Música

LA MÚSICA EN PELOTA

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Me compré un coche ni bien llegué a Barcelona pero lo uso poco. Básicamente para bajar y subir la cuesta desde y hasta la cima de la colina donde se encuentra la casa en la que vivo (que no es mía). Por lo general entro como para tomar la Ronda de Dalt y, sin llegar a hacerlo, continúo hacia la Avenida Diagonal. Allí busco un lugar donde estacionar el coche que quede más o menos cerca de la estación de subterráneo Zona Universitaria desde donde emprendo el segundo tramo del viaje en transporte público, adonde quiera que vaya. Anoche no fue la excepción.

Me bajé del tren en Espanya y tomé el autobús número 150 por cuatro paradas. No supe que podría haber subido por el camino que va hacia la Fuente Mágica de Montjuic: atravesando el Museo Nacional de Arte de Cataluña se desemboca en la gran antena de Telefónica y luego en el Sant Jordi Club. Sin necesidad de autobuses. Siempre que me arreglo por mis propios medios (dos piernas asistidas por caderas postizas de titanio alemán) siento la presencia de un absurdo y efímero aroma de libertad.

Al llegar al club donde tocaba Noel Gallagher’s High Flying Birds sentí una música estridente que venía desde el interior del recinto. Por el volumen imaginé que se trataba de una banda soporte, de apertura. Figuré lo inconducente de exponer mis trajinados oídos a media hora de volumen gratuito y me alejé hacia donde cae la colina. Desde allí quedé mirando el sol que se ponía detrás de una montaña bordada sobre el horizonte: la magnificencia de la nada de Barcelona parecía entrar en una zona de descanso inmediatamente anterior a la tormenta de un sábado a la noche cualquiera en metrópoli.

Perdí el ronroneo de ¿la banda invitada? que adiviné en idioma inglés. Dejé que se hicieran las nueve menos cuarto. Me acerqué a un árbol y oriné. Subí mi cremallera y la pendiente en dirección a la puerta de entrada. Andaba blandiendo mi ticket. Un agente de seguridad me manoseó un poco y apretó todo bulto que hubiere en mis bolsillos: los Ray-Ban plegables que me encontré en el Town Hall de Manhattan cuando la presentación de la banda sonora de la película de los hermanos Cohen acerca del tal Llewyn Davis, un teléfono móvil, el estuche con tapones protectores de oídos, las llaves del coche, la billetera…

Tras ingresar, la estridencia de la música ambiente me resultó excesiva. Apreté los tapones hacia el interior de mis oídos. El disco reproducido en ese instante era el enésimo cover de una canción de los Beatles. Música para ascensores fuera de servicio. Pasé por el puestito de merchandising. Remeras a 25 euros, un set de pines por 10, programas por 15, tazas, posavasos y un montón de porquerías más que, en otra etapa de la vida, me resultaban atractivas. Hoy me hallo en una encrucijada a la que le sobra sarcástrica (Carlitos Balá dixit): tengo más dinero del que podría gastar y todo lo que puedo comprar me resulta la nada misma: basura de anticipación. Me pregunté por qué el volumen estaba tan alto, al menos dentro de mi cabeza.

Busqué el acceso a los asientos del primer piso: había comprado un ticket para el sector destinado a personas con movilidad reducida aprovechando mis prótesis de titanio y la ausencia de ganas de estar parado entre el gentío durante dos horas, si no más. Desemboqué a un patio donde había unos puestos de expendio de alimentos y bebidas: la gente fumaba y transformaba al pulmón en un respirador de pestilencia. Con fortuna encontré la puerta que conducía al piso superior al que accedí de inmediato descubriendo que el sector había sido habilitado únicamente para el puñado de personas con diferentes discapacidades físicas que habían comprado su entrada más los allegados a los músicos.

