Música

EL FELIZ CUMPLEAÑOS DE LA MUERTE

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Definitely Maybe: es hora de remasterizar al oyente.

Desde hace un tiempo los discos tienen su fiesta de cumpleaños. Al principio se trató de un hecho excepcional pero, con el pasar de los años, casi cualquier disco tuvo su celebración onomástica: las compañías discográficas (y los artistas, jamás inocentes y mucho menos víctimas) comenzaron a festejarlos cada vez que pudieron.

En cambio los oyentes parecieran no envejecer -ni hablar de madurar, vaya eufemismo.

En un primer momento los objetos de las celebraciones no solamente eran discos especiales, extraordinarios: además se esperaba un tiempo prudencial para hacer “la fiestita“; 25 años, por ejemplo. Pero, con la pauperización general, comenzaron a celebrarse los diez años de tal o cual álbum. Nótese que, cuando esto se hizo una costumbre (ayer nomás), corrían tiempos en los cuales las bandas de rock sacaban 2 ó 3 discos en una década (con mucha buena suerte). Un verdadero sinsentido.

El mundo, desde hace años, pretende documentarse a sí mismo en tiempo real: clásicos en vivo y en directo. Parece que a la gente le encanta la manía: bajo esta fórmula se piensan a sí mismos como protagonistas de una época fuera de lo común: sueñan que son especiales.

Mierda.

Yo jugaba a los disquitos desde antes de aprender a caminar: ortopedia de giros concéntricos. Con manitas de manteca empuñaba una guitarra española casi de juguete y actuaba sobre el disco de ‘El TigreRoberto Rimoldi Fraga. Lado uno, lado dos, lado uno, lado dos. Mi obsesión llegó a punto tal que, en uno de los paseos con mi Tío Toto (por lo general íbamos de compras a un supermercado para llegar al cual me sentaban en el apoyabrazos del asiento trasero de un Peugeot 504; una vez en el centro comercial, me depositaban dentro de un changuito de compras), me preguntaron qué disco quería que me comprasen. “El del Tigre“, dije yo. Intentaron convencerme de que ya lo tenía (era el único que tenía, además) durante más de una hora. “El del Tigre, quiero el del Tigre“, decía yo una y otra vez desde mis tres añitos y las también mías botitas de cuero marrón con fierros plateados. Con los años me enteraría de “la solución” que encontraron mi Tío Toto y una empleada del Super: metieron un disco de Palito Ortega adentro de la tapa del de Rimoldi Fraga. Nunca supe si tuvieron que pagar dos discos o si el supermercado tenía tapas extra del único disco que yo tenía y quería tener. Misterios que jamás serán revelados.

En este frenesí melómano siempre fui un alma errática. El tiempo me enseñó que simplemente era una mueca donde yo me refugiaba de la angustia de tener un cuerpo. No, no se trató nunca de “LA MÚSICA“. De ninguna manera. Es un mohín, un tic (uno muy sobrevaluado), una mueca que pudo haber tomado otra forma que la musical desde un comienzo, o que, una vez ella, tranquilamente pudo haber tornado en alguna otra (como de hecho ha pasado).

Así un día, cuando el karma ortopédico amenazaba con un triunfal retorno, me puse una disquería. A lo macho (yo, puto en esencia). Y la llamé casi como el grupo que me gustaba mucho en ese entonces: El Oasis. Jugué el juego y fue divertido. El azar y mi insistencia horadaron la piedra de la suerte (buena y mala): un día le regalé un disco a Noel Gallagher y el tipo, a partir de la finalización de ese año, no paró de mencionar la anécdota. Una y otra vez. Era el mejor disco que había escuchado en su vida (hay que escuchar más…) y, a partir de entonces, contó la anécdota no menos de veinte veces, siempre con pequeñas variaciones en el relato. No menos de veinte veces son las que me enteré yo que él contó la anécdota. Vaya a saber uno cuántas veces más lo hizo (en público y privado).

Ridículo.

