Música

FESTIVAL DE LA IMPUDICIA

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Hace ya un par de días comenzó uno de esos mega-festivales que hoy por hoy se dan alrededor del planeta. Mega-festivales de “rock”. De “música joven”. Tal vez, uno de los más prestigiosos.

Cuando yo era chico y había comenzado a viajar por el mundo para ver recitales y comprar discos, los festivales grandes y de cierto prestigio sucedían casi exclusivamente en Inglaterra. Eran, básicamente, el Glastonbury y el Reading Festival. Este último era la contrapartida urbana del que organiza Michael Eavis. Se podía ir al Reading sin necesidad de acampar: uno, al finalizar cada jornada, podía tomarse el tren y regresar a Londres. Mi primer viaje fue en 1990, justo a tiempo para la edición que nucleaba mayormente a los grupos de moda de Manchester (Stone Roses, Charlatans, Happy Mondays, Inspiral Carpets, The Farm, etc.) junto a otros artistas (por ejemplo Nick Cave, que acababa de editar The Good Son, el álbum que lo haría cambiar de hábitos higiénicos, cuenta bancaria y público).

Como dije, por ese entonces, yo era joven. Un joven con artritis psoriásica, pero joven al fin. Por lo tanto viví esos festivales (desde el 90 hasta el 98) con la ambivalencia que me define: el entusiasmo, intacto; el cuerpo -aun nuevo-, prematuramente envejecido y sufriente. Recuerdo el Glastonbury del 95, donde Oasis debutó dos canciones de lo que sería Morning Glory y Pulp reemplazó a los Stone Roses a último minuto: tuve que pedir una especie de ambulancia (muy precaria: una pick-up hecha mierda con la caja pelada) para que me arrimasen a la salida. Por aquel entonces, todavía nuevo en el territorio, sentía un deber absurdo: verlo todo. “Todo”. Al menos, era un capricho personal y no uno dictado por el mercado: el mundo todavía era extenso y el arte de rebuscársela para lograr la concreción del capricho aún era un arte mayor.

Hoy el mundo es, definitivamente, otro. Ni peor ni mejor: simplemente algo absolutamente diferente a entonces. En este nuevo mundo yo tengo el entusiasmo en coma farmacológico y el cuerpo dando sus postreros estertores (si se me permite la ridiculez metafórica). Y el Primavera Sound me agarra viviendo en Barcelona.

El año pasado vi cómo se ponían a la venta los abonos para todo el festival, mucho tiempo antes de que se conozca la grilla de artistas. Trucos de mercadotecnia: te vendo las entradas para “verlo todo” un año antes del evento, pero “mucho” más “baratas”. El “prestigio” del festival se encarga de que esta estrategia de mercado no sea un engaño pues, según reza el vox populi, el Primavera es “lo más”. De esto se me desprende un concepto: la gente concuerda casi de manera absoluta con la industria, el mercado y el sistema. A mí me suena una alarma que seguramente la mayoría de las personas no alcanzan a oír.

Así, el precio de los abonos fue aumentando a medida en que el año de anticipación se vino achicando. Hasta que llegó el momento de poner a la venta las “entradas por día”. Pero esto no se trata de exponer aquí las estrategias de venta de la organización del festival. A lo que iba era que, una vez conocida la programación del festival, supe que no tenía ganas de ver a casi ninguno de los centenares de artistas anunciados. Pero la voz que todos tenemos clavada en el ojete del marote me decía: “vivís acá, cómo no vas a ir…” Es la culpa que nos inculca el capitalismo judeo-crisitano: “¿qué, no vas a consumir nada?”

