Música

KRAFTWERK, YELLO Y LAS WHISKERÍAS DE LUCERNA

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¿Las dos de la mañana?

Voy a ninguna parte. Si alguien quiere venir, que se suba. Pero no empiecen a romper las pelotas con que quieren parar para estirar las piernas a mitad de camino, eh. Lo único que garantizo es que vamos a estirar la patita. Todos, en cualquier momento.

Inbox.

Remitente: Netflix. Asunto: Vuelve a Netflix ya. Cuerpo del mensaje: Vuelve a disfrutar ya de las series y películas. No te pierdas nada. Vuelve a Netflix y disfruta ya de las series y películas más recientes que hemos añadido, incluidas las series originales de Netflix. Ponte al día desde el principio gracias a las temporadas completas cuando quieras y sin publicidad ni anuncios.

“Volver a disfrutar de Netflix”, me tienta un rectangulito rojo que pide picha. Debajo, el menú:

The Crown, Temporada 1; Memorias de un Asesino Serial; Marvel – Like Cage: Temporada 1; Narcos, Temporada 2.

Te lo juro.

Las compañías que te quieren tener agarrado de las bolas hasta que te mueras (y un poco más) nunca dejan de mandarte mensajitos (retroceder nunca, rendirse jamás). Los amigos se van cayendo a pedazos, uno por uno (negocio): primero comienzan a escribirte menos, van moviéndose a vías de comunicación fértiles en el arte de la elusión y, finalmente, acaban. Pero los que alguna vez te vendieron algo no: esos nunca claudican.

Narcos. Temporada perenne.

Cuando dormía en el cuarto que tenía al fondo de la casa de mi abuela Aída, hacía sonar de madrugada el primer London Calling de la FM de Buenos Aires. Tenía un centro musical Riviera de doble casetera con el que podía copiar los casetes que me prestaban. Copiábamos sin temor al soplido de la cinta (que crecía exponencialmente de generación en generación). El London Calling pasaba música que, a mis catorce años, sonaba a madrugada. Siempre fui redundante. Recuerdo una canción de Pink Military que me encantaba oír. Yo, que venía de los rocks argentino y progresivo y del heavy metal, me sentía fascinado por la extrema simplicidad musical de una canción que solo quería sonar a madrugada de encierro. En mi caso, en la pieza al fondo de lo de la abuela Aída.

La característica sonora de la canción de la banda mencionada se exacerbaba en la escasez de información. Apenas el nombre del grupo, y el de la canción (que eventualmente olvidaría). Eso sí que era un tesoro: el no saber. Además del hecho de que la existencia misma de gente real detrás de esos títulos y esas músicas era una utopía: todo terminaba ahí, donde comenzaba, en la piecita húmeda que me protegía de lo que vendría.

Ahora nada pareciera finalizar. Siempre hay más para saber, más para bajar, más para comprar. Ahora Dylan te saca un bootleg series con 33 discos. Y la gente lo festeja como si eso fuese un asunto genial en sí mismo, y no una cosa lamentablemente inaudita. “Qué genio, loco: ¡33 discos!” 33 tiros en la nuca, pido yo. Para mí, eh: no ejerzo la violencia en contra del prójimo.

27 Mensajes nuevos. 27 ofertas. Pagá 10, que valía 30: acumulá basura. Después vemos qué hacemos con ella; en África todavía nos queda lugar para seguir tapándolos de mierda. Mientras tanto vos, seguí comprando; seguí escuchando a The Clash y votando a Macri y Massa. Music for the Massas.

En una aplicación que sintoniza radios me “favoritié” una docena de falsas emisoras, según géneros musicales: Death Metal, Black Metal, Classic Metal, Prog Rock, Minimal Techno, Soca y Calipso, The Bluegrass Jamboree, Tango, Punk FM, la radio 6 de BBC, All Songs Considered de la NPR y la Wave Gothic Radio. Esta última es la que más pongo a sonar. Para que pasen las canciones, sin sucesión de continuidad. Me gustan especialmente las que no conozco y soy incapaz de retener. Pasan y pasan sin pena ni gloria y me dejan ese tufillo a las madrugadas del primer London Calling en la pieza al fondo de la casa de la abuela Aída. La madrugada, décadas más tarde y al otro lado de un océano cualquiera, de alguna extraña manera, se repite. Indefectiblemente.

Me gustan mucho The Sisters of Mercy.

Pero ya no se lo digo a nadie. Ni lo posteo en Facebook. Ya no. Como ya no digo lo que voy a ver. Gracias con que todavía veo.

