciudad de Grenoble en todos sus detalles! ¡Con apenas una pizca de imaginación podían adivinarse los contornos sucesivos de Cularo y Gratianopolis, el reino de Borgoña y el germen de la Revolución Francesa!

Nos miramos a los ojos y comprendimos casi todo: estábamos ante la revelación del porqué de nuestro extraño derrotero que, en nuestro lienzo emocional, venía tiznándose desde tiempos inmemoriales. Habíamos encontrado una mesa junto a una ventana que contaba con la mejor vista panorámica que jamás nadie pudo haber imaginado. Además, frente a nosotros, un hombre altísimo, calvo y exótico con un guiño afable, nos comenzó a contar lo que tenía para comer.

Presa de un indescifrable hechizo y vibrando en una intensidad misteriosa, el hombre parecía estar desplegando en sí mismo una fábula atelana. Explicaba con una pasión y nivel de detalle asombrosos cada uno de los platos que tenían para ofrecernos. Pero no se limitada a mencionarlos, ni en indicar alguno sus ingredientes: se arrojaba con vehemencia a una narración proustiana sobre todo el proceso de preparación y aún más, contaba la historia de cada una de las hierbas que utilizaban para cada plato, así como daba detalles acerca de la maceración a la que las sometían para lograr ciertos jugos con los que preparar las salsas; nos hablaba sobre el proceso de crianza de las aves de corral que tenían en su granja… Su discurso era la pasión hecha verbo y nos adentraba en esos mundos inacabables que uno, de pensarlos, siempre los imagina ajenos. Él, sin embargo, no conforme con darnos de comer sentados a una mesa con vista elísea, desplegaba ante nosotros una infinitud de revelaciones.

Una vez concluyó su homilía, entendí que se trataba de un genio. Mirando a mi amiga dije: “vamos a querer todos los platos, Walter”. Torcí mis ojos hacia el rostro de nuestro formidable anfitrión y continué: “Que vayan marchando como lo consideres apropiado”. El hombre exhibía una sonrisa de plenitud y, asintiendo, preguntó sin esperar una respuesta (pues la conocía): “¿van a beber nuestro vino tinto?”. Miré una vez más los ojos de mi amiga y Walter se retiró.

“¿Walter? ¿Walter? ¿Cómo supiste su nombre?”, preguntó ella sin que ninguno de los dos mencionáramos el hecho de que el uso del artilugio de la palabra entre nosotros había regresado. Así como no habíamos objetado su veda, tomamos con total naturalidad el regreso de la palabra como una herramienta más al servicio de la corriente comunicativa que experimentábamos.

Me reí: nos miramos a los ojos y nos reímos. Entre carcajadas le dije: “¡No sé! ¡Walter!”, mientras el mencionado ya estaba vertiendo el prometido vino tinto en mi copón. Tras el ritual de probar y aprobar el vino (que siempre me resultó odioso, aunque no esta vez: resultaba parte de un juego de niños, como si estuviésemos todos jugando a la comidita), ambos copones fueron regados adecuadamente.

Una vez a solas, tras contemplar en silencio el imperturbable esplendor que se desplegaba del otro lado del ventanal, dije: “qué hombre extraordinario, ¿lo notaste? En su pasión y entrega vive un genio atemporal. Este hombre es Leonardo, Virgilio, Botticelli, Caravaggio… ¡El que quieras! ¿Viste cómo entrecerraba los ojos mientras se desintegraba en la exaltación narrativa? ¿Percibiste esa entrega absoluta, sin condicionamientos? Todo indicaba que nuestro papel, en el prodigio de este aquí y ahora impensados, era aceptar la totalidad de lo que se nos ofrecía, sin miramientos. Del mismo modo y en igual intensidad con que el convite fuera expresado. Desde que Luigia me recibió tomándome de las manos y rogándome que te fuera a buscar, supe que la amaba, y que amo también a este hombre, amo este episodio y a todos sus actores”. Ella asentía sin necesidad de hacerlo, pues -de alguna extraña manera- todo lo estábamos diciendo entre los dos, al unísono, sin importar por qué canal pasaban las palabras. Era irrelevante que de mi boca saliera la articulación verbal: la comunión profunda con la experiencia y con nosotros mismos era lo que primaba y subyacía a todo.

Obviamos el enigma de conocer el nombre de la mujer sin haberlo preguntado ni escuchado involuntariamente: los misterios eran tantos, que el único camino posible para su resolución consistía en ignorarlos mediante un proceso de naturalización. Y nos reímos, una vez más nos reímos recordando la pasión de Walter y la impronunciable variedad expresiva de su rostro ante cada palabra de su liturgia.