Así fue pasando el tiempo. La fecha del festival se acercaba. Yo quería ver a Baby Dee y Current 93. El marco del festival no era el ideal, pero Current 93 no toca muy seguido. Y me interesan bastante. Esa especie de folk oscurantista fuera de tiempo, un poco, me subyuga. Obviamente que hay otras cosas dentro de la programación del festival que también me gustan. Pero hoy en día para mí ya no se trata de los nombres a secas: para que el deseo se me pare (el deseo: esa poronga para la que todavía no se inventó un Viagra) es menester que el nombre desarrolle su presentación en un recinto que me venga bien. Y, dentro de ese recinto, necesito acceder a un asiento que me conforme. Así que nombres como PJ Harvey o Boredoms se me deshilachaban en el escaparate del mayorista. Porque estos mega-festivales no son más que eso: un Diarco de la “música joven”. Muy a tono conceptual de los tiempos: esa necesidad de “estar al tanto” de todo. Porque se pretende no solamente que el “todo” existe sino que, además, uno puede abarcarlo. Comprehender y comprenderlo. Entonces vienen estos festivales que, no conformes con tener 3 y 4 jornadas de programaciones maratónicas y simultáneas, agregan shows extras: los de apertura, los de clausura y la máquina de hacer chorizos. Y la gente, perdida en la vorágine consumista que les calentó la pava a lo pavote, se ceba. Es la música lista para el consumo que dictan los tiempos. La gente “aprovecha” estos festivales para “tildar” en su agenda imaginaria un montón de nombres: a este ya lo vi, a este también, y a este, este y este otro también… No importa si se los vio corriendo de un lugar a otro y con la cabeza y los oídos saturados de horas y horas de vacua exposición a grupos, solistas y más combos; tampoco resulta relevante que el sonido del escenario más cercano se mezcle un poco con lo que estoy viendo (porque si coincide una canción suave aquí con una potente allí, esto suele suceder); ni que los sets sean mucho más breves de lo que naturalmente son cuando los artistas se presentan individualmente. No importa nada más que “tildar”. “Chequear” (para luego decir, en sociedad, “sí, ya los vi”). Eso es lo que torna a estos mayoristas de la música en vivo en una cosa irresistible: la increíble oportunidad que nos brindan para que tildemos más y más nombres en nuestras agendas (y en nuestros muros de red social).

Así es como me quedé sin entradas. O sin entrada, pues yo quería solamente una para el día sábado (el día de Current 93 y Baby Dee). En ese momento, cuando supe que estaban agotadas, comencé a intentar de tres maneras: Segundamano (ahora Vibbo) España, página de Facebook del Primavera Sound y un correo electrónico a un conocido que, por razones laborales, está en contacto con centenares de consumidores de estos festivales: tal vez se enterase de que alguno vendía su entrada de día sábado. Un cuetazo en la oscuridad, como quien dice.

En este proceso descubrí varias cosas. La primera fue que, hoy por hoy y gracias a las perversas bondades de internet, cualquier hijo de vecino se convierte en revendedor de entradas. Una especie nueva de revendedores, una más aborrecible que aquella que agrupaba a los profesionales del ventajismo. Porque son tus pares, los consumidores de esto mayoreo del rock, quienes te quieren cagar desde arriba de un palo. Lo más curioso es que esta gente se piensa y se presenta socialmente como “combatientes al sistema de capitalismo salvaje que salva bancos y no marginados”. Porque la gran mayoría de los asistentes a estos festivales de “música joven”, así como también casi todos los artistas programados, declaman una ideología de izquierda. Son como Radiohead y sus groupies ideológicos: farsantes. Pues, como todo mundo, tienen una doble vida: invierten en un par de abonitos cuando están más baratos como los yupis compran y venden títulos en la timba de la bolsa de valores. Así, cuando llega el tiempo del festival, las ofrecen a valores vergonzantes (muy mayores a los más caros). En Segundamano o en la página de Facebook del festival. Las ofrecen “con onda”, pidiendo “un privado”. Allí, en soledad, te espetan los precios sin sonrojarse. Los anti-sistema. Pero que resultan ser, ni más ni menos, que el carbón más combustible de la máquina infernal que nos llevará a la nada en este bólido infernal que nadie podrá detener a tiempo.

Como estoy viejo y maniático, me manejo conceptualmente. Como si tuviese principios (yo, que apenas tengo finales), me niego a pagarles los vicios a estos pelotudos. Así estuve buscando una entrada para el día sábado durante tres semanas. Revisando seis veces por día el muro de Facebook del Primavera Sound y escribiendo no menos de siete mensajes privados diarios a oferentes de entradas: todos Che Guevaras de la miseria. Che Guevaras Thom Yorkizados que están siempre dispuestos a meterle un meñique en el culo a un desprevenido que se quedó sin ticket mientras el sistema, que ellos dicen combatir, les mete la pija congoleña las 24 horas del día (y a la noche también).