Desde ese momento me convertí en “el que le regaló el disco de Left Banke a Noel“. Mi misión en la vida pareció quedar reducida a eso: bien ya podría suicidarme, total para qué más si ya estaba todo. Fue la gota que rebalsó el vaso que estaba bastante lleno con la disquería El Oasis, muy exitosa a causa de su singular volatilidad: “este es el fan de Oasis: Germán“.

Etc.

Así, alguien que estuvo presente en alguna/s de las formas que El Oasis tuvo desde 1995, me ubicó y, preguntó si podía escribir algo por los veinte años de “Definitely Maybe“. Y aquí estoy, Ariel. Porque no sé decir que no (tampoco sé muy bien cómo desaparecer del mapa para siempre) y porque, en definitiva, en algún momento de la tarea me siento bien.

Me distraigo.

Escribir sobre cualquier cosa es tomar impulso y luego nota del fluir del pensamiento. Ni más ni menos. Es como el reverso de estar leyéndolo. No sé cuál es el lado B y cuál el lado A del acontecer, porque en verdad no importa. Y así lo estoy haciendo: diga lo que diga nadie debiera darse por aludido ni ofendido. Sobra la gente que se da por aludida y se toma personalmente cualquier pavada que se lleva el viento. También es un grave problema tomar partido, por lo que fuere: es estúpido.

Me pierdo pero no me busco.

Sin ir más lejos, hace rato que no me entero de nada de lo que se edita, si tal o cual tipo o banda tiene disco nuevo o está de gira. No fue una decisión: es simplemente un hecho. Tan viejo que ya no importa.

Como “Definitely Maybe“.

Cuando somos niños sentimos una certeza sobre lo que queremos y nos gusta (el disco de El Tigre era, para mí, todos los discos); más tarde, cuando somos jóvenes, creemos que lo que nos gusta es lo mejor y el resultado de haber hecho una elección tras haber revisado todo el disponible. Pero es una falsa certeza de juvenil ignorancia. Creemos que el rock (sea lo que esto sea y abarque lo que abarque) es el ombligo del mundo y, dentro de ese ombligo, pretendemos conocer las pelusas de todos los tiempos al punto de saber cuál hay que poner en la repisa a resguardo del paso de cualquier correntada y cuál dejar caer desde la tenaza del dedo gordo y el índice por la ventana del segundo piso.

¿Hasta cuándo dura la juventud?

Pensaba yo que en Argentina duraba mucho, casi para siempre. Luego me di cuenta que en el mundo pasa algo parecido.

En 1994 el mundo era muy diferente al de hoy: el argentino y el del Hemisferio Norte. En la pobreza argentina, si uno “sintonizaba de la buena“, sabías que los domingos podías ir al Parque Rivadavia y comprar los “discos americanos” que salían el martes siguiente en los Estados Unidos. El contrabandista que más novedades llevaba al Parque era Javierel surfista“: un tipo entrando en sus cuarenta que se daba una biaba rubiona y que tenía una mujer mucho más joven que él, de pelo cortito; y que estaba buenísima. A Javier, un tiempo más tarde, lo bautizamos “el surfista” en secreto y entre nosotros en El Oasis, primer local de Galería Los Andes.

El surfista era uno de los cuatro o cinco tipos que en Buenos Aires se dedicaban a traer discos desde los Estados Unidos semanalmente a través del clásico arreglo con una azafata. Tenían el contacto aéreo y una cuenta en la distribuidora Bassin de Miami. El mundo entonces se manejaba por fax: así obtenían las listas de novedades semanales de Bassin Distributors, en papel de fax. Y así te las pasaban. Los “disqueros” elegíamos y le mandábamos “el pedido“. El tipo sumaba esas requisitorias y las trasladaba a Bassin. Allí en Miami los recibía en su Hotel la azafata, quien armaba el bagayo. La tarifa era un u$s 4,50 sobre el precio de Bassin puesto en tu local (la azafata se quedaba con 1 ó 1,50). En las épocas donde la cosa se aberretó (más), vino el desdoblamiento de tarifas: 5, 5,50 y hasta 6 dólares por arriba del costo si los querías “cerrados” ó 4,50 si te los traía abiertos y vueltos a armar en cajitas compradas en Buenos Aires. Así, el ‘bagayero de discos americanos‘ podía hasta tener un “empleado” -balsero tropical- en Miami, quien se encargaba de desarmar los CDs para dárselos listos para embalar a la azafata (déel-trén-fánnn-tásmáaaaa…).