Entre carcajada y carcajada, levanté la vista del mantel blanco y busqué los ojos de mi amiga. La sorpresa de la visión de una niña me paralizó. Mi pensamiento, montado a un refucilo, viajó hasta la niña de la casa de campo, la niña que nunca duerme. La niña sentada a la mesa ante mí derramó unas lágrimas sobre su angelado rostro que no era más que la sublime manifestación de todo lo bello. Le tomé las manos, como me las había tomado Luigia. Y con los restos de dulzura que encontré en mi corazón transido, le dije que no llorase, le rogué que no sufriera. Le aseguré que todo estaría bien.

Walter está de regreso, esta vez junto a Luigia. Tuve la sensación de que habían estado observándolo todo, con suma discreción. Me invadió la certeza de que siempre habían estado observándolo todo, sin necesidad de otros ojos más que la sabiduría encarnada en ambos.

Pensando en la gracia y la risa que nos había causado Walter al recitarnos su Eneida culinaria, se nos ocurrió pedirle por favor si nos la podía repetir, pues era una obra deliciosa que siempre provocaría alegría a nuestros corazones. Él, de modo automático, procedió a concedernos el deseo. Y justo en ese momento presenciamos el más maravilloso portento, prodigo de todos los prodigios: mientras Walter replicaba con exactitud toda la inmortal literatura cifrada en los platos que habían cocinado para la ocasión, en un plano paralelo y simultáneo, nos fue revelando las claves sobrehumanas que explicaban –al menos parcialmente- todas las rarezas a las que nos habíamos amoldado durante las últimas horas. Walter, en su exposición paralela, nos informaba sobre cómo y por qué los acontecimientos nos habían hecho parte de un universo taumatúrgico.

“Casi nadie entra ya al Castello di Oramala. La mujer hosca que los ahuyentó es una bruja. Odia a los niños y, cada vez que puede, secuestra alguno. Ella habita el castillo junto a muchos fantasmas. Encierra a los niños que rapta en distintos recovecos que hay allí, por todas partes: en la torre, en las celdas subterráneas, las habitaciones de la servidumbre… Todo tipo de ruidos pueden oírse en el castillo: voces, alaridos, caballos al galope, armas de fuego disparándose… A medianoche, durante los solsticios de invierno y verano, se encienden lámparas en la terraza mayor. Pueden escucharse gritos. Son las voces del marqués Malaspina, Federico Barbarossa, los trovadores provenzales, del mismísimo Dante Alighieri: todos los que alguna vez habitaron el castillo intentan echar a la bruja y liberar a los niños una y otra vez, infructuosamente. Es que mientras ellos son fantasmas incorpóreos, la bruja es de carne y hueso y, por lo tanto, capaz de moverse simultáneamente en todos los planos. Es una ventaja muy difícil de contrarrestar. No sirven ni los gritos, ni luces o apariciones fantasmagóricas. Es preciso algo más sutil, echar mano a una alquimia muchas veces olvidada…”

La cucina”, acotó Luigia en el primer hueco que dejó Walter, quien la continuó: “La niña que nunca duerme que ustedes vieron, no era en verdad la niña. La pequeña de carne y hueso está encerrada en el Castello di Oramala, la secuestró la bruja. Allí, en el confín, la alimenta con su cocina negra…”

“¡La cocina rusa!” dijo mi amiga -todavía sentada en la misma silla donde yo había visto llorar a la niña – en un rapto de espanto.

“Cuelga esos carteles ofreciendo su ‘comida rusa’ -como le gusta llamarla- por toda la Provincia de Pavía. Nunca pone una dirección. Lo hace de gusto, porque es mala y adora desorientar a las personas”, retomó Walter. “¿Recuerdan el banquete en el Castello di Montesegale? ¿Recuerdan las cerezas?”, dijo.

Instintivamente y a un mismo tiempo, nos miramos las manos: teníamos las yemas teñidas de rojo sangre una vez más, como si acabáramos de comer esas delicias. Retiramos nuestras miradas de las manos, obsequiándoselas a Walter y Luigia, que sonreían con picardía.

“Son de nuestro huerto”, apuntó ella.

“Los carozos…” recordé yo, volviendo los ojos a los de mi amiga. Walter y Ligia reían de placer. “Esos carozos, dentro de vuestros cuerpos, iniciaron el proceso. Así pudieron ustedes ingresar a este universo donde se libran fabulosas luchas espectrales, campo de batalla de una infinitud de espíritus…” La que hablaba, ahora, era Luigia.