Al llegar a mi asiento noté su cercanía al escenario y por tanto a la columna de parlantes: la ubicación incrementaba el volumen de la música ambiente a niveles juveniles. Sentí temor de tinnitus. Decidí deslizarme lentamente a los asientos más lejanos, con sigilo: temía que el hombre que controlaba el acceso al sector me impidiese ver el show desde el asiento que se me antojara de entre los 500 disponibles para no más de 15 personas. Me alejaba y me alejaba. Pero el volumen no cedía. Me pregunté si los tapones protectores no habrían colapsado durante el último show que había visto, el de la magnífica y brutal Anna von Hausswolff allá por el Este de Londres. “No se me pueden ocurrir tantas pavadas en continuado”, me dije para adentro.

Tras un cambio de luces comenzó a sonar una música que a las claras oficiaba de introducción a la banda. Se trataba de una serie de histéricos saxofones superponiendo sus progresivos aullidos. De pronto, en un crescendo diabólico, se transformaron en sirenas de bronce. “¿Qué le pasa a este loco de mierda?” creo recordar haber pensado refiriéndome a Noel Gallagher.

El show comenzó conmigo en el sector 8 (en lugar del 10 que me correspondía, allá junto al escenario) y con la ejecución de Everybody’s On the Run. Un show del segundo disco que abre con el primer tema del disco anterior. Todo una revelación. O al menos una señal.

Ya durante la segunda canción el volumen y mis oídos me catapultaron de la zona 8 a la 5, allá en al fondo (acá en el fondo). Comencé a observarlo todo desde la distancia, en perspectiva. Me sentía cómodo así, o un poco más cómodo que adelante, rodeado de aquel puñado de personas. Mi nuevo asiento, aislado de casi todo, se correspondía a cómo me siento en los shows últimamente: distante. Una mezcla de ausencia y separación. Siento la existencia de una brecha entre el acontecimiento y mi posición de observación. Es como cuando te estás muriendo: “ves proshectado como un film toda tu vida”, decía Miguel Zabaleta.

Esa grieta, desplegada en un show de Noel Gallagher, no lograba apartármelo del todo. Tal es la familiaridad que tenemos con el petiso cabezón que, a pesar de todo lo que cuento, seguía conmigo: juntos sentados a la mesita para dos del más recóndito rincón del bar, ese lindero al baño.

Así, aún desde mi distancia, podía apreciar que el tipo –definitivamente- encontró la identidad sonora en su banda solista. Sigue ofreciendo un volumen brutal pero ahora enriquecido en una paleta sónica apreciable. Las versiones de las viejas canciones de Oasis, sobre todo las de outtakes como Sad Song, D’Yer Wanna Be a Spaceman? o Half the World Away, están reformuladas con mucha inspiración y recatada intervención (apenas la necesaria para alejarlas del recuerdo guardado inútilmente en los discos y el anacronismo de su presente).

Estoy ausente pero comprendiendo todo lo que sucede. Una chica con una credencial triple A pasa por detrás de mí mirando la pantalla de su teléfono móvil. Levanta los ojos y me los dedica, tal vez intentando reconocerme o tal vez preguntándose qué corno hace un tipo que pagó su entrada auto-confinado al asiento más remoto de todos los disponibles. Imaginé qué pensaría esa mujer que estaba allí trabajando (yo, que nunca había trabajado), si es que había pensado algo respecto de mi persona al dedicarme esa extensa mirada. Mientras, de fondo y forma, sonaba The Death of You and Me.

