Relatos Breves

LOS DÍAS EN LIQUIDACIÓN

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El día, súbitamente, entró en liquidación. Imposible saber en qué instante alguien decidió que así fuera. Salí a la calle temprano dispuesto a ofrecerme al día de sol. Sant Jordi es una fecha especial aquí en Barcelona. A la celebración del calendario santoral se le agregan asuntos de orgullo catalán y la ciudad, una vez más, se embandera. La tradición hace que los hombres le regalen una rosa a las mujeres y ellas un libro a ellos. Porque además de todo se celebra el día del libro. Creo que desde el año 1931. En todo el mundo. Así es como encontré las calles atiborradas de gente y mesas armadas en las veredas desde donde la sobreoferta de rosas y libros se hacía manifiesta.

Arranqué al mediodía remontando la Avenida Diagonal desde Francesc Macià. Giré a la izquierda hacia la Vila de Gràcia, más precisamente en dirección a la plaça. Las plazas de los barrios españoles conservan un encanto de otros tiempos. En ellas, aún hoy, puede uno darse el lujo de ilusionarse con la posibilidad del sentido comunitario. A la una de la tarde la plaza se hallaba intransitable a tal punto que se me hizo imposible hacer lo que había ido a hacer: hurgar entre los libros expuestos.

Continué caminando, dispuesto a encontrarle al día un sentido diferente al señalado por mi intención primigenia. Tomé Passeig de Gràcia. Pronto supe que resultaba improbable encontrar un libro de mi interés entre el universo de lo ofrecido: una mezcla de los más diversos autores nuevos (casi ninguno relacionado con la literatura) y un océano de descartes.

Impulsado por el desengaño me abrí camino entre la muchedumbre. Pasé por Casa Batlló (cuyo frente estaba totalmente decorado con rosas rojas), Plaça de Catalunya, Les Rambles, el Mercat de la Boqueria, el Liceu… Hasta que -tras tres horas de caminata ininterrumpida- pude hacerle frente al sinsentido de la travesía emprendida. El cuerpo comenzó a quejarse con creciente énfasis. Me dispuse entonces a desandar mis pasos, pues la verdadera razón de mi excursión de Sant Jordi era asistir al jam de escritura a realizarse en el barrio de Gracia. Una vez regresado allí, siendo las seis de la tarde, busqué un lugar donde comer algo y descansar el cuerpo.

Me senté a una mesa que daba a la plaza. En el restaurant Nou Candanchu. El sol de la tarde, en su vigencia, derramaba sobre mi mesa el alargado dibujo de la ventana. La camarera me saludó con gesto de amarga resignación. Pedí revoltijo de setas con butifarra negra, patatas bravas y una Moritz. A fuerza de dirigirme a ella con amabilidad, la mesera cambió el rictus y comenzó a ofrecer gestos de calidez. Era una mujer de más de cuarenta que conservaba un cuerpo muy atractivo. Su rostro no escatimaba en rasgos de tosquedad ibérica. En el televisor, mientras tanto, el Real Madrid le ganaba al Rayo Vallecano tres a dos. Minutos después, y en continuado, el Aleti se medía contra el Málaga.

Poco más de una hora más tarde pedí la cuenta y la contraseña del wi-fi. Quise chequear la dirección donde se desarrollaría el jam de escritura. Sabía que el sitio quedaba a no más de 500 metros de donde me encontraba, pero necesitaba reducir al mínimo la posibilidad de perderme en el laberinto de callecitas del vecindario. Abrí el Facebook y, como primera cosa, vi un post de los organizadores de la jornada: se anunciaba la cancelación del evento debido al mal tiempo (la actividad iba a desarrollarse en un patio). Incrédulo, saqué la vista de la pantalla y miré a través de la ventana del restaurant: el sol, ausente; la gente, huyendo en todas las direcciones posibles mientras en el suelo podía adivinarse un salpicado de gotas de lluvia que aún no habían escapado del cielo.

Volví la mirada al anuncio de la cancelación, publicado dos minutos atrás. Pagué la cuenta y salí a la calle. Lloviznaba. Me pregunté para qué había salido al mediodía si en verdad lo único que realmente quería hacer era participar de un evento que recién arrancaría junto a las últimas instancias solares del día. Un evento que, para colmo de males y subrepticiamente, se había difuminado en los avatares de la meteorología.

El tránsito de la Avenida Diagonal estaba mucho más que denso por lo que rehusé abordar un autobús. Me dispuse a caminar hasta la estación Francesc Macià para tomar el tranvía. La llovizna ya podía decirse lluvia. La vereda, empapada y resbalosa, era una pista donde danzar el éxodo. Las pequeñas e improvisadas mesas, sobre las cuales durante todo el día se ofrecieron rosas por 3 y 3 euros con 50 cada una, se encontraban a medio desarmar. Los chicos y chicas que durante la jornada habían estado vendiendo las flores sentados en improvisados bancos, deambulaban ahora por la vereda. Se desesperaban por interceptar a cada una de las pocas personas que, si bien aun no habíamos logrado regresar al hogar, lo intentábamos con ahínco. En el trayecto de una calle a la siguiente, unos chicos ofrecían las rosas ya no por unidad sino en ramos de ocho, diez o doce (vaya a saber). Cinco euros cada pequeño lote. Pocos pasos más adelante, unas chicas las vendían de a una a cambio de también un único euro. La noche apuraba su llegada mientras la lluvia alivianaba el trabajo reservado a los barrenderos municipales.

