Música

TRAGEDIA DEL CANTOR Y EL EMBUSTERO

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Durante los años setenta fui un niño de Buenos Aires. Mi padre trabajaba en locales nocturnos paradigmáticos de esos porteños tiempos, reductos de dudosa reputación que ostentaban nombres como Cabaret, Rugantino o King (una decadente continuación de templos tangueros de la talla de Caño 14). Allí, entre coperas, turistas y horarios que me lo erigían una figura ausente, mi viejo se hizo amigo de Roberto Goyeneche, cantor favorito de su juventud. El Polaco actuaba a diario en los boliches donde Cacho se ganaba el mango.

El volumen estruendoso de dos longplays indiciaban los breves momentos de presencia paterna en la casa: “Te acordás, Polaco?” de Aníbal Troilo y Roberto Goyeneche y “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat. Papá dormía desde las ocho o nueve de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde. Señal inequívoca de que su dosis diaria de sueño había sido suministrada era el tronar de los primeros compases de “En Esta Tarde Gris” o, en su defecto, “Mediterráneo.” Yo los escuchaba como quien oye llover pero la maníaca repetición del ritual logró que en mi mente infante se incrustasen, como si de pequeñas e inadvertidas aguamarinas se tratase, cada una de las palabras que el Polaco y el Nano cantaban desde sus sendos clásicos álbumes. Desconocedor yo -aún niño- del esplendor de su semántica, la pequeña colección de gemas aguardaba paciente y silenciosa como un tesoro que, enterrado a la vista de cualquier alma tierna, confía en el sino de ser descubierto.

En los años ochenta había abandonado la niñez (o más bien fui abandonado por ella) para transitar la pubertad, adolescencia y juventud. Esos “night clubs” habían dejado de ser y mi padre, por entonces, era chofer de taxi. El ritual cancionero había cesado pero ambos álbumes seguían sonando cada vez que, de tanto en tanto, a Cacho se le ocurría desentumecer el viejo Wincofón. Yo, presa fácil de la tiranía cultural anglosajona, descartaba de plano la consideración de esos discos (los únicos dos discos que tenía mi padre, acomodados ambos junto a un Atlas Universal Marín que me habían comprado en una de esas ofertas escolares de la época: ningún otro libro o disco he hallado en la casa familiar jamás). Este descarte sucedía un poco a consecuencia del mandato de sumisión cultural imperialista que padecimos la gran mayoría de los jóvenes de Buenos Aires (y por qué no del resto del mundo periférico, riquísimos universos confinados a la fosa común de la “world music” donde se amontona casi indiscriminadamente todo lo que no tenga que ver con los dueños del balón) y otro poco a causa de la batalla de identidad que cualquier adolescente libra contra sus progenitores.

Mi padre padecía observándome absorto en la escucha de discos para él (y también para mí, aunque en ese momento no me diera cuenta) absolutamente incomprensibles, ajenos, alienantes y, para colmo de males, menores. Él, que había gastado sus mocedades en las milongas porteñas de la década del cincuenta (en una de las cuales conoció a mi madre), se sentía sinceramente afligido y no era para menos: su hijo escuchaba canciones cuyas letras habían sido escritas en un idioma perfectamente extraño y cuya música resultaba a las claras una muy poco inspirada planicie de sopor. Además, el pobre hombre debía sentirse aterrorizado ante la sola idea de que su hijo fuese un paso más allá en ese equívoco cultural y un día se le apareciese en su propia casa con los pelos parados y los labios pintados…

Las décadas continuaron su cortejo y la profecía del Polaco Goyeneche, más tarde o más temprano, siempre ha de ser cumplida: “Así que no te gusta el tango…”, le dijo una vez a un joven estudiante de periodismo quien en el marco de una entrevista le acababa de confesar (disculpándose en sus diecisiete años: “es que soy muy joven…”, habría argumentado el mozalbete) sus preferencias musicales… “Mirá, ¿no te gusta el tango?”, continuó Goyeneche reflexionando junto a la criatura… “¿Y querés que te guste…?” El joven asintió con tibieza dando pie a la moraleja que nos regaló en su respuesta uno de los mitos más grandes de la historia de la música popular porteña quien, tras hacerle lugar a una de esas imposibles pausas teatrales que lo definían, guiñando un ojo dijo: “Viví un poco más, nene… Viví un poco más, ¿eh?”