Aunque, desde hace un tiempo, para ver impongo condiciones: ya no alcanza con el “qué” voy a ver. Cualquier nombre resulta insuficiente. Pero el tic del recital permanece. A pesar de todo, tinnitus incluido. Es una tara imposible de superar. Por eso, ahora espero a por una confluencia de factores caprichosos. Por lo general aspiro a que el concierto prometa ser especial por cualquier motivo ajeno al “protagonista”: que suceda en una ciudad que no conozco o en alguna que me gusta y no visito desde hace un tiempo; o, tal vez, que el evento tenga lugar en un teatro o una locación particular… Digamos que esos son los dos factores que reaniman al muerto que significa el solo nombre del “artista”.

Así, cuando me enteré que Kraftwerk tocaba todo su catálogo a lo largo y ancho de ocho días sucesivos en el Guggenheim de Bilbao, me dije: voy. Como vendían entradas solo para uno de los shows de la serie (se suponía que el asistente no podía repetir concierto, motivo por el cual pedían que cada compra fuese nominada, con registro de número de documento de identidad incluido), elegí Autobahn. Siempre fue mi disco de Kraftwerk favorito. De paso, entonces, conocería Bilbao y el Guggenheim. Además, en plena sublimación del hoy por hoy cuarteto alemán (¿siguen siendo alemanes? ¿En serio?), imaginé que, tratándose de la locación que se trataba, las posibilidades de hacer una verdadera performance multimedia resultaban infinitas. Imaginé a la gente deambulando por los vericuetos del museo mientras la música venía de cualquier parte. Imaginé muchas cosas que el tiempo develó como boludeces mías.

Cuando llegué al Guggenheim, mientras retiraba mi entrada, comprobé que la resolución de que la gente no se repitiera como audiencia a lo largo de la serie de conciertos era una simple farsa. Promesas de campaña. Vendían entradas para cada una de las noches que se decían “sold out”, y se las vendían a cualquiera. A la vanguardia de la fila de gente que estaba para entrar, había dos hombres de mediana edad que habían viajado especialmente desde el Estado de Texas. Un norteamericano blanco en pareja con un latino. Es decir, negro y puto para cualquier hijo de vecino que hace flamear la bandera de la Confederación en el porche de su casa sureña. Yo estaba horrorizado: ¿dónde quedan los recitales a los que no asiste ningún fan de cualquiera otra parte del mundo? Malditos tiempos.

Qué horror mi pasado.

¿Y mi presente? Si hasta hace 21 minutos fui un pelotudo toda mi vida. Y desde hace casi media hora estoy escribiendo esto, así que imaginate si algo pudo haber cambiado.

Entré al Guggenheim de Bilbao por primera vez, entonces, para ver a Kraftwerk. Pasamos el control de las entradas (nada de pedir la identificación para chequear los nombres impresos en cada ticket) y ahí nomás, tras dar apenas un semi-giro a la derecha y luego cuatro pasos, estaba armado el escenario. Pequeño, como el lugar asignado para la audiencia: un rincón entre las ventanillas donde se venden las entradas para visitar el museo y el “Gift Shop”. Muy significativo. La mesa del merchandising estaba instalada antes del control de los tickets.

¿Y el Guggenheim? ¿Para qué?

Para la gilada. Presente, siempre.

Los cuatro atrilcitos, la pantalla blanca sobre la cual proyectar los videos y los cañones del lado opuesto, desde donde se disparan las imágenes. Reitero: en un rinconcito de paso entre la taquilla y el negocito de venta de suvenires.

Pornografía sin globito.

Arrancó el chow y sonaban canciones de Computer World. Yo ya pensaba en reclamar el dinero de mi entrada: “¡Yo pagué para ver Autobán, Senió! ¡A mí no me van a cagar así como así!”

Tres temas de Computer World y ya se me habían ido las ganas de patalear. No porque me estuviese entreteniendo mucho sino porque soy así: las ínfulas se me evaporan como nada.

Alemanes (¿alemanes?) hijos de puta…

Hasta que sonó una puerta que se cerraba y el arranque de un VW (la marca esa que confesó la estafa perpetrada con sus coches de motor Diesel).

Chú-Chúm Churú-Chum Churú-Chum Churú-Chúm…

Ni argumentos para reclamar la guita tengo ahora, me dije.