“Pero, ¿por qué nosotros? ¿Cómo sabían que alguien iba a tragarse los carozos de alguna cereza?”, la interrumpí. Luigia se encargó de responderme con una repentización inconfundiblemente italiana. “Bah… ¡Vamos, vamos…! ¡Que menos pregunta Dios y perdona!”, dijo mientras desataba el estruendo de una carcajada, se fregaba las manos contra el delantal y daba media vuelta para desaparecer de un modo irresistiblemente teatral.

“No hay que pretender entenderlo todo”, retomó Walter. “Esa aspiración condenó a la bruja. Ocurrió cuando la mujer era una niña, así, como la niña que nunca duerme. Se empecinó tanto en conocer secretos que le estaban vedados, que cayó presa de un hechizo que la expulsó de la infancia. Fue condenada al más cruel de los exilios: la sacaron del paraíso de la puericia y la encerraron en ese hosco cuerpo de coco en el que ustedes la vieron. Y, para colmo de males, ese particular exilio al que la condenaron eliminó todo vestigio de infancia de su red emocional. Es como si nunca hubiera tenido una una niñez, como si la hubiesen echado al mundo de los cuerpos así, de golpe, con esa figura torva que arrastra penosamente. Por eso aborrece a los niños. Porque en ellos ve la contracara del infierno a la que fue confinada. Entonces sale a secuestrarlos. Y los encierra en Oramala. Allí los alimenta con su cocina negra, que los hace dormir profundamente. Sólo ella puede despertarlos, y lo hace únicamente para volver a alimentarlos con su inmunda papilla de nigromancia. Comida rusa… Qué desfachatez. Si los rusos se enterasen atacarían Lombardía… ¡Comida negra, eso es lo único que sabe cocinar!” Gritó un Walter furioso, a quien –evidentemente- su archienemiga sacaba de eje.

Del otro lado de la ventana, el paisaje seguía cortando el aliento. Era difícil asimilar que semejante belleza albergase tanta oscuridad. La lucha entre el bien y el mal tiene al edén como campo de batalla.

“La niña que ustedes vieron en la casa de campo donde pasaron la noche, la niña que nunca duerme, fue secuestrada durante una reunión que hubo en Montesegale, donde el banquete y las cerezas. Por eso ustedes debían ser escogidos allí mismo. Desde entonces, la pequeña estuvo todo el tiempo encerrada en Oramala, durmiendo. Y alimentada con cocina negra para volver a ser dormida. La niña, en el encierro de su cuerpo y el conjuro de su almita, sueña. Sueña que está con los suyos y que juega. Juega todo el tiempo. La imagen de la niña proyectada desde su sueño de encierro es lo que ustedes vieron. Lo que todos en la casa de campo vieron. Lo que ven y con lo que conviven sus padres, desde el secuestro que ignoran. Los niños son duendes y, como tales, saben todo en la pureza de sus corazones. Así, en el encierro, en esa condena a estar dormidos (que la bruja les inflige por puro odio, para sacarlos del mundo lúdico que a ella le fue vedado), sueñan que continúan sus vidas, como siempre. Con sus padres. Allí, fingen para no afligirlos. En la esperanza de que –de un momento a otro- serán rescatados. Porque todo niño sabe que así como existen brujos, hay hadas; así como está la magia negra, la hay blanca. Allí la vieron ustedes: la niña que nunca duerme. ¡Nadie puede dormirse estando dentro de un sueño! La niña, por lo general, espera a que sus padres se duerman, y entonces continúa errando. Sin dejar de jugar, ¡nunca! ¡Ni por un instante! Porque aman lo que son, sin cuestionamientos. Sin miramientos de ningún tipo. A menudo, para lograr que sus padres se vayan a descansar, simulan estar dormidos. Sus padres los acuestan y ellos simulan el sueño. Cuando finalmente sus padres se van a dormir, ellos se incorporan y siguen jugando. Pues si no es posible dormirse: ¡a jugar!” Walter ama lo que dice, sostenido en sus convicciones.

Nos retiramos de Pappa e Cena tras la explicación de todo lo que era preciso que supiéramos. Una vez en el coche, emprendimos el regreso a la ciudad de Milán sumidos en el más absoluto de los silencios. El día se diluía doblemente en la noche: el cambio natural de coloración de las horas estaba remarcado por nuestro reingreso a la zona urbana.

Durante el trayecto que nos devolvía a la ciudad alguna vez fundada por los celtas, ambos repasábamos mentalmente la asombrosa historia con la que nos habíamos desayunado en ese tardío y providencial almuerzo en Pappa e Cena -cocina blanca de Luigia y Walter-, al mismo tiempo que revisábamos las instrucciones recibidas para las últimas horas de esos días asombrosos.