Noel Gallagher saluda a sus dos hijitos, presentes esta noche. Mira y señala hacia el sector donde yo debía estar sentado, allá a lo lejos y junto al escenario. Les dedica unas canciones de Oasis a punto de ser ejecutadas. Más tarde saluda a su esposa, también presente, y le dedica If I Had a Gun. Todo ha cambiado: Noel es un hombre mayor (un niño cincuentón), felizmente sosegado, con dos hijos acompañándolo a la oficina esta tarde, ambos con protectores de oídos profesionales (parecidos a los utilizados por las personas que trabajan entre aviones en las pistas de aterrizaje). Muestra de dicho sosiego es el modo en que canta sus viejas canciones, rindiéndolas a su vida de hoy. Suena The Masterplan y me largo a llorar mucho más profusamente que durante la canción anterior, que ya no recuerdo cuál había sido (uno nunca llora por las canciones sino más bien durante). Pensé en retirarme antes de tiempo pero me lo negué: mi percepción del volumen sería no más que eso, una impresión, y mis oídos no tenían por qué dañarse más de lo que ya habían sido dañados a lo largo de la vida. Quise quedarme un rato más con mi viejo amigo, los dos sentados a esa mesa recóndita y raras veces habitada. Me pedí una Hesperidina.

Tocó la falsa última canción e hizo mutis por el foro junto al resto de la banda. La gente gritó un poco y volvieron tal como estaba previsto. Tocaron tres más. La del medio fue What a Life que, desde su edición, me pareció una canción decepcionante para mis expectativas respecto de la producción de Noel Gallagher: la catalogué como un tema supra-Charlatans, demasiado poco para su talento (a pesar del “supra” y la Savora). Sin embargo, durante esta extraña noche, sonó tan bien que hizo perfecto sentido.

Antes de la última, este hijo de Peggy me hizo reír: agradeció al público, le dijo que tenían una ciudad hermosa y que era muy bueno estar de vuelta en ella. Tras una pausa teatral agregó: “la próxima vez que venga a Barcelona, Lionel Messi va a estar jugando para el Manchester City…” Ante una tibia desaprobación general completó: “porque lo voy a comprar yo, con esta tarjeta de crédito”, dijo mientras amagaba sacarla del bolsillo trasero de su pantalón vaquero.

Don’t Look Back in Anger sonó como siempre, es su himno indiscutido e insuperable. Observé pequeñas escenas entre la muchedumbre, todas ellas vistas y hasta vividas por mí en otras ocasiones: un grupo de tres amigos con pinta de ingleses muy lejos del escenario y ensimismados alzaban sus brazos al aire blandiendo medias-pintas de cerveza mientras practicaban un karaoke mudo y se abrazaban con beoda añoranza. Un pibe con muletas allá en la zona 10 que yo hube abandonado demasiado temprano, levantaba sus brazos al techo (pensando que se trataba del cielo) en señal de victoria tras una gesta de épica inefable mientras cantaba su propia canción y liberaba su propia carga.

Di cuenta entonces que, hoy por hoy, me encuentro una y otra vez con la mirada perdida en los hilos, y nunca en la marioneta (ni en el titiritero, por si el mismo existiese -cruz diablo-). Veo la música en pelota asumiendo que las canciones y los cantores resultan intercambiables. Lo que en otra época de mi vida hubiese sonado a sacrilegio hoy se me revela como una verdad básica y obvia: Bancate ese Defecto, Preso en Mi Ciudad, Yo Sigo Siendo Aquél, Drive My Car, Happy (todas las Happy), El Juzgado 23, Don’t Look Back in Anger… Todo da igual. Lo que sucede durante el ritual entre el tipito que canta y todos los tipitos que participan del asunto no varía en su esencia, en absoluto. Sea quien sea el cantante (grasa o cool, según quien crea una u otra cosa), sea cual fuere la canción (sublime o pedorra, según quien asuma pensar al mundo de manera binaria).

“Vestite Noel, que están los chicos…”

Tras el acorde final me acerqué al sector número diez y vi cómo la mujer de Noel Gallagher se llevaba a sus dos hijos al backstage de la oficina del padre. Yo partí en dirección contraria dispuesto a bajar Montjuic hacia Espanya donde me tomaría el subte que me acercara adonde había estacionado mi coche, una vez más.

 

Barcelona, 10 de Abril de 2016

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