El día, efectivamente, había entrado en liquidación. De manera inesperada. Así como me había enterado de la lluvia mirando el Facebook y no a través de la ventana del restaurant, que se encontraba apenas a medio metro de mi mesa, el remate de un día de sol se precipitó sin previo aviso de final de temporada. Todo parecía haber entrado en una baratura imprevisible, madrugadora. Y la imagen que ofrecía la pretenciosa Avenida Diagonal de Barcelona resultaba angustiante. De abandonos y de muerte.

Al llegar a la esquina donde la Diagonal es interceptada por el Carrer de Balmes, un chico tan delgado como alto cruzó corriendo delante de mí, desde el cordón de la vereda (donde seguramente había estado instalado su puestito de rosas durante lo que el sol duró en el día) hacia la línea de edificios. Llevaba una enorme caja de cartón apoyada de lado sobre su cabeza, a manera de protección contra la lluvia. Un chorro de agua cayó desde el interior de la caja, hacia un costado, como si fuese el desagüe de un techo de tejas. La caja estaba a punto de desintegrarse.

Fue ese gran chorro de agua escupida desde la precariedad de la caja de cartón que llevaba este chico sobre la cabeza lo que me devolvió a Carlos al pensamiento. Ayer estuve con Carlos.

Carlos es un amigo al que veo mucho pero con quien estoy poco. Lo veo casi a diario, como quien ve su propia imagen en el espejo cada vez que se lava los dientes. Pero rara vez estoy con él. Carlos… Qué nombre inapropiado. Hay algo de irrealidad en ese nombre. De inadecuado. Pero mi amigo se llama así: Carlos. Y no quiero modificar su nombre en el relato porque se trata, justamente, de su nombre: es él. Si se tratara de un personaje literario y yo fuese autor, resultaría imperdonable haberlo bautizado Carlos. Sería prueba suficiente de mi imposibilidad como escritor. Pero aquí estoy, hablando de Carlos. De este amigo al que veo todo el tiempo pero con quien rara vez estoy. Y ayer estuve con Carlos en un café. A las claras, necesitaba desahogarse.

A Carlos le encontraron un tumor hace menos de medio año. No viene al caso dónde está alojado el brote maligno: suficiente con que lo tenga. Mi amigo tiene la edad de Noel Gallagher. Hasta son del mismo signo zodiacal, Noel y Carlos. Un día, en una guardia de por aquí, le advirtieron que debía realizarse unos estudios de manera urgente ante la posibilidad de la existencia de un tumor. No podía darse el lujo de perder tiempo, ni siquiera veinte días. Así se lo advirtieron. Era menester saber si la lesión era un tumor o no pues, de serlo, había que combatirlo con urgencia. Tremendo e inesperado trompazo el que recibió Carlos, justo en la boca del estómago. Quedó sin aire, confundido, atontado. De golpe, así como un día de sol anticipa su final súbitamente, sin aviso previo.

“¿Viste que se murió Prince?” me dijo Carlos acercando su rostro al mío, ambos sobrevolando la mesa del café. Se tiró hacia atrás y su silla tambaleó. Palpaba sus bolsillos buscando algo. Sacó unos papeles ajados, doblados en cuatro. Los desplegó sobre la mesa. Comenzó a alisarlos intentando borrar las marcas de los pliegues. Acto seguido, me leyó: “Bowie, Prince… mi adolescencia se está yendo al tacho!!! El promedio de talento mundial se ha reducido a la mitad. Es el Signo de los Tiempos. QEPD y gracias por la música, GENIO!!!” Y aclaró: “de internet, todo esto lo copié de internet, de Facebook…”

Como si se hubieran abierto las compuertas de una represa, Carlos exhibía vehemencia y se expresaba con sólido énfasis. Su claridad en la lectura hacía que en las inflexiones de su voz uno pudiera leer no solamente palabras que habían sido escritas en letras mayúsculas sino además descubrir todos los errores idiomáticos y de escritura que suelen cometerse en el masivo uso de las redes sociales.

Mi amigo se encontraba muy alterado (o muy encendido) como para estar preocupado por comunicarme apropiadamente la idea que intentaba expresar. Apelaba al hecho de que nos conocemos bastante bien. Carlos es una cabeza que vibra a una intensidad poco habitual. Siempre lo imagino conectado todo el tiempo a la red de su incesante conversación interior. Cuando vos hablás con Carlos es menester reenganchar con todo eso que anduvo sucediendo en su cabeza durante todo el tiempo que pasó desde la última vez que estuviste con él. De no hacerlo, eventualmente estarás tentado de sentenciarlo a la locura y confinarlo al aislamiento.

“Harto, estoy harto de entrar a Facebook y fumarme, cada vez que se muere un pelotudo de estos, todos esas muestras de esa congoja virtual, hueca… Todo porque un desconocido ilustre se fue de este mundo. ¡Hijos de puta!” Manoteó los papeles y retomó la lectura: “’A menos de la mitad diria yo, increible man’ comentó un pelotudo y otro, enseguida, puso desde su perfil de imbécil: ‘Que picor’, así nomás, sin tildar en la letra e del qué, hijo de re-mil putas…” Carlos cambiaba la voz de un comentario a otro, como interpretando a los diferentes personajes que habían escrito en Facebook a propósito de la muerte de Prince. Ya me había hablado en una oportunidad (o me lo había escrito por Facebook) sobre esa manía que la gente tiene de lamentar la muerte de un famoso o inclusive de saludarlo el día de su cumpleaños mandando mensajes de desde sus muros de red social.