El asunto es que el Surfista, además de ser “mayorista“, tenía su kiosquito propio en el Parque Rivadavia donde vendía los CDs que salían el martes siguiente; los ofrecía a un precio un poco más bajo que en “las cuevas” y más alto que el que él mismo le cobraba a “los disqueros“. Así compré mi primer “Definitely Maybe” (americano) en el Parque Rivadavia, al blondo hombre mayor de la mujer apetecible. Todavía Javier, más adelante Surfista. A.K.A. “El Surfer“. Por ese entonces yo compraba mis singles a Rhythm Records de Cambridge y los álbumes a Gema Records de Reading. Pero el correo demoraba un par de semanas y ese disco (“Definitely Maybe“) lo quería escuchar cuanto antes ya que venía siguiendo al grupo desde “Supersonic“.

Me gustó mucho pero no había grandes cosas más allá de las que ya conocía: “Slide Away” y “Rock N’ Roll Star“, básicamente. “Cigarettes And Alcohol” también. “Up In The Sky” un escalón más abajo. Ninguna de las otras canciones estaba a la altura de los Lados A editados hasta entonces como simples. Yo ya estaba entusiasmado con ellos y planeaba un escape con la excusa de ese nombre: el contenido del álbum no sería determinante pues el asunto ya estaba decidido.

Fue así que, ese mismo domingo, agarré la última NME que había recibido y busqué entre las propagandas de shows si había alguno de Oasis a la vista. En un anuncio chiquitito chiquitito se promocionaba un festivalito en París organizado por la revista Inrockuptibles. La noche del sábado la cerraba Oasis. En el teatro Pigalle.

El mundo también era más joven que ahora y los tickets no se compraban “por internet“: había que llamar por teléfono a una agencia de tickets. Yo estaba acostumbrado a hacerlo llamando a Londres en mi inglés super-charro (Stargreen Box Office) pero esto era el colmo: ninguna agencia de Londres vendía tickets para un show en París por lo que tuve que encontrar el teléfono de una agencia parisina y llamar sin saber en qué idioma me iba a hacer entender. Ese lunes me levanté con un nudo en el estómago. Todo esto lo cuento para que se hagan una idea cabal de que era OTRO MUNDO. Veinte años no es nada para “celebrar” el cumpleaños de un disco, pero para el mundo en que vivimos fueron como dos siglos. Dos siglos que la gente parece no haber cumplido: no se movieron ni siquiera veinte milímetros (nótese que digo “no se movieron” y no “no avanzaron”).

Y aquí estoy, veinte años después, con mi estigma a cuestas (fantasmas de la Psoriasis), todo por haberle regalado un disco a Noel Gallagher y haber llamado a una disquería con el nombre de su banda más el artículo “El” en idioma castellano, escribiendo esto a pedido de alguien que me ubicó a través del Gran Nacho Dimari.

¿Hace cuánto escuchaste “Definitely Maybe” por primera vez? No, no lo pregunto para saber si sos “de la primera hora”: no soy tan bobo. Lo pregunto para saber qué tiempo transcurrió desde entonces, y preguntarte: ¿te pasó algo desde ese momento hasta ahora? ¿Algún hecho de tu vida personal o de tu existencia como consumidor de entretenimiento no te hizo cambiar la perspectiva respecto de los asuntos del pasado? ¿Ni siquiera te hinchaste las pelotas?

Yo sí.

Un montón de veces.

O mejor.

Todo el tiempo.

Me harté de la disquería, de los que iban a la disquería, de los que no iban, de los que iban a ir pero nunca fueron, de los que pasaron por la vidriera pero nunca entraron, de los discos, de los recitales, de los viajes, de las otras disquerías, de los músicos de rock, de los que se creen músicos de rock, de los que se piensan artistas, de la gente que se toma todo en serio (comenzando por ellos mismos).