La condición principal que debían reunir los elegidos, era que recién se hubieran conocido: la cumplíamos al pie de la letra. La idea detrás de este requisito era que las personas que se acaban de conocer tienen el sistema intuitivo funcionando a toda máquina. Esa energía resulta vital para desarrollar la tarea, una vez reclutados. Habíamos sido captados en ese inesperado banquete en el Castello de Montesegale, con motivo de la inauguración de una muestra de arte moderno. Allí, Luigia y Walter habían plantado su alquimia en las cerezas del huerto propio, esas que llenaban las prodigiosas bandejas plateadas y teñían los dedos de pasión. De alguna esotérica manera, ellos sabían que solamente los indicados sufrirían la “accidental” deglución de los carozos (desde donde se diseminaba la poción mágica). A partir de allí, era cuestión de confiar en la calidad de las almas que ayudarían a librar -desde lo más profundo del inconsciente- la batalla contra la bruja de la cocina negra (mal llamada rusa), la arpía que secuestraba niñas y niños. Con el encierro y una macabra alimentación -fruto de sus dotes para la creación de conspirativos mejunjes-, los inducía a un dormir continuo que sólo interrumpía brevemente para suministrarles una nueva ración de la comida funesta. El proceso condenaba a estos niños a permanecer en el plano de sus vidas como meros espectros de sí mismos. Y, como tales, no podrían dormir jamás. Este era el particular modo que la bruja había pergeñado para hacerle mal a los niños. Y a través de esto, inocular la semilla del mal en la comunidad toda. El objetivo último era secuestrar, de uno en vez, a todos los niños de Lombardía. ¿Qué sería de esa región de Italia cuando todos los niños se hubiesen convertido en espectros de sí mismos mientras la bruja mantenía a todos los cuerpecitos encerrados en el Castello di Oramala, sometidos a la siniestra dieta de su comida negra? Este era su particular modo de vengar el destierro de la infancia al que había sido condenada. Lo más curioso resultaba que, en última instancia, la malvada mujer sólo podría salir del propio hechizo en el caso de que sus rivales -Luigia y Walter- rescataran a todos los niños que tenía secuestrados en el castillo. ¡Era admirable! Luigia y Walter luchaban por el bien a ultranza: el objetivo no era liberar solamente a las víctimas de la malevolencia sino, en última instancia, también resultaba preciso liberar al alma malvada de su maldad. Al fin y al cabo, esta malicia era una carga pesada e injusta para cualquier alma (pues todas cuentan con el potencial necesario para hacer el bien).

A pura intuición y guiados por signos milagrosos (pequeñísimas manifestaciones de lo sobrenatural), habíamos atravesado todos los sortilegios que nos condujeron a las manos de Luigia y Walter. Allí, luego de columbrar lo que ocurría y descubrir el lugar extraordinario al que habíamos sido conducidos (Pappa e Cena), hicimos lo que resultó preciso: ordenar todos los platos que Luigia y Walter habían preparado para la ocasión, portentos de la cocina blanca que practicaban con maestría absoluta.

Habiendo comido todo lo que se nos antojó, Luigia y Walter nos hicieron un paquete con las sobras. Partimos entonces hacia Milán con la secreta misión de comerlas justo antes de irnos a dormir esa noche. En nuestros sueños, podríamos compartir el mismo plano con la niña que nunca duerme, esa que habíamos conocido en la casa de campo.

Una vez allí, todos en el plano de los sueños todos, compartiríamos con ella la comida blanca de Luigia y Walter. Sería el antídoto que la liberaría del encierro en el que se encontraba, allí en el Castello di Oramala. Con suerte, de ser ella la última criatura encerrada en el castillo, hasta la mismísima bruja se vería liberada de su particular condena (mientras que Luigia y Walter disfrutarían de un merecido descanso en la inacabable lucha contra el mal).

Todo era una cuestión de fe. Confiar en el devenir. Un desafío que alcanzaba infinitos planos y podía ser aplicado a todos los órdenes de la vida.

A la mañana siguiente, me desperté con la luz del sol que entraba por las grandes ventanas de la sala de estar del precioso departamento de mi amiga, próximo a Milano Centrale. Me incorporé y sentí un ruido de picaporte: era ella, que también se había despertado -tal vez en el mismo momento en el cual yo había hecho lo propio- y salía de su habitación. Al asomarse a la sala, nuestras miradas se cruzaron.

Buongiorno, Germano. Hai dormito bene?”, me preguntó sonriente.

Splendidamente, Gabriella”.

Y ella me ofreció el abrazo que yo anhelaba, ese mismo que anhelaré siempre.

 

 

(Barcelona, 14 de febrero de 2017)

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