El mundo anglosajón, desde los años ochenta aunque muy especialmente a partir de la llegada del nuevo milenio, ha ido perdiendo lenta pero inexorablemente poder y centralidad económica por lo que esto que intento expresar aquí podría sonar hoy un poco a cosa del pasado (como a mí me sonaban los tangos de “Te acordás, Polaco?” y las canciones de Serrat que escuchaba papá en esas tardes porteñas); pero hay un par de generaciones que, en ese viejo orden del mundo (que, ¡cuidado!, todavía no termina de romperse; sobre todo en lo que a dominio cultural se refiere, sometimiento que representa el engaño que más tiempo toma en ser desarticulado), han perdido un tesoro que estuvo siempre al alcance de la mano. Son las famosas generaciones que el tango perdió (y que se perdieron al tango) que tanto afligían al alma justa de Rodolfo Mederos, maestro bandoneonista que prefirió quedarse en Buenos Aires para enseñar su arte a los jóvenes (en un intento de sanear la crueldad de esa brecha generacional que dejó al tango durmiendo una amarga agonía) a salir a recorrer el mundo indefinidamente para exhibir su don a cambio del siempre insatisfactorio pago en metálico.

Pero todo extravío esconde una dulce recompensa con la que eventualmente la víctima será reconfortada en su inocencia de manera insospechada: le será obsequiada una flor silvestre del jardín propio; le será devuelta a su tierna atención, pues nunca dejó de ser suya.

Ese lirio recibí la semana pasada en dos conciertos diferentes (que en la amalgama de un milagro se adivinaron mielgos sobre la escarpada geografía de mi memoria): los de Joan Manuel Serrat y Diego el Cigala en el Teatre Grec de Barcelona.

Cuando el contrabajo de Ray Ferrer asestó con gravedad la puñalada con la que se abre paso Pueblo Blanco algo me golpeó en la nuca (justo debajo del cinturón): una trompada que no podría afirmar de dónde vino. Fue una conmoción visceral tal que Serrat detuvo a su banda (“a la orquesta,” hubiese dicho mi viejo) tras haber sentido en el aire el vuelo del guantazo que tajeó la apacible noche de Montjuic y magulló mi bajo vientre. Repentino, el cantautor decidió hacer caso omiso del incidente invitando al escenario a Marta Roca para reiniciar juntos la canción que finalmente se engalanó en los dramáticos arabescos fraseados por el incansable llanto de su violín.

Anestesiado, gotas de mar deslizándose sobre las siempre abiertas heridas de la vida me ardieron de un dolor dulzón como el azul de la noche. Puede decirse que escuché Pueblo Blanco por primera vez en mi vida justo allí y entonces. Súbito, un viejo girón del errabundo viento infló la gastada cortina de tul que separaba al salón comedor del balcón en mi pequeño piso de infancia haciéndose las seis y pico de todas sus tardes: lloré en un soplo como el cielo frente al mar. Yo, que vi morir a mi padre hace un cuarto de siglo como el Pueblo Blanco vio morir al sacristán, al cura y al cabo, desperté a un sueño impensado donde mi padre, unido a un vuelo de palomas y atravesando lomas, huía hacia mí (que no sé adónde voy).

En la sal de mis lágrimas se celebraba a todos mis abuelos que eventualmente habían dejado atrás sus casas de cal fundadas en el carácter inextinguible de sus propios pueblos blancos huyendo así del desolador clamor de guerras y otras carencias, pariendo al tango sin siquiera haberlo querido.

Todas esas almas que habían buscado otra luna en la ilusión de dar con la siempre esquiva sonrisa de la fortuna, todos esos Bordagaray, Pijoan, Ferreras y Marenco (vascos, catalanes, castellanos y piamonteses) que oportunamente siguieron el camino del pueblo hebreo, redimían sus almas en mi llanto que era el llanto de todos los hijos de todos los exilios, venturosos y desvergonzados vástagos que a orillas del Río de la Plata fueran paridos en el torvo lamento tanguero, queja fraternal que tan bien encarna Diego el Cigala, embustero certero, anacrónico atorrante que se le escapó al tiempo: flamenco, habanera, bolero, milonga, malambo y candombe. Canción que llueve lentamente sobre el desolado puerto: Canción. Una Canción. Que mata, duerme y aturde las tristezas de todas esas almas desarropadas que con tanta delicadeza han capturado iluminados cantautores como Serrat y han recreado irrepetibles intérpretes como el Cigala quien, en nombre de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, bajo esa misma larga noche del Grec (noche que se alarga en las sombras del dolor), trashumó en sosiego el desconsuelo de todos los náufragos que tras haber perdido su corazón (en las manos de un exilio o de un amor, vaya antagónicos sinónimos) encallaron en un carbonero que nunca más hubo de zarpar.

El sordo cafetín, a la corta o a la larga y como vaticinó el Polaco, se hizo oír en su aliento de nostalgias. Sobre la bruma de sus mesas se dio cita la triste caravana a la que nunca le importó andar a destino incierto cruzando mares y océanos, siegas y siembras; porque bajo la humeante desolación de las Nieblas del Riachuelo las penas rezuman belleza.

En el Grec, dos irrepetibles artistas hispanoparlantes junto a las miles de almas que acudimos con anhelos de reencuentro en mágico ritual, celebramos con orgullo el delicado tesoro de las penas colectivas: esas incrustaciones que nos hermanan a la sombra de higuera de un lenguaje común.

 

Barcelona, 11 de Julio de 2015.

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