Me cansé de “hablar de rock” con los amigos, al punto de que cualquier charla sobre el tema es meramente un instrumento para decir algo ocurrente que haga estallar algunas carcajadas.

Todo lo demás me importa un comino.

Definitely Maybe” está sobrevalorado. A tal punto que el propio Noel Gallagher, principal comprador del guión ajeno que el colectivo social rockero diseñó para redefinirlo, con su Oasis post 1998, puso en duda la supremacía de su banda respecto de la importancia de sus propios discos. “Definitely Maybe, el mejor disco de Oasis“; “una obra maestra”.

Mierda.

Oasis era bueno antes de cambiar su (casi) formación original: el ingreso de Alan White ya fue un dolorcito de huevos. Pero no muy grave: seguía siendo la banda de un solo tipo, banda que así como era (“limitada“), dejaba a sus propios discos disminuidos al enanismo más extremo. Eran algo. Las grandes bandas son siempre muchísimo más importante que sus discos.

Después fue un cachivache.

Definitely Maybe” estuvo bien mientras sucedía. Muy bien. Nadie andaba con pretensiones, ni se hacían prematuras revisiones históricas y el álbum era tratado ni más ni menos como lo que era: el disco más exitoso en años de una banda nueva, fresco, con cinco o seis canciones descollantes que se completaban con algunas otras más que correctas en tanto a la conformación de una identidad, de un bloque sonoro. Después vinieron las sobreactuaciones. Pero después: ¿qué importa del después?.

A Oasis lo terminaron aceptando y hasta lo convirtieron en cool cuando la banda ya era una porquería. “El supergrupo de Creation“. ¡JA! Un ex Ride, un ex Heavy Stereo. ¡Déjense de joder! Que vuelvan Bonehead a tocar con cejilla, Tony McCarroll y el bajista fan de Enzo Francescoli.

El resumen de la “crítica especializada” y del rebaño que la consume en tanto a los tres primeros álbumes de Oasis es:

1) “Definitely Maybe“: valorado correctamente, como lo que era (luego vinieron las exageraciones)

2) “(What’s The Story) Morning Glory“: inicialmente tratado con dureza cosa que cambió a partir del éxito de “Wonderwall” en Estados Unidos cuando la dimensión de Oasis se le iba de las manos hasta a los más optimistas.

3) “Be Here Now“: proceso inverso al de “Morning Glory“, alabado sin límites en los previews y durante el primer par de meses para luego darse vuelta cual tortilla con chorizo colorado y comenzar con las pavadas del “exceso” y los “temas largos“.

Pero ahora “la industria” (que incluye a los músicos como piezas de la maquinaria) ahora le hace la fiestita a los discos. Hablando de Definitely Maybe… Primero a los diez con un DVD doble. Ahora a los veinte. Seguro que siguen con “Morning Glory” y hasta por ahí con el vapuleado “Be Here Now” (el mejor disco de Oasis; y el último bueno).

¿Y vos? ¿Seguís viendo con los mismos ojos a ese disco que una vez salió en otro mundo? ¿Vas a ver a Boca el domingo?

Hagan teatro off.

Y ojo que soy el primero en entender lo atávico ya que todos somos presa fácil de esas cosas. Esos tics para contrarrestar la angustia. “Quiero el del Tigre“. De hecho, yo seguí yendo a ver a Oasis mucho más allá del fallecimiento de mi “genuino” “interés”. Si hasta fui a ver a Noel Gallagher solista y por ir a ver un show igual al del día anterior me reventaron los oídos en un tinnitus furioso.

Pero no más.

¿En serio seguís interesado en “Definitely Maybe“?. “Columbia” siempre me pareció un plomo, un triste intento -con cero inspiración- de parecerse a The Stone Roses (¡qué horror querer parecerse al espanto!) ¿De verdad te parece un clásico?. “Shakermaker” tiene una única virtud: ese slowdown-tempo que domina una canción “cheer-up“, el truco mejor robado a The Beatles (un truco difícil de robar); todo lo demás en la canción es un relleno absoluto.