Me ponía los anteojitos 3D. Me los sacaba. Por miedo a que me hiciera mal a mi ojo malo a cambio de la nada misma: era apenas como si lo que teníamos enfrente fuera una imagen de holograma. Nada conmovedor. Pero probaba una y otra vez ante cada nueva imagen. Los anteojitos, un suvenir que venía incluido en el precio de la entrada.

La cabeza se me fue, con justa razón, a lo que había hecho horas atrás: cena temprana en Nura Bilbao. Un restorancito hermoso. Atendido por sus propios dueños (como la Pizzería los Hijos de Puta de Gerli). El pibe que hacía las veces de maitre y mozo daba la cara. Su pareja (me pareció), medio peladito (lo llegaba a pispear hacia el fondo del local cada vez que yo ingresaba al mismo), cocinando. Un menú que variaba día tras día, sencillo y dedicado. Todo hermoso y cálido: desde la vajilla hasta el trato. Desde el botellón donde traían el medio litro de vino de la casa hasta el pan recién amasado y horneado por ellos mismos. “Ancas de rana a la falsa Bizkaína”, con ese título decidí comprarles todos los discos. Al fin y al cabo se trataba de un dúo independiente que trataba a su auditorio personalmente y como lo que eran: individuos. Semejantes. Ahí en Nura sentía que no se me engañaba en ningún momento, ni por error. Se me preguntaba si estaba todo bien ante la entrada, el primero y el segundo plato. Ni qué decir del postre, del vino tinto de la casa y del agua (embotellada en un envase hermoso).

Tuve la fantasía de vivir en Bilbao solamente para almorzar en Nura, a diario. Acudiría un rato antes para ver algunos libros en Anti, la librería que descubrí justo frente al restorancito. Y eso sería toda mi vida bilbaína, y en el planeta de los simios todo. Hasta que se acabe.

Kometenmelodie 1 y 2. Mitternacht y Morgenspaziergang. Menos mal que hicieron Autobahn, a pesar de todo. Morigeraron el nefasto efecto del choreo que vienen perpetrando estos ¿alemanes? desde hace una ponchada de años. Si cuando fueron a Buenos Aires por primera vez, en el Estadio Obras, ya hacían más o menos esto. No tenían el curro este de los anteojitos, pero al menos llevaban los robots. Ahora, apenas, los robó. A mano alzada. Te pasan los videítos, suenan las cancioncitas en alguna de sus versiones remozadas, te ponés y sacás los anteojitos y al final “EXIT THRU’ THE GIFT SHOP”.

El año pasado, la anteúltima vez que estuve en Londres (para ver a Dylan en el Albert Hall, siempre ensayando significados imposibles), paré en lo de un pibe grande como yo. Trabajador social (sobre todo con adictos en situación de calle), fumador de marihuana empedernido, gay y muy buena gente. Hablando de Marc Almond (de quien tenía información de primera mano no solo por conocerlo del Soho londinense de hace décadas, sino además porque su actual pareja era un ex de Almond) salió el tema del ISIS. Él me dijo que no todo lo que hacían era malo: “Arrasar con todos los tesoros históricos y culturales me parece perfecto: ¿qué queremos, que los sigan convirtiendo en mercancía?”. Yo le dije: “EXIT THRU’ THE GIFT SHOP”.

LTA, muchachos: LA TENEMOS ADENTRO.

¡Y cómo nos gusta!

Para colmo de alemales, terminan el chow (tras infinitos y no requeridos bises) con un cliché lamentable: de a uno van abandonando el escenario. A medida que se retira cada uno de los ¿alemanes?, algunos ruiditos dejan de sonar. Hasta que queda uno solo, el que dice con su voz los alguna vez brillantes eslóganes hoy por hoy vacíos por propia culpa -de ellos-, a pesar de remozarlos con datos de actualidad -Fukushima mentiroso-.

No, no voy a decir ninguno de sus nombres, ni siquiera de la estrella que se queda en escena hasta el final. Que se vayan a cagar mascullando de su propia medicina…

Mientras tanto, a un costado y en las sombras, estaban las estructuras de hierro de Richard Serra que yo todavía desconocía. Las experimenté al día siguiente, al visitar el museo en busca de un paliativo a la electro-estafa.