“‘Murió Prince? en serio? qué lo parió’ posteó otro boludo a lo que algunos de sus amigos, con la idiotez a flor de piel, le comentan: ‘Sip, acabo de oírlo’, ‘Confirmado, a los 57 años’, ‘Si, increibel!’ se apura en decir un tercer hijo de puta, tan apurado el tipo que practicó la dislexia en el “increíble” que no supo escribir correctamente y sin siquiera dignarse a poner el tilde que debían llevar las únicas dos palabras que pudo expresar… Dicen que es increíble que se muera un tipo de 57 años, un falopero que se garchó cualquier cosa que se moviera en cada lugar del mundo donde estuvo… ‘…Increibel!’ (Retornó la vocecita un instante) ¡Hijo de puta! Los iría a buscar uno por uno para cagarlos bien a trompadas, sin decirles nada: llego, los miro y empiezo a golpearlos… ¡No! ¡Mejor trompadas no! ¡A mano abierta! ¡Esa es la golpiza apropiada! Cagarlos a bifes hasta que les quede la jeta ardiendo, ¡roja!”

Carlos, a esta altura, estaba embaladísimo. Había ensamblado el vagón sobre los rieles y andaba como loco. Sus ojos se agrandaban y amenazaban con salirse de las órbitas. Lo mejor era dejar que se expresara y sostenerle la atención con suma prudencia.

“Mirá acá: este otro sorete pone tilde y utiliza los signos de admiración como el idioma castellano exige: “¡¡¡Qué bajón!!!” escribe arriba de una foto de Prince que postea. ¿Bajón? ¿La medida de su tristeza es la muerte de Prince? ¿Qué espera toda esta gente? ¿Que no se mueran porque publicaron esos disquitos de mierda que ellos alguna vez escucharon? A veces pienso que de tan idiotas que son terminan creyendo en toda estupidez que les inculcó el sistema. Cualquier tipo que dedicó su vida a escribir cancioncitas y las publicó logrando cierto grado de éxito es tomado como un semidiós que, en carácter de tal, no debiera morirse. Y cuando se mueren resulta increíble. ¡Increíble! ¿Por qué mierda les resulta increíble?” dijo Carlos dando un golpe sobre la mesa con la palma de la mano derecha. El cachetazo retumbó en todo el bar y las tazas se sobresaltaron: una derramó un poco de café con leche en el platito sobre el cual la cucharita tintineó tras el manotazo.

“Vos sabés bien que esta tara mundial por las necrológicas de red social me molesta desde mucho antes de que me encontraran este cáncer de mierda”, continuó mi amigo. “Cuando se murió Bowie había pasado apenas un mes desde mi diagnóstico. Me levanto una mañana y empiezo a leer los lamentos y la congoja generalizada. ¿Qué edad tenía Bowie? ¿Setenta? ¿Y de qué mierda se extrañan? Cáncer de pulmón. Mi viejo fumaba como un animal, no sé si más o menos que Bowie. Si a mi viejo le hubiesen sacado la mitad de las fotos que a Bowie a lo largo de su vida también hubiera aparecido la mayoría de las veces con un pucho encendido entre los dedos. Mi viejo manejaba un taxi y se murió de cáncer de pulmón a los 54. No sabía lo que era la merca, ni la heroína, ni ninguna de esas otras mierdas. Tomaba vino. Unos vinos del culo, por supuesto. En esa época cualquier vino fino como el Toro Viejo era considerado un lujo eventual para unos pobres tipos como nosotros, así que imagínate… Pero ‘ay, pobre Bowie’. ‘El mundo ahora es un lugar más inhóspito sin vos…’ me acuerdo que escribió en Facebook un pelotudo que conozco cuando palmó el tipo ese… ¿Así que el mundo se te hizo un lugar más inhóspito o feo o cruel o insensato porque se murió Bowie, un tipo que en tu puta vida conociste y resulta un ser totalmente ajeno a tu realidad social y cultural? ¿Cuál es entonces tu conciencia de que el mundo es un lugar de mierda si por la muerte de un ser abstracto se te hace todavía más de mierda? Son todos unos noveleros, noveleros de cuarta. Sensiblería de vieja chismosa. Debieran asumirse en batón, ruleros y várices para pararse todos los días de sus putas vidas en los umbrales de sus respectivas casas, todos apoyados en el mango de sus escobas tras haber barreteado la vereda, esas de antes con baldosas de cuando éramos chicos, esas amarillentas, cuadraditas, chiquitas, con el dibujo de listones horizontales en relieve, ¿te acordás?” Yo asiento levantando las cejas. “¡Boludos! Convierten una herramienta que bien usada podría atentar contra la domesticación a la que los somete el sistema en una cosa estéril que solo sirve para el chismorreo y la sensiblería berreta. Que se asuman lo que son, viejas asomándose a la vereda desde el umbral y sacando las manos del mango de la escoba para saludarse a la distancia entre ellas. Levantan la manito y saludan a lo lejos mientras murmuran la muerte de alguno de a la vuelta a quien no conocieron. Y se regodean. Porque es eso: a estos hijos de puta les encanta esto de andar lamentándose por la muerte de un don nadie. ¿Y sabés qué es lo peor? Que además los subliman. Y te tiran con todo el arsenal de frases hechas. ‘Qué pérdida para la música… ¡Nos estamos quedando sin genios!’ ¿Pérdida para la MÚSICA? ¿Así nomás, la música a secas? ¿Qué noción tienen de la música estos retardados? ¿Así que se muere Bowie, Prince o George Martin y la MÚSICA se despeina? ¿Desde cuándo? Reducen LA MÚSICA a una partecita del subgénero menor al que ellos adhirieron inducidos por el mercado que los tiene bajo su pulgar. ¡Tres dedos adentro del ojete, eso es lo que tienen todos! Y así se quedan de por vida, ciegos. Irremediablemente idiotizados. Creyendo que, finalmente, la internet les dio la posibilidad de hacer del propio y minúsculo conocimiento una verdad enciclopédica, totalizadora. Creen que LA MÚSICA es lo que escuchan ellos. Son incapaces hasta de sospechar de la vastedad inabarcable de todo asunto. ‘¡Se nos acaban los genios!’ ¡Hijos de puta! ¿Por qué, a ver? ¿Por qué mierda se nos acaban los genios, eh? ¿Porque lo decís vos? Así que el alcance de visión desde tu cabecita te hace concluir que todos los genios del mundo -del mundo en general o del casillerito de LA MÚSICA que a vos te gusta, da igual- son tal cosa solamente bajo tu aval y que además se desempeñan únicamente dentro del área que vos creés dominar? ¿Y qué cosa te hace pensar que, de golpe, los genios se extinguen? ¿Justo se vienen a extinguir en el infinitesimal momento de la historia de la humanidad que te tocó en suerte o desgracia? ¿Qué te hace pensar que la genialidad es algo inherente a un tiempo histórico y no al género humano a lo largo y ancho del tiempo y del espacio? ¿Me entendés, Germán?” dice mi amigo recostando su indignación sobre el duro respaldo de la silla. Necesita que alguien avale su furia. Suspira y deja los brazos colgando a los costados del asiento, como si acabara de pelear cien rounds contra Muhammad Ali.