Y hoy (pero mañana también) te invitan a la fiestita de entrada paga y en la bolsita del cotillón te ponen demos que ya conocías, versiones en vivo, lados b que ya compraste y algún outtake que es un descarte de descartes. René: descarte que viene la “ley”. ¿Vos no cumplís años? Ah, pero qué harrrrmoso el libro de tapa dura… ¡Y viene con tré-vinilo!

¿Sabés todo lo que hay en el mundo -de los discos y en general- como para todavía andar gastando sinapsis en “Definitely Maybe“? Que se lo metan en el culo. Qué horror que tu brújula siga marcando el norte de un disco de rock, género menor de géneros menores: y un disco, con suerte, discutible. Y no: no me hago el vivo. No me parece un valor andar escuchando Ópera, Raphael, Pablito Ruiz o Tame Valiant. Ni un desvalor oír “Definitely Maybe“. Lo que me parece un horror es festejar seguir escuchando con los mismos oídos el mismo disquito (en este caso ese) y viendo al mundo con los mismos ojos. Mejor es aburrirse, no entender nada y andar a la deriva. Mejor es irse a la concha de la lora o hacerse romper el culo. Pero no me jodan con “Definitely Maybe“, que se llevó tres a Diciembre y dos a marzo.

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2 comentarios sobre “EL FELIZ CUMPLEAÑOS DE LA MUERTE

  1. Estaba la otra vez haciendo algo con la computadora, algo no demasiado relevante ni demandante de concentración porque yo, que no puedo hacer dos cosas a la vez, que no puedo ordenar fotos y escuchar música al mismo tiempo, tuve ganas de escuchar Machine Head.
    Busco en Youtube y le doy clic a la primera respuesta que me da el algoritmo, en la que apenas entreleo un “remasterizado” o algo así. Me llama la atención que alguno diga “take one” o algunas otras breves palabras antes de algunas canciones. Está bien, supongo.
    Qué buena canción “Pictures of Home”. O, para ser menos pretencioso en el aserto: ¡¡cómo me sigue gustando!!
    Todo sigue andando hasta que llega el solo de “Smoke on the Water”. Que no es el solo de “Smoke on the Water”. Es otra cosa. Pienso que se le mezclaron las cintas -bah, los archivos- al que lo subió a la web. Busco un poco entre los comentarios y uno de ellos responde la pregunta que yo pensaba y alguien escribió. El que sabe dice que es una remasterización hecha por Roger Glover por el 25° aniversario, que tiene un cd con las versión original del disco y otro con tomas alternativas. A ella se sumó la edición por el 40° aniversario y no descarto que estén preparando la de las Bodas de Oro
    Roger, querido, ¿con qué necesidad cambiás ese solo perfecto, tallado en nuestro adn, en el mío desde que llegaba a casa del colegio los mediodías de martes y jueves, ponía el programa de Badía en la FM de Rivadavia (“Piedra Libre”) y María Esther Sánchez presentaba el “Ranking Clásico”, que en cierto mes de aquel año de mi pubertad rescató esa canción y me voló la peluca para siempre?
    Alguna vez, en mi época de comprar discos bajo la noventosa subyugación que regía aquel tiempo, me compré una caja de cuatro CD de los Doors, también abundante en tomas alternativas. (Hace siglos que no los escucho, pero en el recuerdo no fueron tan chocantes como este solo cambiado).
    Oíme, Roger: si yo compraba esta edición y venía sin ese solo, te iba a buscar a tu castillo para que me devolvieras la guita. Así que agradezcámosle al streaming que eso no haya sucedido (?).

    Hablábamos de la acumulación las otras veces, la cual, en mi caso pudo haber tomado otras formas en busca de ser, creer ser o querer construir algo, pero Machine Head sigue siendo Machine Head.
    Así que Roger, respetá eso y dejá de seguir sacándole leche a la vaca, porque sale agria.

    Podría “firmar” con este link, porque este disco también sigue siendo este disco,
    https://nosoportoalagente.blogspot.com.ar/2013/07/25-anos.html
    , pero prefiero hacerlo con el del blog donde, quizá, trate de horadar alguna piedra, tallar alguna suerte.