Ahí, a la derecha y tras dar un giro de cuatro pasos desde donde la noche anterior me había comido el fiasco-Kraftwerk, permanecía en silencio una obra descomunal: The Matter of Time. No la recorrí: la experimenté. Atravesé paso a paso cada uno de sus vericuetos. Toqué todo lo que pude, me tiré al piso cada vez que me dio la gana y -desde allí- me quedé observando las formas, las curvas de la escultura que recortaban las líneas de los techos y sus tragaluces. Me tumbaba en el centro de esos meandros hechos con la materia que hicieron a todos los barcos de Bilbao y me quedaba panza arriba, regurgitando el vino de la casa de Nura. Resultaba alucinante observar las formas salpicadas por las infinitas cámaras de seguridad que pendían del techo como espadas de Damocles.

“¿Por qué no vienen a buscarme, hijos de puta?”

Tuve deseos de gritar perdido como estaba en medio de esas orejas de herrumbre para así desafiar a mi tinnitus, pero no hizo falta: se asomó a lo lejos, del lado de afuera, una mujer mayor que tendría más o menos mi edad. Me preguntó: “¿qué hay ahí? ¿Es todo igual?” Le respondí que ahí (acá) había todo, que se metiera en todas partes. Mi voz resonó con la furia de un naufragio. Porque esa era la sensación que tenía recorriendo la escultura reflexiva: la de estar en un naufragio. Parsimonioso, suave. En cámara lenta.

Pasé muchas horas ahí, haciendo la digestión. Abandoné la obra de Serra acudiendo al llamado de la cordura imbécil aprehendida: “en cuarenta minutos cierra el museo, andá a ver las otras cosas…”

Francis Bacon, Anselm Kiefer, Eduardo Chillida, Antoni Tapies. Todos maravillosos. Yo, neófito, me preguntaba por qué el Guggenheim se presta a la estafa de Kraftwerk. “Marketing”, me gritó uno desde no sé dónde.

En Nura nunca me pasarían estas cosas, me dije. Ni siquiera me pasarían en el recital de Yello en Berlín, para el que aún faltaba un mes. Un mes que pasa, como pasan todos los meses. Allí en Berlín, otra ciudad a la que no había ido antes, me apersoné a ver si experimentaba un olvido añorado: los inner sleeves de sus primeros discos (los de Yello), los genéricos de Ralph Records.

Yello tocaría en una vieja usina eléctrica. Kraftwerk Berlín, paradójicamente. Caminé Berlín como si un tercio de mi osamenta no fuese de titanio. Y yendo y volviendo del show de Yello no sería la excepción: cuatro millas de ida y cuatro de vuelta. Imaginándome a mí mismo otro, ante la luz de cada una de las ventanas por las que mi vista se asomaba.

Pude haber sido cualquiera y justo me tocó a mí.

La enorme mole post-industrial donde tocaba Yello por primera vez en su historia de poco menos de cuarenta años, era un edificio fascinante. Una pesadilla de Cemento. En el subsuelo, infinitos televisores de tubo emitían imágenes de videos de la banda. Arriba se apiñaba la gente.

Dieter Meier y Boris Blank, tras la partida de Carlos Perón, abrieron una whiskería en Lucerna. El nuevo alcalde, a principios de año, prohibió estos antros: tuvieron que levantar campamento. Ahí fue cuando se les ocurrió tocar en vivo por primera vez. ¿Por qué en Berlín? Porque les quedaba cerca, y porque se habla el mismo idioma. Así fue que armaron todo junto a un selecto grupo de clientes de la clausurada whiskería, tres o cuatro coperas y el proveedor de Anís Acht Brüder. Quince en total.

La whiskería vive y anida en los corazones de los más humildes.

Kraftwerk quedó en un bostezo. Un e-mail de Netflix engañándonos para seguir acabándonos adentro. The Race, inspirada en Autobahn, me sacudió la modorra. Y me volví caminando. Salí de Kraftwerk para siempre. Pero no de Berlín. O sí, vaya a saber uno.

A la salida pasé por el puesto de merchandising de Yello. No tenían libros como Kraftwerk (libros que no solo ofrecían en la mesa de sus chirimbolos sino que también estaban disponibles en el Gift Shop del museo, codo a codo con lujosos volúmenes sobre la descomunal obra de Serra), apenas el último álbum (Toy) en vinilo, frimado por López Murphy y Ernesto Sábato: europop radical. Y una gorra, y afiches de los shows autografiados por diez euros. No me compré nada porque ya tuve todo lo que nunca debí haber tenido.

En Berlín no encontré un Nura. Pero sí la estatua de Marx y Engels, algo del muro y -a un costado, junto a un tacho de basura rebalsado de mierda y vasos de papel de casas de comida rápida- un cartel que indica la existencia de un McDonalds a 600 metros.

Felicitaciones.

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