“Perdoná si me voy en digresiones o si me voy de mambo, perdoname por favor”, dice Carlos en un cambio de tono que no podría ser más brusco. Carlos es culposo. Desde que lo conozco vive atormentado con la posibilidad de estar equivocándose, todo el tiempo. Es más: él siente la certeza de estar equivocándose en forma permanente. Pero además tiene conciencia de que eso es inherente a la Humanidad toda. Tal vez su problema sea que resulta infrecuente encontrarse con un interlocutor que exhiba el mismo nivel de conciencia del error en el que vivimos todos. Y esto lo deja desvalido para el día a día. Lo más curioso es que el tipo, entendiendo muy claramente el inconveniente, no hace nada por evitarlo, por ahorrarse algunas de sus nefastas consecuencias. Prefiere andar con las heridas abiertas a flor de piel y, en lugar de ocultarlas como un psoriásico cubre su eccema bajo mangas largas aún durante el más tórrido de los veranos, las expone en la utopía de cruzarse finalmente con alguien de su misma especie.

En la cuadra que va desde el Carrer de Tuset hasta el d’Aribau los chicos y las chicas recorren la lluvia como hormiguitas perdidas mientras ofrecen dos y hasta tres rosas por un solo euro. Voy apurando el paso aunque con pie de plomo: las suelas de mis zapatos resultan demasiado resbaladizas para un suelo que se precipitó patinoso. Sobre la vereda hay pétalos de rosas pisoteados, apelmazados. Allá al costado un paraguas roto, quebrado, fue descartado junto la entrada de un edificio. Yo vuelvo a Carlos desde el pensamiento…

“Cuando lo de Bowie… Cuándo fue… ¿A principio de año?” retomó apurando unos sorbos de café con leche, seguramente helado. “Todo el mundo llorando por Facebook. Que no puede ser, que por qué Bowie habiendo tanto hijo de puta para llevarse primero… Porque además tienen la ilusión de que hasta Dios lee las forradas que van escribiendo en sus muros… Son los mismos imbéciles que pintaron su fotito de perfil con la bandera de Bélgica después del último atentado. El mercado les vende hasta el manual que instruye sobre cómo reaccionar ante las muertes, a estos boludos. Y ellos compran creyendo que están expresando la bondad de sus almas limpias. Y después están los otros” dice Carlos atragantándose con el aire que inhala, “los que se indignan por los que pintan su fotito de perfil con las banderas de Bélgica y Francia pero no lo hacen con las de Nigeria y Palestina, donde masacran a otros infelices. Y se tiran con cifras de muertos y con lo que creen son sesudas tomas de posición ideológica. Todo televisado por Facebook. Lo que ninguno pero ninguno sospecha es que son todos iguales. Todos entrampados y empernados por la entidad invisible, todos con los tobillitos anclados al mismo grillete. Flaco: tomate un bondi y bajate en el Garrahan. Vas a ver a un montón de nenitos muriéndose de cáncer y de otro montón de mierdas. ¡Andá! Los podés ver ahí, cara a cara, en vivo y en directo. ¿Por qué no vas? Por ahí se te pasa la boludez que no ves, con suerte hasta podés darles una mano con algo. ¡No, no! No te pido que les des guita, eso no que por ahí la necesitás para completar la discografía del genio de Minneapolis… Hacés bien en no regalar lo que es tuyo, lo que te pertenece… Hijos de una gran puta… Pero no: el alcance de la congoja que sienten los señoritos por la mierda del mundo, el límite del dolor que sienten, se mide en posteos de Facebook por la injusta muerte de uno de estos elegidos…”

“Comé las medialunas que están buenas”, logré intercalar con la intención de hacerlo bajar unas revoluciones. Carlos da los últimos sorbos a su café con leche y levanta la mano: “¡Más café con leche!”, le grita al mozo que está en la otra punta del salón, acodado a la barra, sin siquiera preguntarme si quería más café.