Hoy es viernes y mañana toca David Tibet. Se toca la chota y canta como puede. Y yo estoy con mi entrada que le compré a la única persona seria que encontré en 20 días ininterrumpidos de lidiar con inocentes scalpers: una madrileña que me mandó su entrada-pdf luego de que le hiciera la transferencia bancaria por los 85 euros que valía el ticket, con comisión de compra incluida.

Revisando la grilla completa del festival, que fue publicada hace un par de semanas junto a todos los horarios, vi que había una presentación gratuita que me interesaba: la de Julien Baker en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), hoy a las 2 de la tarde. Así que el Primavera, para mí, comenzó hoy. Y aquí estoy, de regreso de ver a la flaquita de Memphis, haciendo el primer review del Primavera Sound completo, aún antes de que toquen todos los que tienen que tocar. Aún antes de que toque Radiohead, los Jesusitos contemporáneos.

A mitad del camino de ida, entre un autobús y otro, descubrí dos cosas: que mi tarjeta magnética se había averiado y no marcaba; y que había una huelga de autobuses, paro casi total. Con razón había demorado tanto en llegar a la parada…

Así y todo, llegué a tiempo al CCCB. Al acercarme al edificio que se encuentra en el Raval, supe que el show se desarrollaría en el patio: el bochinche que había lo denunciaba. Esperé a que se detuviera “la orquesta” (digamos: a que finalizara el tema en ejecución) e ingresé. Lo hice con tanta falta de timing que, al pasar junto a la pila de parlantes, comenzaron otro temita: los dos acordes iniciales -unos golpes de bajo eléctrico- resultaron tan horribles como brutales. Fue una especie de bienvenida al error, al salvajismo hecho civilización. Me alejé del lado del escenario, huyendo hacia el fondo. Dispuesto a esperar a por Julien Baker desde donde se oyese lo menos posible el sinsentido de los que estaban tocando en ese momento. Al llegar al último rincón noté que, en el segundo patio, había otro escenario. El sponsor del mismo era Martini y recordé que ese era el nombre del tablado donde se presentaría Julien Baker. De haberme percatado antes, hubiese entrado al CCCB por atrás, ahorrándome la bomba de bienvenida de ese grupo horrible que dañaba los oídos de un montón de consumidores, a cambio de un poco más de dinero. A ver cómo se llamaban… (Disculpen, voy a ver la grilla)… Chicago Toys. Qué hijos de puta… Ni bautizarse saben: hacen que uno ni siquiera se tome el trabajo de buscar en YouTube algo de ellos, “para chequearlos”. Porque así es como se erige un gusto personal hoy por hoy: tildando. Tildando, con una ventana de YouTube abierta a un costado. Dios… No, Dios no. Mejor: Satanás… Satanás, por favor, llevame…

Me acodé sobre la baranda frente al escenario “Martini” ni bien entré al segundo patio (esto me hizo acordar al Chavo del 8: el segundo patio era un lugar medio aguantadero pues era raro que la acción de los capítulos sucedieran allí; lo que sucedía en el segundo patio solía quedar velado en el relato de algún personaje que estaba parado en el patio de adelante): Julien Baker estaba probando sonido. Cantó un poquito, lo suficiente como para enamorarme. Me quedé viéndola como un boludo, yo, viejo choto. Ajustó el volumen de su guitarra en el monitor, miró su reloj pulsera y se fue. Regresaría en quince minutos, justo a las dos de la tarde.

Mientras tanto, en los alrededores, un italiano hablaba con una española, un catalán y otro italiano. Contaban sobre todo lo que habían visto el día anterior. Venían de caravana. Un tano dijo que Julien Baker (que tocó también ayer, aunque no “gratis”) los había hecho llorar. Tano maricón…

En eso, uno de los Dante-parlantes sacó su Smartphone. Comenzó a hablarle a la pantalla. Llamaba a una chica, seguramente en Italia, vía Skype. En eso, comenzó a hacer pruebas de cámara apoyando el telefonito sobre la baranda y apuntando adonde Julien Baker estaría cantando. “¿Este pelotudo le va a “transmitir” el show a alguien por el teléfono?” De inmediato me llamé a silencio intra-craneal acusándome de tipo mal pensado. De sorete aguafiestas, de metiche. Mientras tanto, los otros tres seguían tirando nombres: parecía que revisaban esas revistitas de ofertas de los supermercados; estaban chochos con las latas de duraznos en almíbar, el dentífrico y los pañales descartables que iban a comprar. A granel.