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  2. Bueno, mirá: ese disco, el del link, es el único disco que sigue siendo “ese disco”, para mí. Digamos: no me pasa con ningún otro en el grado en que me sucede con ese, Patria o Muerte. Porque hay muchos discos que reviso en medio del sopor desesperante y varios me sorprenden sintiendo por ellos algo parecido a lo que sentía cuando los escuchaba entonces (muy entonces). Pero con Patria o Muerte pasa algo diferente y va mucho más allá.

    No hace mucho, o hace casi nada, tuve mi -hasta ahora- peor pesadilla con mis verdugos, los semidioses de delantal. Fue una piña en la boca del estómago y una patada en las costillas. Necesité huir y, como sé que huir no es algo posible para las personas como yo (que hemos vivido intentando -en vano- el escape), hice un simulacro volviendo a escuchar todos los discos que frecuentaba en mi adolescencia. Y el primero al que le metí mano fue al disco de tu link. Porque es al que mejor recordaba, el que me parecía haber amado profundamente. En un momento oscuro, un disco de esa densidad es un arma de doble filo. Pero debía ser el primero de la fila de la revisión. El asunto es que me conmovió como siempre: como nunca. Me dio la única certeza que podía yo recordar haber tenido, me la hizo tiempo presente, vociferante de vigencia (justo cuando todo era naufragio): se trataba del disco de mi vida. Sentí que si iba a quedar alguna información acerca de mi persona por un brevísimo tiempo luego de mi partida, la única válida y valedera debía ser “su disco favorito del mundo mundial era Patria o Muerte”. Casi que necesitaba contárselo a alguien, había sido un descubrimiento vital en medio de una situación de muerte. Grave error, claro, contar estas cosas tan íntimas a otra persona. Sobre todo cuando uno ha estado expuesto a unos cuantos seres complicados, por no decir nefastos (además de a uno mismo, claro). Pero eso es otra cuestión, digna de una novela de locura, desprecio y muerte. Así que no viene al caso.

    Lo que hacen con las reediciones es una vergüenza. Aunque a mí me da un poco de placer observar a gente vieja como yo que siguen viviendo como si no les hubiese pasado nunca nada: están consumidos por la acumulación. Se quedan pelados, tienen hijos, los condicionan con sus creencias (el “sus” debió haber ido entre comillas, porque son creencias de otros que les han sido pasadas tal como ellos ahora pasan la posta del abominable crimen a su cría), llevan una vida de la que están hastiados pero que no tienen las agallas para aborrecer -ni hablar de modificar-, etc. Pero siguen comprando las reediciones. Todas. Y, además, las cajas y ediciones mega-especiales de las cosas “nunca antes editadas”. A mí me dan mucha risa esas colecciones que venden como “edición ultra-limitada con 8 CDs, 6 vinilos, libro de tapa dura, postales y chucherías varias con todas las sesiones completas de la grabación de X álbum de X artista”. Entonces los acumuladores se excitan, o simulan (ante ellos mismos: y qué bien lo hacen) que se excitan, y pagan fortunas por esas mierdas. Siga, siga, siga el baile.

    Al principio me fastidiaban, ahora me dan mucha risa. Sobre todo porque lo hace casi todo el mundo. Sobre todo los artistas que se suponía eran contra-culturales o contestatarios. Pero todo tiene que ver con todo: quedó muy claro que esta gente era una banda de farsantes. Como queda claro que el público es apenas un grupo de boludos consumidores incapaces de darse cuenta de que nunca han elegido nada. Son los reaccionarios fanáticos de The Clash. Es como ser fanático de Nina Simone y haber votado a Trump. Literalmente.

    Las dos últimas entradas de Chopeados por Massey son gloriosas. Realmente lo creo. faaaaa me parece insuficiente, por eso no califiqué de momento…

    Vos lo dijiste mucho mejor de lo que yo podría: “¡¡Cómo me sigue gustando!!” Es la única calificación que vale la pena dar.

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