“’Tras una batalla contra el cáncer de 18 meses, murió David Bowie’. Todos posteando canciones y explicando a Bowie a través de ellos mismos. El camaleón, el genio total de todos los tiempos, bla, bla, bla… A mí me acababan de diagnosticar un cáncer y lo único de la noticia que se me marcó a fuego en la frente fue el ‘18 meses…’ 18 meses, Germán, ¿entendés? Funcionaba como promedio de la duración de una batalla contra esta mierda. Y ahí se acaba el boludeo, ¿me explico? Yo también me pasé una vida sublimando giles que rascaban la guitarrita. Giles que yo pensaba eran parte constitutiva de mi identidad… Me sentía orgulloso porque creía que yo los había elegido entre la totalidad de lo posible. Porque cuando uno es joven no se da cuenta de nada, mucho menos de que las elecciones que creemos hacer para construir la precariedad de nuestra identidad son realizadas de entre una selección que se nos ofrece para que COMPREMOS. ¡La libertad de elección! Algunos, cuando vamos madurando, o más bien mientras nos vamos pudriendo, comenzamos a objetamos cosas, nos ponemos en jaque a nosotros mismos… Nos atrevemos a ponernos en duda, a ponerlo todo en duda. Y así se te van cayendo los muñecos, uno a uno. Se desploma todo. Es jodido, eh… Hay que bancar la parada… Quedás en bolas, Germán: un buen día quedaste en pelota. ¿Pero sabés qué? Creo que es preferible eso a continuar con la farsa hasta el último minuto. Te quedás solo como un loco, de acuerdo… Está bien, admitido… Porque es así, eh, creeme… Cuando te cambiaste de cuadro no te quiere nadie. Naturalmente, los del club que abandonaste te detestan, creen que sos un traidor. Pero los del otro equipo no te reciben con los brazos abiertos, eh… ¡Esos guachos tampoco te quieren! Te reprochan, te sospechan. Te guardan rencor. Quién sabe por qué. Tal vez por la libertad de atreverse a romper todo, qué sé yo… Pero de lo que sí estoy seguro es que no te quieren ni un poquito, ninguno…”

El mozo nos trae el café con leche y Carlos le agradece con una dulzura inconcebible.

“Ojo que no me hago la víctima, eh… No quiero caer en la misma que caen todos. La mierda de haberme enfermado la mido puertas adentro, en mi propio mundito. Ahí grito, pataleo, despotrico sin límites. Pero sé muy bien que no puedo sacar a pasear el perro porque afuera también está lleno de mierda. Y la mierda se multiplica como pan y pescado. Todo está lleno de mierda. Mierda expansiva. Pero lo que a mí me rebela son estos tipos… La pelotudez me saca de quicio… ¿Sabés qué cosa es lo peor de la enfermedad? Que la gente se aleja. Todos. Cada uno a su modo y en diferentes grados, pero todos se distancian. Nadie quiere que lo jodan con un cáncer. Pueden lidiar con eso por Facebook, especialmente si se trata de uno de estos tipos abstractos. Ahí pueden expresar sus sentimientos como si fuera un capítulo de una novela berreta con Cristina Alberó. Pero por el Garrahan no se les ocurre pasar, ni por la puerta. Y con vos, que te enfermaste, mejor establecer una distancia. Por la energía, viste… ¿Sabés qué resulta curioso? Que la red social pareciera estar diseñada para eso, para establecer distancias mientras pretendemos que todo nos importa… Siempre lo pensé, eh, no de ahora. Además las redes sociales son ideales para, como se dice, sacarse asuntos de encima… Mandás un mensajito cada tanto, preguntás cómo anda todo por ahí y listo: misión cumplida. A partir de allí, muerto hasta el teléfono. Pantallita, un toque y listo: pretendés estar al tanto y no ser ajeno, ni siquiera indiferente al padecimiento del otro… Me hace acordar a un capítulo de Seinfeld cuando Elaine llama a una amiga para ver cómo sigue el padre, que se está muriendo. Elaine se saca el tema de encima con una llamada hecha desde un teléfono móvil, desde la calle. Para colmo de males, como no la atienden, deja un mensaje en el contestador en lugar de colgar e insistir más adelante hasta lograr localizar a su amiga. Jerry le hace ver que eso que hizo está mal y categoriza los contactos telefónicos: los que uno hace desde la línea fija de su casa, los que se realizan desde un teléfono público, los desde uno móvil… ¿Te acordás? Es más o menos eso mismo… La red social es la última versión de la herramienta para sacarse temas sociales de encima y pretender que nos ocupamos, que nos interesa, que seguimos involucrados… Porque somos todos almas nobles, viste… ¡Gracias a Dios! ¡Ja!” Carlos hace equilibro al borde de un grito parado sobre el peñasco de la furia. “Lo peor de todo es que la cosa no termina ahí: Facebook, las redes sociales en general, terminan constituyendo un universo y un lenguaje en sí mismos. Y dentro de ese lenguaje es posible examinar el comportamiento humano que, de última, es siempre el mismo. Desde la caverna hasta este preciso instante. Antes y después de Facebook. Aunque la observación dentro del universo Facebook resulta en muchos sentidos obscena… La repartija de likes, la conciencia de que todo el mundo observa la total interacción de la población de los diferentes ecosistemas… Que a mí no me das ni un like y a este boludo sí, ya vas a ver cómo te voy a dar freezer cibernético… Se mandan a la mierda o se putean así, ¿viste? Como adolescentes, en clave de likes y no likes… Mensajes en el muro para mostrarse ante otros, mensajes privados… Comentar o no comentar, ¡esa es la cuestión!”