Supe de Julien Baker hace relativamente poco. Me llamó la atención, primero, su aspecto físico. Su apariencia aniñada y ambigua. Su soledad puesta de manifiesto en el minimalismo musical, además de sus letras. Letras que hablan, con decoroso recato, de no encajar. No de no encajar en “el sistema” sino de no encajar emocionalmente con los actores del sistema. Los actores chiquititos. Esos que revenden un par de abonos para pagarse su entrada, por ejemplo.

Fue gratificante verla parada ahí, tan cerquita, haciendo lo suyo. Con modestia y convicción. Siendo tan impecablemente ella. Con su voz, cuyo timbre me remite a una Bjork joven. Su fraseo, cuando va hacia las alturas de la escala musical, es el de una Bjork temprana. Sus canciones -en cierto modo- me recuerdan a Elliott Smith, también de los inicios. Antes de que lo coaptara esa molesta admiración por los Beatles. La lentitud de Baker me lleva a Dave Callahan; pero Julien exhibe un universo de armonía que, felizmente, la despega de quien se abriera camino bajo el nombre Smog.

Julien Baker cantó lo suficiente: media hora era la dosis indicada para que entre su Sprained Ankle completo. Cerró con Something. Con la suya, no la de Harrison (que es con la que solía terminar Elliott Smith en una de sus giras). La disfruté casi sin distracciones: apenas, a mitad del set, me tomé un recreo para observar al italiano del Smartphone quien, efectivamente, le transmitió a su amiga en directo y por Skype el show completo. Al final el pelotudo era él, no yo. Eso me pasa por pensar mal de mí en lugar de pensar mal exclusivamente de “la gente”. No sé cuándo voy a terminar de aprender. Algo.

La flaquita saludó y me fui a un costado del escenario. Desde allí la observé acomodando sus petates. Metió los pedales y algunos cables en una valija con rueditas. Un plomo (aspecto de hooligan, con camiseta del Liverpool puesta) le guardó la Telecaster en su estuche rígido y cuadrado. Ambos, lado a lado, descendieron la rampa y se fueron. Yo me apreté la gorra, ajusté los anteojos, y me retiré para el otro lado, escapándome del sol vengador.

Una vez en el autobús 68, que tomé en Plaza Cataluña, escribí esto en el estruendoso e incesante silencio de mi cabeza. Entendí que se trataba de un review completo del Primavera Sound, uno escrito antes de que termine. Uno blasfemo que niega a Radiohead, dándole una crítica críptica que no necesita de nombres de canciones ni ridículas descripciones: de eso está lleno el mundo. Para eso es que existen no solamente las “revistas de música virtuales” que pululan por todas partes (no me hagan hablar…): también están a su servicio los muros de los individuos. Allí donde, en estos tiempos, la gente muestra sus impudicias. Le sacan foto a un disco que acaban de comprarse y “lo exhbien”. Las comillas están porque lo que en verdad hacen es exhibirse a ellos mismos. Todo el tiempo, obscenamente. Se hacen la corte. Se masturban en ronda sin siquiera tener el valor de cambiarse las manos con los vecinos. Se hacen los combatientes del sistema mientras representan ni más ni menos que a los engranajes más aceitados. Se hacen los transgresores y solo dicen y consumen aquello que los tiempos dictan como correcto. Hoy existe un molde para todo: el bien pensar, el bien ser. Todo es previsible, todo es concordante (en la medianía más gris).

Este review es el primero de todos, y el más completo: aquí se habló hasta del último diablo programado para el festival Primavera Sound edición 2016. Primicia absoluta. Todo lo que venga después de esto es falso. Es mentira. Es la mentira que el mentiroso se perpetra a sí mismo. Una y otra vez y en simultaneidad con un universo de mentirosos. De aburridos vivaces. De dormidos activistas.

En mi libreta está todo tildado.

 

Barcelona, 3 de Junio de 2016.

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