Carlos tuvo una relación traumática con la salud y los médicos desde que nació. Está signado y fue moldeado por ese universo. El mundo lo parió físicamente fallido y su derrotero infantil fue el de hospitales y nosocomios, se forjó entre curadores y curanderos. Lo confirmaron como enfermo eterno. Y en la historia de cómo le diagnosticaron el tumor no falta una rica simbología de todo eso. Estaba de viaje cuando un problema aparentemente menor lo llevó a una guardia. Allí le advirtieron de la gravedad del asunto. Carlos prefirió volverse a Buenos Aires para confirmar las sospechas, o bien descartarlas. No quiso hallarse solo ante la posibilidad de recibir un golpe demasiado duro para su ya muy transida alma. Pero su paso por Buenos Aires no resultó muy feliz… Llegó a un médico que se suponía era el mejor de la especialidad (otro médico, uno de sus amigos más cercanos, se lo había indicado como tal cosa). Este doctor, ante nuevos estudios, le dijo que no se trataba de un tumor. Carlos sintió un alivio infernal. Pasaron los días, que se hicieron semanas… Y este médico no terminaba de decirle qué era lo que le sucedía (ya que solamente había dicho que no se trataba de un tumor); a casi cuatro semanas de la primera consulta el doctor en cuestión, que comenzó a dar evidentes muestras de desorientación, dijo que quería que su padre (progenitor del renombre) viera su caso. Tras hacerlo y en una visita que se suponía de rutina, le informaron que debía repetir los estudios. La palabra tumor volvió a escena sin que Carlos lo esperase pues se suponía muerta. Se le hizo casi obvio que la opinión del médico padre había sido contraria a la del hijo. Pero este tipo de errores no suelen ser expresados (mucho menos admitidos) delante del paciente. Lo mandaron a repetir los estudios con el mejor ecografista de plaza. Carlos se preguntó por qué no lo habían mandado con el experto en un primer momento, un mes atrás. En la guardia del hospital en el extranjero, cuando comenzó todo, le habían remarcado que no podía darse el lujo de perder el tiempo. Al llegar el día de la ecografía con el experto descubrió Carlos que, en lugar de realizarle el estudio, el nuevo afamado galeno lo revisó a ojo utilizando apenas un microscopio. Su doctor (el hijo, a quien Carlos había acudido originalmente) faltó a la cita. Carlos quedó solo con el experto ecografista (a quien veía por primera vez en su vida en ese momento) sin máquina para hacer ecografías, para que lo revisara a ojo. Su médico se había borrado, literalmente. Allí, en la tenebrosa oscuridad de un pequeño y sórdido consultorio, el eximio ecografista sin ecógrafo apartó su vista del microscopio tras una revisión que no duró ni un minuto para, sin siquiera encender la luz del cuarto, decir: “Bueno… Lamentablemente la lesión que usted tiene es un tumor”. El mundo se le desplomó sobre la cabeza: Carlos nunca podría olvidar ese instante dentro de ese día negro. Jornada durante la cual, colmo de todas las ironías, se celebraba el día del médico. Ese día el médico de Carlos lo había abandonado, seguramente abochornado por haber demorado un mes el diagnóstico. Otro médico ofició de verdugo como quien dice que llueve. Carlos, en el aturdimiento, había olvidado de cómo se lloraba. Finalmente recordó, fuera del consultorio. La noche de ese mismo día, el día del médico, Carlos fue recibido por uno de sus amigos más cercanos, el que resulta ser médico. Mi amigo, llorando, le dijo a su amigo y a la mujer de su amigo (también doctora), “¿saben qué día es hoy? Hoy es el día del médico… ¡El día del médico…!” Carlos no tenía consuelo, y el desconsuelo cala hondo en algunos corazones.

Carlos, hoy, es un canto al desencanto. Se siente defraudado por todos y por todo. Por momentos creo comprenderlo… “Esperá, esperá”, imploró mi amigo poniéndose de pie y hurgando en su iPad mini que ofrecía una pantalla llena de marcas de grasa. Tras encontrar una página y siempre de pie, comenzó a declamar mientras leía:

“Santísima Virgen, Madre de Dios…” casi se podía decir que Carlos gritaba como si estuviésemos en el living de mi casa, solos. Levantando la mano derecha y con el dedo índice señalando al cielo, continuó… “Yo aunque indigno pecador postrado a vuestros pies en presencia de Dios omnipotente os ofrezco este mi corazón con todos sus afectos”. Carlos cae de rodillas al suelo. “A vos lo consagro y quiero que sea siempre vuestro y de vuestro hijo Jesús…” Dos señoras mayores sentadas a dos mesas de distancia se quedaron mirando boquiabiertas. “Indigno… ¡Indigno y pecador! ¡Postrado a vuestros pies, entendés! ¡Postrado! ¡Y frente a Dios omnipotente! ¡Om-ni-po-ten-te! ¿Quién fue el sádico hijo de mil sacos llenos de putas que escribió esto? ¿Quién mierda fue?” Carlos se puso de pie y tomó asiento. “Porque mirá que tenés que ser un turro sin límites para sentarte un día y escribir estas cosas con la intención de que miles o millones de desamparados se arrodillen a repetirlas como loritos psicóticos…” El mozo se puso a tiro de mi visión y me habló con la mirada: le hice una seña de que estaba todo bajo control, que no se preocupara por nada. Carlos parecía no enterarse de nada de lo que ocurría alrededor suyo. “El tumor, entre otras cosas, me trajo rebelión, rebelión de verdad”. Ahora se golpea el pecho. “Contra todo lo aprendido, todo eso que me enseñaron sin que yo lo pidiese… Fui a un colegio de curas y hasta anteayer… Inclusive hoy, o mañana mismo… Puedo rezar en cualquier momento de nuevo, si total… ¿Qué perdés si no resulta? ¿Unos minutos susurrando estas barbaridades? ¡Conviene rezar, por las dudas! Es como que venga alguien y te regale un billete de lotería… ¿Qué, lo vas a rechazar? ¡Si es gratis! Y quién te dice, por ahí te sacás la grande y todo… Estas son las cosas que nos inculcaron, ¿me entendés? El capitalismo religioso. Rezá, ¿total qué carajo te cuesta? El sueño americano de la vida eterna. Además nadie te ve, así que ni siquiera corrés el riesgo de pasar calor… Así es como termino rezando cada vez que tengo que ir a hacerme los estudios o lo que fuere. Voy y me arrodillo. Por las dudas… ¡Eso es lo que más me rebela! ¡No poder terminar de rebelarme! Pero lo veo, eh… Hoy veo todo más claro que nunca… ¿Cómo podés respetar a un tipo que es médico y reza estas barbaridades? ¿La medicina no se supone es una ciencia? Escuchá, escuchate esta que es mortal… El día que me dijeron que tenía cáncer, a la noche, estaba en lo de mi amigo el médico. Me estaba conteniendo. A su manera, viste. Yo siempre voy a estar agradecido por su gesto: no tiene precio, es invalorable. Pero hoy no puedo dejar de observar el comportamiento de la gente, ¡su locura! Estábamos ahí, a quince minutos de habernos abrazado cuando llegué a la casa, con los ojos de su mujer todavía llenos de lágrimas… Íbamos a comer algo, o al menos eso estaban intentando: que yo comiera algo después de uno de los peores días de mi vida que pasé en ayuno… De repente, en ese contexto, menciono a la ciudad de Bahía Blanca. Vengo hablando de no sé qué cosa y digo: ‘es en Bahía Blanca…’ ¡Para qué! Me cortó en seco, mi amigo, el que es médico, el que le reza a los santos católicos todas esas plegarias tan bien aprendidas: ‘¡Noooooooooo!’, me interrumpe mientras hace los cuernos con la mano izquierda y se agarra los huevos con la derecha, ‘ese lugar no se nombra… Pugliese, Pugliese, Pugliese… Decí, dale…’ Y yo meta Pugliese Pugliese agarrándome un huevo… ¡Hijo de puta! ¡Cómo se entiende! ¡Cómo podés conjugar todo ese cambalache, por favor explicame! Religión, superchería, ciencia… ¿Y en manos de ese compendio de carne y confusión nos ponemos cuando enfermamos? ¡Pero mejor vayamos al Alto Perú y secuestremos un chamán!” Carlos se detiene y suspira profundo. “Entonces no puedo, no creo en nada…. Ya no me sale creer en nada, Germán…” Ahora retoma, como lleno de energía: “Después, cuando me hicieron los primeros estudios en los cuales no encontraron rastros de metástasis, este mismo amigo-médico me dijo, casi como un imperativo soterrado: ‘hay que agradecerle a Pío…’ Qué hijos de puta…”, y se le escapó una sonrisa de resignación.

De golpe Carlos, como si se hubiese convertido en otro en un santiamén o como si de un instante al siguiente hubiese pasado el tiempo de una existencia, me preguntó si tenía hambre. Unas tapas fueron pedidas, con una cerveza. Mientras tanto entre el Carrer de Muntaner y el de Casanova los chicos y las chicas, elevando rosas como dedos, vociferan: “Usted le pone el precio, llévese una rosa y pague a voluntad”.

“Después están las plegarias que nos encajó bien adentro el capitalismo cultural, especialmente diseñadas para agnósticos y anticlericales… Los peces bobos…”, volvió a la carga Carlos. “El otro día un amigo muy querido e inteligente, posteó en Facebook una foto de su hijita que es divina y a quien también le rindo un afecto especial.” Si bien no conozco personalmente a estos amigos de Carlos, lo sigo con suma atención, como si supiera de quién habla. Aunque a veces me pregunto si toda esa gente que él menciona será real. “Las palabras que acompañaban a la imagen eran muy tiernas y se ofrecían casi como sustento de la supuesta verdad encerrada en la obra de los Beatles”, continuó Carlos. “Los Beatles, los Jesucristos del siglo veinte que insisten con seguir en cartel… Mi amigo, en una adorable exclamación de amor por su hija, refirió a la última frase del último tema del último disco de los Beatles. Esa que dice que, al final, el amor que recibís es igual al que diste o hiciste. Leerlo en mis presentes circunstancias me dejó helado. Porque supe que esa frase, fuera de la canción y del contexto de entretenimiento, es falsa de toda falsedad. ¡Y cruel! ¡Mienten! Sí, todo muy lindo en el marco de sublimar, esa gimnasia que nos han incrustado hasta el caracú… Qué genios, qué perfección, qué obra… ¡Y mirá cómo termina, lo que dicen al final! ¡Qué gran verdad!” Carlos para de hacer la vocecita que hace cuando interpreta voces de otra gente, de los que escriben en Facebook; arrima su rostro al mío inclinando su torso sobre las tapas y me dice casi al oído, en voz baja pero con un énfasis elevadísimo: “¡Que se vayan a la concha de su madre!” Vuelve a recostarse sobre el respaldo y engulle un panecillo untado con una pasta amarillenta coronada con un trozo de salmón: lo devora como lo haría una boa constrictora. “Si continuamos el razonamiento, yo soy un hijo de puta. Porque te repito: todos se alejan a partir de la enfermedad. Hay quienes se alejan poco y por respeto. Otros se alejan más por asuntos menos nobles. Pero todos se alejan… Mi amigo el médico, ¿sabés qué? Dejó de hablarme desde el día en que me vine a Barcelona para que me traten el cáncer de manera inmediata. Como allá, por falta de material radioactivo, no podían operarme sino tras una espera de tres meses, y como para colmo de males me enteré de este dato de rebote, sin que me lo comuniquen a mí, que soy quien tiene adentro el tumor, me disgusté un poco y decidí venirme. Y resulta que al tipo, que se suponía mi amigo, le ganó el amor corporativo… No me volvió a dirigir la palabra. Ni física, ni virtual. Me castigó. Entonces, si sigo la biblia de los Beatles, yo he dado escaso amor dado que lo que recibo, en el peor momento, es desamor. ¿Me entendés? Funciona igual que la plegaria esa que te leí, la de María Auxiliadora. Los Beatles… Vayan a cantarle The End a los nenitos del Garrahan, hijos de recontramil putas…” Carlos perdió la vista en la insondable profundidad de un silencio brevísimo… “¡A la concha de su madre con los Bealtes también!”, gritó de golpe alzando su vaso de cerveza en señal de brindis general con todos los parroquianos que estuviesen dispuestos a brindar con él por este particular motivo. Carlos fue apuntando con la copa hacia cada uno de los que miraban absortos. Su vaso viajaba como una de esas cámaras de plano subjetivo y se alzaba un poquito más al cruzarse con cada uno de los que ofrecían una mirada. Ante cada estación del brindis Carlos repetía: “¡A la concha de su madre con los Beatles!” y sonreía con inefable gozo e intraducible satisfacción.

Sometimes it sucks in April!” Carlos está nuevamente de pie declamándole a la sala. Y ya habla en lenguas. Carraspea y repite: “Sometimes… Sometimes it sucks in April!” Imposta la voz en una caricatura de distinción y se detiene muy especialmente en la palabra sucks, subrayándola. Seguidamente hace otra nota al pie: “Porque no te creas que la idiotez es exclusivamente nuestra, de los hispanoparlantes… ¡No, qué va! Esto lo anoté de un boludo inglés. O galés… Vaya a saber uno a esta altura. Un músico que tuvo su cuarto de hora y editó unos discos de minúsculo suceso en los noventa. Me hice amigo de él cuando nuestras incompatibles taras se cruzaron en la azarosa rotación terráquea… ‘Sometimes it sucks in April!’, puso el tipo para que otro comente”: (Carlos amanera la voz, que se torna en un grotesco del viejo Hollywood) ‘This entire year so far has sucked, darling! Bowie, Rickman, … Prince’. Y otro pone a continuación: ‘Say no more Anthony! Cannot believe it…’ ¡Políglotas del descreimiento! ¡No pueden creer que un tipo se muera! ¡Boludos y globalizados! ¡Gracias Capital, no te mueras nunca!” Carlos se ríe con ruido, se podría decir que es un tipo feliz. “¡Mirá, mirá lo que comenta este otro, es genial! Me lo imagino de smoking, personificando a James Bond, ¡escuchá! (Imposta una voz de dandy televisado) ‘Just been taugh by my fav barman… couldn’t quite believe it’”. Carlos estalla en carcajadas. Es un severo ataque de risa que lo dobla, literalmente. Como si un repentino y agudísimo dolor ventral lo partiera en dos. Tose, ahora sufre un ataque de tos feroz. Se ahoga. El mozo se acerca y le pido la cuenta. Carlos camina hacia el baño tomándose la panza y tosiendo más y más. Un largo, grueso y gomoso hilo de baba cae desde su boca. Pobre diablo, hasta dónde le dará la cuerda…

Mientras me aproximo al Carrer de Calvet la lluvia enfurece rebotando contra una vereda que parece haber perdido el color de manera definitiva. Levanto la vista y advierto que camino frente a la vidriera del bar donde ayer estuvimos con Carlos, juntos. Se encuentra cerrado. Las sillas están patas para arriba sobre las mesas. Mientras tanto oigo que una chica ofrece su última rosa diciendo: “toma: es para ti, gratis”. Mi mirada se despide del bar. Descubro el brazo extendido de la florista. Sus frágiles dedos sostienen una rosa roja. Por un instante creo que es para mí pero cuando pienso en extender mi mano para tomar la flor veo el bello rostro y los ojos de la chica que me esquivan, mirando a mis espaldas. Giro para ver hacia atrás pero no hay nadie: todo es lluvia y desolación.

 

Barcelona, 25 de Abril de 2016.

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